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¿Deben ser obligatorias las vacunas?

Vista de dos ampollas iguales con muestras de la vacuna contra el covid-19.

Peter Gtzsche

A modo de preludio, me gustaría comentar el caso de Japón. El país del sol naciente dejó de usar la triple vírica en 1993, después de que muchos niños sufrieran meningitis y otras reacciones adversas. Además, se produjeron tres muertes y ocho niños quedaron incapacitados de por vida, sufriendo daños que fueron desde ceguera y sordera a distintas clases de parálisis. Japón había estado empleando una triple vírica que incluía una cepa particular del virus de las paperas que tuvo que ser retirada por cuestiones de seguridad.

El Gobierno nipón se percató del problema poco después de su introducción en abril de 1989, cuando la vacuna era obligatoria. De hecho, los padres que se negaban a inmunizar a sus hijos debían pagar una pequeña multa. Uno de cada 900 niños experimentó secuelas de diversa índole, un resultado que superaba el índice esperado en más de 2.000 veces.

En 1993, tras una clamorosa protesta surgida del miedo a la vacuna contra la gripe, el Gobierno derogó su obligatoriedad y empezó a usar vacunas individuales en lugar de mixtas. Por desgracia, aquello tuvo un precio. Pese a que sucedió hace mucho tiempo, provocó un descenso de la tasa de vacunación, lo que dio paso a brotes de sarampión que segaron 94 vidas durante los cinco años anteriores a 2019.

La experiencia japonesa nos dice que la vacunación es un tema delicado, y que es fácil pasar de la sartén a las llamas cuando la sociedad toma decisiones drásticas basándose en los efectos secundarios poco frecuentes. Las vacunas son muy seguras en general, por lo que unas cuantas muertes no deberían llevarnos a desconfiar de ellas. También es muy seguro viajar en avión, mucho más que por carretera, pero la gente reacciona de manera distinta ante ambos medios. Los accidentes aéreos han matado a miles de personas, pero seguimos tomando vuelos. Por esa razón, me cuesta entender que haya quien no pueda aceptar el hecho de que, en contadas ocasiones, algo pueda salir mal con las vacunas, una posibilidad que no debería afectarnos a la hora de tomar decisiones.

Pero sin duda lo hace, a pesar de que los daños estén relacionados con alguna vacuna distinta. El 14 de febrero de 2019, el BMJ informó de que, desde comienzos de año, es decir, menos de dos meses antes, habían muerto 70 personas de sarampión en las Filipinas, la mayoría niños. En 2018 hubo más de 18.000 casos de sarampión, en comparación con los 2.400 del año anterior. El índice de vacunación contra el sarampión descendió del 88% en 2014 a un 55% en 2018. La causa se debió a una batalla política por la vacuna contra el dengue de la farmacéutica Sanofi llamada Dengvaxia, que fue retirada de las Filipinas en 2018 después de que murieran varios niños vacunados.

Teniendo en cuenta la reacción irracional de algunas personas, entiendo que las autoridades impongan la obligatoriedad de determinadas vacunas y que prohíban la asistencia a los colegios a aquellos niños que no estén vacunados contra el sarampión. En ocasiones, es necesario tomar medidas radicales a fin de proteger a la sociedad. En la Edad Media, las tripulaciones de los barcos que arribaban a los puertos italianos procedentes de Asia debían pasar una cuarentena para evitar la aparición de epidemias que, en los peores casos, podían eliminar a una tercera parte de la población. En aquel tiempo, todos temían la llegada de la peste negra, así llamada por las hemorragias que producía y que desembocaban en bubones negros.

En tales circunstancias, las medidas drásticas pueden tener algún efecto. De este modo, en algunas zonas de Estados Unidos, la abolición de la objeción de conciencia por motivos filosóficos o religiosos ha resultado en una mayor cobertura de la triple vírica.

Sin embargo, cabe preguntarse si semejantes acciones son justificables cuando no nos enfrentamos a nada tan amenazador como una plaga. En California, las escuelas y otras instituciones pueden pedir por ley pruebas documentales de vacunación. Es obligatorio inmunizarse contra la difteria, la hepatitis B, la gripe hemofílica de tipo B, el sarampión, las paperas, la tosferina, la poliomielitis, la rubéola, el tétanos, la varicela y cualquier otra enfermedad que se determine.En 2015, se eliminó la objeción por motivos personales. Durante ese primer año, el porcentaje de niños sin vacunar que entró a las escuelas descendió del 7,2% al 4,4%.

