Hace un par de años concedí una extensa entrevista a F., sociólogo francés que se encontraba en España estudiando nuestra historia política reciente, con las movilizaciones del 15-M y la aparición de Podemos como epicentro y sus participantes directos como interlocutores. Durante un largo trecho inicial conversamos con la exactitud y templanza propias de este tipo de intercambio, pero a partir de cierto punto una tonalidad más emotiva fue infiltrándose en mi discurso, unas veces hacia el entusiasmo, otras hacia la rabia, las más hacia la melancolía, emborronando progresivamente su contenido y su mismo registro expresivo.
Terminé aquel encuentro con un nudo en el estómago y literalmente tragándome las lágrimas. Bastante avergonzado, me disculpé por ello con mi entrevistador. “No te preocupes”, me respondió, “todos a quienes he entrevistado habéis terminado igual, y creo que eso también significa algo importante para mi investigación”.
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2011
Si se revisa la prensa generalista española del 15 de mayo de 2011, se descubre con retrospectiva sorpresa que solo unas pocas cabeceras informaron sucintamente de la convocatoria, esa misma tarde, de algunas manifestaciones bajo el lema “Democracia real ya”, mientras que el amplio resto las ignoraba por completo. Aún más llamativamente, tampoco la prensa alternativa cercana a la izquierda política y los movimientos sociales les había prestado especial atención. Hacía casi tres años que el hundimiento de Lehman Brothers en Estados Unidos había detonado una devastadora crisis financiera global –que aun multiplicó su impacto sobre una economía española mórbidamente asentada sobre una disparatada burbuja inmobiliaria–, y un año casi exacto desde que la presión combinada de instituciones europeas y mercados financieros había hecho doblar la rodilla y asumir severas políticas de austeridad al gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Ponía fin allí a su idilio con un sustantivo cuerpo de votantes situados ideológicamente a la izquierda del PSOE, pero que en 2004 le habían otorgado su confianza por sus firmes posiciones contra la participación española en la guerra de Iraq, la desastrosa gestión del hundimiento del petrolero Prestige y otros desmanes del precedente aznarato, y que en 2008 la habían revalidado a la luz de las moderadas pero sustantivas políticas de redistribución y reconocimiento de su primer mandato. El malestar social por el incremento del desempleo, las congelaciones salariales, los recortes en servicios y prestaciones públicas y, muy especialmente, la epidemia de desahucios hipotecarios era a la vez dolorosamente palpable y tercamente mudo: el PSOE se desplomaba, pero ni las opciones partidarias a su izquierda crecían espectacularmente en las encuestas ni las protestas callejeras eran demasiado concurridas. Tampoco la huelga general de 2010, primera convocada por CCOO y UGT contra un ejecutivo socialista desde 1994, tuvo un seguimiento masivo. El ánimo de la sociedad española estaba tan quebrado como su economía, pero una tras otra, declinaban todas las ofertas para expresarlo colectivamente.
En rigor, tampoco las marchas de aquel 15 de mayo de 2011 fueron singularmente multitudinarias, ni la decisión de unas decenas de manifestantes de acampar a su término en la madrileña Puerta del Sol y su posterior desalojo policial parecían destinadas a tener un gran impacto. Y, sin embargo, lo tuvieron. Como cantaba Nacho Vegas en un tema que devino himno de época, algo hizo crac, y como salidos en tromba de su impenetrable silencio, en el plazo de unas horas vertiginosas e inexplicables, sin ningún tipo de planificación previa, decenas de manifestantes se convirtieron primero en cientos y luego en miles y cientos de miles, hasta que casi cada municipio grande o mediano del país, y también no pocos de los pequeños, se convirtieron en un proliferante hervidero de marchas, asambleas, acampadas, escraches y otras acciones de protesta. Se prolongaron en sucesivas ondulaciones durante tres años hasta componer el ciclo de movilizaciones más concurrido y duradero desde la Transición a la democracia.
Del mismo modo que ningún relato solvente del quincemayismo puede desdeñar su extraordinaria potencia, tampoco puede eludir sus exuberantes complejidades y contradicciones. Propulsado inicialmente por un aluvión de jóvenes con poca o ninguna experiencia sociopolítica previa, sumó enseguida destacamentos de veteranos curtidos en todas las oleadas de movilización desde el antifranquismo y la Transición hasta el “Otro mundo es posible” y el “No a la guerra” de los primeros dos mil. Propuestas de transformación tradicional o innovadoramente revolucionarias convivían en órdenes del día y llamamientos de solidaridad con otras tradicional o innovadoramente reformistas. Aunque mayoritariamente nutrido por la clase media precarizada por la crisis, se abrió a través del movimiento por el derecho a la vivienda a sectores más humildes y, a través del movimiento de defensa de los servicios y servidores públicos, a sectores más acomodados. Y junto a la muy notable minoría directa y cotidianamente implicada, una arrolladoramente mayoritaria simpatía hacia sus movilizaciones afloraba en cada sondeo de opinión.
