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Cataluña

Un gran negocio en horas bajas

Edificio corporativo de Caixa Catalunya en Barcelona

Pere Rusiñol

Al mundo del dinero no suele gustarle el lío y Catalunya no es una excepción. Por esto los empresarios y directivos de más peso llevan meses tratando de recomponer los puentes –a través de instrumentos como el Foro Puente Aéreo, que reúne a la crème de la crème empresarial de Madrid y Barcelona- para que la ola soberanista no rebase en la práctica los límites de la pirotecnia habitual en el régimen surgido de la Transición, por mucho que formalmente suban los decibelios de la retórica.

Son gestiones siempre discretas, entre bambalinas, porque el frame oficial catalán es otro: el de la patria dispuesta al martirio con tal de avanzar hacia el “derecho a decidir” y, en última instancia, la independencia.

La gran paradoja es que, una vez consolidado el terreno de juego oficial, ampliamente soberanista, ni siquiera los poderosos que en buena medida han contribuido a crear el frame oficial sienten que pueden salirse de él sin aparecer como modernos botiflers. Y menos en vísperas de los fastos del 300º aniversario del fin de la Guerra de Sucesión, mito sagrado del nacionalismo catalán que colocó el sanbenito de botifler a los catalanes partidarios del borbón Felipe V y que, en su acepción contemporánea, significa simplemente “catalán traidor a Catalunya”.

Convergència i Unió (CiU), la coalición que ha gobernado 27 de los 33 años de autonomía tras la recuperación de la democracia, nunca ha sido el “partido de la burguesía” que sí fue, en buena medida, la Lliga de Francesc Cambó en el primer tercio del siglo XX. La burguesía pata negra de Barcelona siempre miró por encima del hombro a Jordi Pujol, al que veía como un parvenu poco refinado, con maneras rurales y actitudes mesiánicas, que enredaba en asuntos que consideraban secundarios. Pero siempre hubo una fructífera alianza electoral del que ambas partes sacaron mucho provecho.

La desconfianza era mutua: se conllevaron porque la alianza les beneficiaba a todos. Agitar la bandera tuvo siempre su recompensa compartida: Pujol y CiU consolidaron una poderosísisma base de poder en Catalunya y cada vez que levantaba la bandera catalana la clase dominante acababa obteniendo alguna ventaja, ya sea a través de una rebaja de impuestos, de ayudas a la internacionalización de la empresa o de la asunción de la agenda en materia laboral que propugnaba la patronal, dirigida durante tantos años por el hoy jefe de la CEOE, Joan Rosell, con el cerebro del ex trotskista Joaquín Trigo.

El relevo al frente de CiU, cuando Pujol designó heredero a Artur Mas, parecía que iba a engrasar aún mejor el esquema, en la medida en que el nuevo líder sí tenía ya las condiciones para que la burguesía barcelonesa le considerara uno de los suyos: un tecnócrata con currículum de gestor empresarial –en lugar de un Mesías- con formas exquisitas –afrancesadas- y pasado entre la alta burguesía de Barcelona, que nunca ha dejado de hablar castellano en la intimidad.

De ahí la estupefacción actual entre la burguesía y el mundo del dinero: el tecnócrata quiere superar en épica nada menos que a Moisés; incluso a riesgo de hacerlo saltar todo por los aires.

Al principio, con la demanda del pacto fiscal, parecía que iba a repetirse el esquema de siempre, pero aumentado de decibelios. Y echar gasolina para calentar la manifestación del 11 de septiembre de 2012 –como hizo La Vanguardia y el Grupo Godó, propiedad de un conde Grande de España y con un Consejo de Administración con múltiples vínculos al PP- era en el fondo volver a andar un camino ya conocido: acumular fuerzas para una negociación que, con la bandera desplegada, siempre acababa comportando avances de clase en toda España.

Libertador o enterrador

La sorpresa vino luego: elecciones anticipadas, batacazo electoral de CiU y, pese a ello, empecinamiento en un programa que, según todas las encuestas, lleva a la federación nacionalista al descalabro e incluso a ser víctima del sorpasso de ERC en el campo nacionalista.

La Vanguardia y el Grupo Godó –el más decisivo a la hora de crear el terreno de juego en Catalunya, ya sea directamente o a través de sus tentáculos que gestionan los medios públicos- y el poder económico casi sin excepciones –FemCat, el lobby patronal impulsado por los convergentes más entusiastas, como los Sumarroca o Tatxo Benet, de Mediapro, apenas cuenta- presionan entre bambalinas para encontrar una salida al entuerto que evite el choque. Pero se encuentran con un Mas enrocado, ajeno a las encuestas y a su propio pasado, obnibulado por la posteridad y por lo que van a decir de él las enciclopedias de la patria liberada.

Barcelona en la vida de todos nosotros

Barcelona en la vida de todos nosotros

Frente a la cantinela oficial que subraya que Catalunya cada vez exporta más fuera de España, los empresarios saben perfectamente que las grandes empresas catalanas se han convertido básicamente en grandes empresas españolas: Repsol, Caixabank, Gas Natural… Y conocen bien la realidad del “España nos roba”, que ve la mano negra de Madrid hasta en la ausencia del corredor mediterráneo del tren de alta velocidad que tanto beneficia a Abertis, la concesionaria de autopistas participada por la Caixa.

La Catalunya oficial sigue ensimismada en lo que llama “el proceso”, y el poder económico que en el fondo alimenta esta misma Catalunya oficial ya ha empezado a asumir que, aunque le pese, Mas tendrá efectivamente un papel destacado en las enciclopedias.

Pero no necesariamente como libertador de Catalunya. Más bien, quizás, como enterrador de CiU.

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