En el peor de los casos, las vacunas obligatorias pueden acabar en desastre si resulta que una vacuna particular, o una combinación de varias, provoca grandes daños.

El programa de vacunación estadounidense ha reducido la incidencia de diversas enfermedades infecciosas en más de un 99%, como en el caso del sarampión, las paperas y la rubéola, mientras que otras se consideran erradicadas, como la difteria, la polio y la viruela. Se calcula que, por cada cohorte de nacimientos, se evitan unos 20 millones de enfermedades y 40.000 muertes. Otro análisis demostró que una inversión en 10 vacunas en 94 países de ingresos bajos y medios produjo un ahorro casi 50 veces mayor cuando se incluyeron beneficios económicos más amplios.

Cada país aspira a sus propios ideales. Dudo que una medida drástica como la obligatoriedad de las vacunas llegara a materializarse de nuevo en mi país, Dinamarca (se impuso una vez para combatir la viruela, entre 1810 y 1976). Creo que valoramos demasiado nuestra libertad individual para que suceda, pero Estados Unidos es un país muy distinto. El fundamentalismo religioso es allí mucho más habitual que en otras naciones occidentales, como lo son las ideas y normas extravagantes sobre qué hacer y qué no hacer, y las creencias irracionales que van en contra del conocimiento científico más indiscutible.

Pondré un ejemplo concreto. ¿Qué habría que hacer con los padres que no vacunaron a su hijo de seis años contra el tétanos, y cuyo tratamiento costó casi un millón de dólares? Resulta que el pequeño se hizo un corte en la frente mientras jugaba en los terrenos de una granja. Tras pasar 57 días en la unidad de cuidados intensivos pediátricos de Oregón, sus padres se negaron a ponerle la segunda dosis recomendada de la vacuna. De hecho, se aconseja administrar cinco dosis durante la infancia y un refuerzo cada 10 años en adelante. El pediatra que atendió al niño dijo al respecto: “He visto a casi 100 pacientes que necesitaron cuidados intensivos a causa de una enfermedad que puede evitarse con la vacuna. Nunca he tenido que dar cuidados intensivos a causa de las complicaciones de una vacuna”.

Noticias falsas y engaños

Entiendo que el Gobierno estadounidense sienta la necesidad de introducir medidas excepcionales frente a la multitud irracional, sobre todo cuando hay grupos poderosos que exacerban el problema propagando en internet desinformación sobre las vacunas. Jamás he oído hablar del movimiento antivacunas en Dinamarca, y el nombre de Wakefield ni se menciona. No le hacemos el menor caso. Además, los medios son mucho más críticos con las noticias falsas que al otro lado del charco, lo que significa que cualquier intento de sembrar el pánico a las vacunas no tarda en verse como lo que es: un engaño.

Sin embargo, parece ser que el caso de Estados Unidos no es único. También hay vacunas obligatorias en Europa. Al buscar en Google, encontré una página patrocinada por múltiples fabricantes de vacunas, VaccinesToday. Siempre consulto el apartado “Quiénes somos”, y normalmente no leería nada que haya patrocinado una farmacéutica, pero en este caso hice una excepción, ya que encontré un artículo de 2017 que parecía correcto y fiable. Por otro lado, afirmaba que las ventajas de la vacunación obligatoria son cuestionables, lo que va en contra de los intereses de los patrocinadores, así que seguí leyendo. La vacunación obligatoria se introdujo por primera vez en el Reino Unido con un decreto en 1853. La ley exigía que todos los niños cuya salud lo permitiera fueran inmunizados contra la viruela, obligando a los médicos a certificar que así fuera. Los padres que se negaban recibían una multa de una libra (equivalente a unas 130 libras actuales).