Esta abigarrada construcción social resultó sorprendentemente capaz de sostener su actividad durante tres años pero, sobre todo tras la derrota socialista de noviembre de 2011 y la llegada al gobierno del Partido Popular de Mariano Rajoy –beneficiario de una abultada mayoría absoluta parlamentaria gracias a la masiva abstención del electorado progresista– fue descubriendo con creciente amargura los límites de su repertorio de acción colectiva, en un panorama en que, si bien severamente dañadas en su credibilidad y representatividad y diariamente repudiadas en las calles, las instituciones seguían legislando y haciendo efectiva su legislación a través de los poderes administrativo y coercitivo del Estado. Para la primavera de 2013, incluso segmentos del sector más movilizado, que dos años antes había entonado el “no nos representan” y propuesto mecanismos de democracia directa superadores del parlamentarismo, ya miraban de reojo a las urnas. Pero, ¿cómo hacerlo?
Entonces llegó Podemos.
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De aquellos días de ajetreo y sorpresa recuerdo sobre todo un diálogo brevísimo: unos días después de los comicios, me crucé con J., vecino muy querido del barrio, hombre bueno y serio al que una trágica viudez hizo más bueno y serio aún; se acercó a mí, me estrechó calurosamente la mano y, todavía más serio que de costumbre, me dijo: “ahora, no os torzáis”, y siguió su camino. (Ninguna de aquella veintena de personas sigue activa en política; el modesto local que algún tiempo después nos sirviera como efímera sede lo ocupa hoy un taller de taxidermia).
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2014
Podemos tuvo entre 2011 y 2014 unas cuantas oportunidades fallidas de no existir, y cada una fue moldeando el camino que condujo a su aparición: las sucesivas operaciones de refundación desde dentro de Izquierda Unida, la operación de apertura desde fuera a través del Frente Cívico impulsado por Julio Anguita, también alguna menos recordada operación de reorientación del PSOE promovida por algunos exponentes de su ala izquierda o de alianza confederal de izquierdas animada desde la izquierda soberanista vasca, y ya más tardíamente, la apuesta tecnopolítica del efímero Partido X.
Cada una de estas intentonas fue primero cobrando y enseguida perdiendo impulso, ahogadas en el laberinto de las resistencias internas y la competencia externa entre las organizaciones políticas concernidas, el recelo de los sectores más movimentistas y estatofóbicos del tejido quincemayista y la separación comunicacional, mucho más porosa que antes del 15-M, pero aún eficiente, entre audiencias más politizadas y público general. Se aproximaba un ciclo electoral que arrancaba en europeas, proseguía en autonómicas y municipales y culminaba en generales. El rocoso suelo socioelectoral del PP le garantizaba en un escenario de baja participación una nueva mayoría absoluta, el PSOE seguía siendo incapaz de remontar el traumático final del zapaterismo y en el territorio a la izquierda del PSOE el reiterado ciclo de expectativa y frustración parecía condenado a repetirse eternamente.
“De los laberintos se sale por arriba”, decía el argentino Leopoldo Marechal, y así lo demostraron los cinco eurodiputados obtenidos contra todo pronóstico por Podemos en las elecciones europeas del 25 de mayo de 2014, tras una campaña levantada a pulso en medio año y con tres duros por un pequeño equipo de activistas e intelectuales reunidos en torno a Pablo Iglesias, relativamente conocido en los entornos militantes pero solo unos meses antes, hasta su aparición en algunas tertulias televisivas generalistas, totalmente desconocido para el gran público. En los años vertiginosos que seguirán, Podemos será a la vez beneficiario y víctima de aquel inicial y encomiable gesto de bravura: del lado bueno, la capacidad de salir por arriba y al galope de bloqueos culturales y organizativos paralizantes, haciendo prevalecer sentidos comunes mayoritarios sobre rituales de minorías activistas; del malo, la costumbre de solventar también por arriba y al galope encrucijadas que hubieran podido encontrar mejor arreglo en consensos cocinados a fuego algo más lento, inteligente y generoso, utilizando una y otra vez a las bases menos politizadas aglutinadas en torno al liderazgo carismático de Iglesias como rodillo plebiscitario para aplastar todo atisbo de crítica organizativa, estratégica o programática interna.