Hoy en día no hay vacunas obligatorias en el Reino Unido y hace mucho que las autoridades sanitarias se resisten a imponerlas porque consideran que ello socavaría la relación de confianza entre el público y el personal médico. Aunque pueda verse como algo contraproducente, ahora hay un impulso renovado por reinstaurar la obligatoriedad en las islas británicas, que empiezan a parecerse más a Estados Unidos que a otros países europeos. La falta de libertades personales también es similar. Los sanitarios que se nieguen a vacunarse contra la gripe deberán indicar sus razones para ello. Su director nacional lo explicó así: “Todos tenemos la responsabilidad profesional de protegernos, proteger a nuestros pacientes y reducir la carga sobre el sistema”.

La típica pamplina que solemos ver entre las altas esferas. También es una creencia que no se basa en ningún dato científico y que constituye una violación de los derechos humanos fundamentales. ¿Qué demonios está sucediendo? Sin duda, los profesionales de la salud están sujetos al imperativo moral de evitar daños a sus pacientes, pero se ha abusado de él para justificar la obligatoriedad de las vacunas. El argumento contrario gana en lógica: la obligatoriedad despoja a los proveedores de atención médica de un derecho básico garantizado para todos los demás pacientes, el derecho al consentimiento informado.Creo que es imposible defender racionalmente la vacunación obligatoria contra la gripe de los profesionales sanitarios a fin de proteger a sus pacientes de un riesgo teórico como lo es contraer la gripe. Se trata de una intrusión en el cuerpo de una persona por la posibilidad (que ni siquiera se ha demostrado de manera fehaciente) de reducir el riesgo de que le ocurra algo malo a otra persona. No recuerdo que haya habido otro caso en que la sociedad le pida a alguien que se sacrifique por el posible beneficio de otro, aparte de en tiempos de guerra, y menos aún que sea una obligación. Ninguna vacuna es totalmente inofensiva, y en el peor de los casos, el profesional sanitario podría llegar a morir, por ejemplo, a causa de un choque anafiláctico, o por golpearse la cabeza tras desmayarse, o por sufrir el síndrome de Guillain-Barré, todo lo cual puede conducir a un desenlace fatal.

Con este libro quiero denunciar las barbaridades cometidas por los negacionistas de las vacunas, pero el otro bando también tiene mucho por lo que responder. Algunos fundamentalistas no ven más allá de las consecuencias positivas de la vacunación. Y cuando la gente así está en el poder, las cosas pueden torcerse mucho. En 2017, una profesora veterana del claustro de la facultad de Medicina de Nueva York, que ni siquiera ejercía como médica, fue despedida por no vacunarse contra la gripe. Según declaró la universidad, “la inmunización resulta fundamental para proteger a nuestros pacientes, visitantes y colegas. Lamentablemente, a falta de pruebas de que esté vacunada, nos vemos obligados a rescindir su contrato con efectos inmediatos”.

Habiendo bienhechores que no respetan los derechos humanos más básicos, no me sorprende que algunos hablen de fascismo sanitario. Hay otro ejemplo ocurrido en Nueva York que también me hace pensar que no debemos rendirnos todavía. Un abogado consiguió que se considerase ilegal el requisito del Departamento de Salud por el que era obligatorio vacunar a los niños de preescolar contra la gripe. Fue una merecida victoria en nombre de los derechos humanos. Dicho requisito era injustificado, tanto ética como científicamente. Por desgracia, el Tribunal Supremo volvió a instaurarlo.

El argumento de la cuerda resbaladiza siempre cumple un papel importante en las disquisiciones filosóficas. Está relacionado con el principio de la coherencia y viene a decir algo así: aunque en este caso concreto parezca razonable, abriría la puerta a otras cosas inaceptables que nos veríamos obligados a aceptar, porque no podríamos hallar una diferencia ética relevante entre ambas situaciones. Sucede lo mismo con el cumplimiento de la ley, sobre el que se podría argumentar: “Estoy tentado a hacer trampas en esta situación, pero ¿y si todo el mundo lo hiciera en situaciones similares?”. ¿Perderíamos la confianza en los demás, provocando así el colapso de la sociedad?

Los ejemplos de Nueva York y la vacuna contra la gripe ilustran la importancia del argumento de la cuerda resbaladiza. La inmunización obligatoria de California no incluía la gripe, pero eso podría cambiar porque las autoridades podrían decidirlo amparándose en la ley existente. Nunca hay que dar más poder a quien ya tiene mucho. La historia nos ha enseñado que siempre acaba mal.