En mayo de 2015 las confluencias progresistas municipales ganaron, por méritos propios y también al amparo del despegue de Podemos, las alcaldías de Madrid, Barcelona, Zaragoza, A Coruña, Santiago de Compostela o Cádiz. En diciembre Podemos sentó a sesenta y nueve representantes en el Congreso de los Diputados –por primera y única vez en la historia electoral española, agregando los de Izquierda Unida y Podemos, la suma de votos a su izquierda supera a la del PSOE–. Pero para entonces Podemos ya se había convertido en una organización totalmente disfuncional que trituraba capital político y humano con una voracidad y, a menudo, una crueldad insostenibles en la que el liderazgo personal suplantaba constantemente cualquier esbozo de institucionalidad interna y la capacidad de resolución dialogada de conflictos era inexistente.
Si en el primer Vistalegre, en otoño de 2014, el núcleo fundador todavía unificado había fulminado sin contemplaciones ni costes aparentes a sus críticos, en el segundo, en invierno de 2017, cuando los desacuerdos alcanzaron su cabina de mando, y en ausencia de cualquier clase de hábito o dispositivo de conciliación, Podemos implosionó. Incluso las ilegítimas, inmorales y a menudo ilegales operaciones de desgaste lanzadas contra el partido desde conglomerados mediáticos y catacumbas del Estado, en lugar de convocar a la cohesión, fueron utilizadas como munición para la disputa interna. En lugar de servirles de respaldo, Podemos (ya para entonces en coalición con Izquierda Unida como Unidas Podemos) se convirtió en un multiplicador de problemas para las ya muy atribuladas “alcaldías del cambio”. Y dolorosamente significativo para una organización fundada por científicos sociales sobre un potente recambio analítico y expresivo de las izquierdas, los discursos de todas las familias en liza degeneraron en una logorrea cacofónica de lenguas de madera sin más finalidad que ensalzar la bandería propia y repartir garrotazos entre las demás. Para cuando la segunda elección de Pedro Sánchez como secretario general reordena y revitaliza al PSOE en la primavera de 2017, Podemos es una organización mutilada y tristísima que ya no puede competir ni por la hegemonía cultural ni por el liderazgo electoral del campo progresista. El asalto a los cielos ha concluido, o eso pudiera parecer, en un terrible fracaso.
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V. fue mi editor en una revista militante en la que escribí durante algún tiempo y con la que zanjé mi colaboración por desacuerdos irreconciliables sobre algunas cosas, la principal de ellas, como era inevitable en aquel entonces, la interminable y truculenta discusión interna de Podemos (o más ampliamente, del llamado “bloque del cambio”). Algún tiempo después, en uno de aquellos impulsos de “poner cosas en orden” tan frecuentes durante la pandemia, le contacté. Eran días de completa confusión política, además de vital: ¿qué mundo y qué izquierda iban a salir de semejante catástrofe? ¿Qué eran aún Podemos y Unidas Podemos? ¿Qué iba a ser aquello que todavía no se llamaba Sumar? ¿Qué pintarían los movimientos sociales en todo ello? ¿Cuál debía ser nuestra relación con el PSOE? Como saben y padecen mis interlocutores habituales, mi tono se hizo muy pronto apremiante: deberíamos estar reflexionando, deberíamos estar discutiendo, deberíamos estar convocando… En un momento dado, visiblemente exasperado, V. me interrumpió: “pero Moriche”, exclamó, “¿no ves que ya no queda ningún nosotros?”.
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2020
Mientras una España ensimismada intentaba sin éxito resolver su crisis política cronificada en un carrusel estroboscópico de elecciones, debates de investidura, mociones de censura, liderazgos emergentes y reordenaciones orgánicas, el mundo posterior al gran accidente neoliberal no dejaba girar. Salvo en Túnez, las llamadas “primaveras árabes” concluían en retornos autoritarios o, en los peores casos, encarnizadas guerras civiles e injerencias extranjeras. En Europa y Estados Unidos, donde la gran disputa de época había parecido ser la contienda entre el continuismo neoliberal y sus adversarios por la izquierda, emergía por la derecha un nuevo y poderoso jugador, que en 2016 ganaba el referendo del Brexit y aupaba a Donald Trump al Despacho Oval–llegarían después Salvini en Italia, Bolsonaro en Brasil o Johnson en el Reino Unido–. Para las izquierdas transformadoras, la vieja cuestión leninista cambiaba abruptamente su declinación, de un eufórico qué hacer para ganar la revolución al neoliberalismo merkeliano a un sombrío qué hacer para poner freno a la contrarrevolución iliberal trumpista.