La sanidad australiana es muy parecida a la estadounidense, por lo que no es de extrañar que el programa de vacunación infantil esté vinculado a la admisión en centros de preescolar y a las ayudas sociales (“Sin pinchazo, no hay cheque”). Casi siempre que hay una vacuna obligatoria, es solo para los niños. Sin embargo, en algunas instituciones, sobre todo las sanitarias, la vacunación es un imperativo para poder trabajar. No se trata de un mandato legal per se, sino de una forma de discriminación. Un colega inglés me informó de que, en ciertos hospitales, si los empleados contraen la gripe y no se vacunan, no cobran el tiempo de sustitución. Un representante sindical presentó una queja contra un hospital británico por imponer la vacuna a sus trabajadores, pero la administración desestimó su petición. Aunque contaba con el apoyo del sindicato, el personal había sido amenazado con acciones disciplinarias si se negaba a vacunarse, como indicaba una cláusula de sus contratos.

Esta incertidumbre sobre la justificación ética y científica de la vacunación obligatoria se ve reflejada en las distintas políticas que existen al respecto en Europa. En 2010, un estudio realizado en 27 países de la UE (más Islandia y Noruega) reveló que 15 de ellos no imponían ninguna vacuna. Desde entonces, “Italia ha añadido 10 vacunas a la lista, Francia y Rumanía preparan nuevas leyes para penalizar a los padres de hijos sin vacunar y Finlandia introducirá en 2018 una ley que exige que los profesionales sanitarios y sociales se inmunicen contra el sarampión, la varicela, la tosferina y la gripe”.

En 2017, Robb Butler, un miembro de la Organización Mundial de la Salud, escribió una carta a la Comisión Sanitaria del Senado estadounidense. En ella indicaba que, según un informe de 2011, la vacuna contra la polio era obligatoria en 12 países de Europa oriental, la de la difteria y el tétanos lo era en 11, y la de la hepatitis B en 10. El artículo de la OMS sobre el sarampión recomienda que se examine a los niños antes de entrar a la escuela y que se vacune a aquellos que no hayan recibido las dos dosis. Doce de los países exigen una prueba de vacunación para la admisión escolar. Butler decía que, a fin de mitigar el efecto negativo de la desinformación, era crucial ofrecer datos precisos y exactos sobre los beneficios y la seguridad de las vacunas. Además, se debían atender las dudas de los padres y del público en general para que pudieran tomar decisiones informadas por sí mismos y para sus hijos.

El proyecto ASSET, financiado por la UE, estudió el efecto de estos mandatos en cada país, pero no consiguió establecer una relación clara con el empleo de las vacunas. Aunque los expertos de la comisión de investigación reconocieron que la obligatoriedad podía resolver el problema a corto plazo, esta no es una solución a largo plazo. Más eficaz sería una reorganización de los sistemas sanitarios y el uso de estrategias de comunicación sólidas. En palabras del comisario europeo responsable del área de la salud: “El objetivo legítimo de aumentar al máximo la tasa de vacunación puede lograrse con medidas menos estrictas, y la mayoría de los Estados miembros prefieren la adopción de recomendaciones, o una mezcla de mandatos y recomendaciones”. Un profesor dijo que la obligatoriedad no aumenta la confianza en las vacunas, sino que fortalece a quienes se oponen a ellas.

Estoy de acuerdo. No obstante, cancelé mi participación en un debate en California al descubrir que la organización que lo celebraba (Physicians for Informed Consent) era un eufemismo para referirse a quienes se oponían a todas las vacunas “por cuestión de principios”, lo que sin duda es un error. Por otro lado, no se puede hablar de consentimiento informado a la hora de rechazar vacunas, como la del sarampión, cuando gente como Wakefield y sus seguidores les han lavado el cerebro a los padres con su desinformación.

*Vacunas, verdades, mentiras y controversia será publicado en enero por la editorial Capitán Swing.

*Este artículo está publicado en el número de diciembre de tintaLibre, a la venta en quioscos. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí

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