En España, durante algún tiempo, esta ofensiva reaccionaria pareció incapaz de abrirse paso, tanto por la perdurable impronta social y política progresista del quincemayismo como por la solidez del PP como casa común conservadora –se hablaba mucho por entonces de una rara y feliz “excepción española” al auge global de ultraderechas y neofascismos–, pero terminó encontrando su caldo de cultivo en la repulsa al proceso soberanista en Catalunya primero y en el contragolpe misógino a la movilización feminista después. 2018 y 2019 componen un bienio bisagra en que todo se reordena trabajosamente sobre un enmarañado tablero de actores y estrategias: el soberanismo catalán lanza su órdago desobediente, el Estado responde con contundencia –dentro y a veces fuera de los límites de la ley– y España entera vive jornadas de tensión extraordinaria; Ciudadanos despunta con fuerza y luego declina rápidamente como dispositivo de rearticulación desde arriba del sistema político; demandantes de aún mayor contundencia contra el independentismo, odiadores del feminismo y émulos de la experiencia trumpista comienzan a agruparse en Vox. La sentencia contra el PP por financiación irregular en el “caso Gürtel” abre la ventana de oportunidad a un Sánchez a la ofensiva, al que la primera moción de censura exitosa de nuestra democracia conduce a Moncloa.
Unidas Podemos se ve obligada a virar su estrategia de antagonismo abierto con el PSOE, persiguiendo la cada vez más alejada meta de sustituirlo como primera fuerza progresista del país, a facilitar su gobierno en la moción de censura e insistir en integrarse en él como socio minoritario. Sánchez primero intenta congeniar con Ciudadanos, sin éxito, y tras una repetición electoral que abre de par en par las puertas del Congreso a la extrema derecha, toma la decisión que cambiará, otra vez, la historia de España: rompiendo el perímetro implícito del sistema político español de 1978, que excluía la presencia de fuerzas a la izquierda del PSOE en el ejecutivo central, acuerda un Gobierno de coalición con Iglesias que toma posesión en los primeros días de 2020, justo a las puertas de que una misteriosa y letal criatura microscópica nacida en la otra punta del planeta quebrase, aquí y en todas partes, la historia de nuestro tiempo en un antes y después irrevocable. Todo cuanto sucede a partir de ahí lo hace ya en otro mundo, y debe por tanto ser analizado por separado.
En las consideraciones finales de su imponente La revolución pasiva de Franco (HarperCollins, 2022), José Luis Villacañas desliza este pasaje estremecedor: “Lo que ha ocurrido [en España] desde 2015 es un fracaso histórico de dimensiones políticas semejantes al fracaso de las Comunidades [de Castilla] y de la Primera República”. Es una afirmación en apariencia grandilocuente, pero cierta. Los entre dos y tres millones de personas que participaron directamente en el trienio quincemayista y muchas de las que sin sumarse presencialmente a ellas simpatizaron con sus movilizaciones, y luego los más de seis millones de electores que llegaron a convocar los espacios a la izquierda del PSOE –y probablemente también bastantes de los socialistas que primero devolvieron a Sánchez al liderazgo de su partido y luego le advirtieron que “con Rivera no”–, aspiraron con diferentes declinaciones a cambios profundísimos en la estructura económica y política española que nunca tuvieron lugar.
Felizmente, a diferencia de las Comunidades y la República, la derrota no concluyó en holocausto, pero aquellas expectativas fallidas han dejado un boquete de frustración y tristeza en el alma de muchos de quienes participamos de ellas que seguramente nos acompañará de por vida, nostalgia de un futuro que nos fue arrebatado de la punta de los dedos –un “segundo Desencanto”, se ha sugerido, evocando aquel que a la vuelta de la Transición democrática afligió a las militancias de sus actores más rupturistas–. No ayuda que parte significativa de esa derrota fuera a todas luces autoinfligida, y aún menos que sobre aquellas heridas, ya tan antiguas pero nunca bien cicatrizadas, se hayan edificado y sigan edificando buena parte de la lógica y la gramática, los afectos y las animadversiones del período que ha venido después y hoy seguimos navegando, nosotros mismos y las generaciones más jóvenes, que han debido socializarse políticamente sobre el paisaje devastado que dejaron a su paso aquel fracaso histórico nuestro y luego la traumática fractura de experiencia y sentido de la pandemia –como demuestran el agónico declive de Sumar, la disparatada deriva sectaria de los restos cadavéricos de Podemos o la emergencia a la izquierda de la izquierda parlamentaria de nuevos sujetos políticos radicalmente desvinculados y críticos del ciclo precedente, como el juvenil Movimiento Socialista–.
Pero sería inexacto e injusto dejar el análisis en ese punto y abandonarse sin más al derrotismo y la melancolía. Quienes fuimos parte de aquellos años extraordinarios pasamos el testigo de una época a otra, a quienes venían detrás de nosotros y a los nosotros mismos que hoy al otro lado de aquel umbral somos, con un balance que ciertamente no puede llamar al entusiasmo –quien hoy haga un balance entusiasta del tiempo que nos ha tocado vivir solo puede ser un completo demente, un perfecto hijo de puta o ambas cosas al mismo tiempo–, pero que tampoco debería en justicia ser enteramente mortificante. Desde hace seis años esta España que claramente no es la que quisimos instituir tiene sin embargo, aunque sea entre mil amargas dificultades, contradicciones y renuncias, el Gobierno más progresista del macizo capitalista occidental, ya casi el único que defiende y aun ensancha su Estado de Bienestar en tiempos de recortes a motosierra, o que levanta la bandera feminista y ambientalista en tiempos de misoginia y negacionismo climático de Estado, y también el que más decentemente ha sabido posicionarse en la espantosa coyuntura geopolítica balizada por la guerra imperialista rusa contra Ucrania y el genocidio israelí contra Palestina.
Si todo esto es hoy posible es gracias a la vasta oleada de politización progresista del 15-M primero, a los aciertos estratégicos de Podemos después y al giro a la izquierda que finalmente ambas cosas obligaron y permitieron hacer al PSOE de Sánchez. Sin el aporte de cada una de estas sucesivas, imprevistas y contradictorias reverberaciones de aquel impulso inicialmente precipitado por las plazas indignadas florecidas en primavera de 2011 en casi cada rincón de las Españas, sabe dios qué émulo grotesco y crudelísimo del trumpismo estaría hoy malgobernando nuestro país y anegándolo de autoritarismo, burricie y sufrimiento. Puede que no ganásemos, pero quizás tampoco perdimos, y la resultante de esta paradoja, esta frágil segunda excepción progresista española en pleno auge reaccionario global, es sin duda una diferencia que debe ser celebrada y por la que merece seguir peleando, al menos hasta que horizontes más anchos queden al alcance de nuestra vista.
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La noche es ya casi tropical en Badajoz a primeros de junio. De la mano de M., que está preciosa con su falda larga de lino plisado, su blusa bordada y sus trencitas de hilo, atravesamos la acampada, saludamos a unos y otros, curioseamos panfletos y pancartas. Al cabo de un rato, nos alejamos unos metros para fumar un canuto. Mientras entremezcla tabaco y hachís con sus manos finas, morenas y ensortijadas de princesa fenicia, señalando con la mirada al pequeño y afanoso poblado que ha ido creciendo en la mediana ajardinada de la Avenida de Huelva, me pregunta: “¿Cómo va a acabar todo esto?”. “No lo sé”, le respondo, “pero es bellísimo”. Después nos besamos.
Decía el maestro Agustín García Calvo en uno de sus sonetos: “Pues el Libro Mayor (y eso es lo grave)/ del Debe y el Haber nunca se cierra,/ y acaso acierte el que con tino yerra”. Estaba en lo cierto. Seguimos.
*El último libro del escritor y músico Jónatham F. Moriche ha sido ‘Los años del derrumbe: Anotaciones en la red social Twitter 2020-2024’, (Trea, 2025).
Hace un par de años concedí una extensa entrevista a F., sociólogo francés que se encontraba en España estudiando nuestra historia política reciente, con las movilizaciones del 15-M y la aparición de Podemos como epicentro y sus participantes directos como interlocutores. Durante un largo trecho inicial conversamos con la exactitud y templanza propias de este tipo de intercambio, pero a partir de cierto punto una tonalidad más emotiva fue infiltrándose en mi discurso, unas veces hacia el entusiasmo, otras hacia la rabia, las más hacia la melancolía, emborronando progresivamente su contenido y su mismo registro expresivo.