El gran partido de la narrativa
En una de las mejores clases que me han dado en la universidad, un maravilloso profesor rebelde proyectaba en la pizarra unas palabras que resuenan con fuerza en nuestros días, pronunciadas por Roland Barthes el 7 de enero de 1977 en el Collège de France: “La langue [...] est tout simplement fasciste” (“el lenguaje es simplemente fascista”). El mensaje es sencillo en su apariencia: tenemos un rango limitado de expresión que viene dado por las palabras posibles, las palabras existentes, sobre las que parece orbitar toda nuestra capacidad de pensamiento, creación y comunicación. Dicho de otro modo, el lenguaje puede ser una cárcel, algo que encadena –que construye, también– los mundos que habitamos. De esta idea catastrófica sobre uno de nuestros bienes más preciados, la palabra, se deriva, a mi parecer –tal y como aprendí en esa clase–, la más grande y asombrosa tarea de la literatura: romper el lenguaje. Destruirlo, inventarlo, agotar sus formas, lanzarlo al vacío, cuestionarlo.
Pero la literatura no es la única forma artística que tiene un lenguaje propio. Lo tiene la música, lo tiene el teatro, lo tiene el periodismo, el cine y, ahora también, las series. Y todas ellas, como cualquier aparición artística añeja o futura, comparten el uso de una compleja, aparatosa y hermosa responsabilidad: explicar historias, el arte del relato. Lo hacen cada una con su lenguaje, su principal herramienta, para encontrar los vacíos que les permitan narrar. Y así, todas estas formas narrativas comparten método, lucha y dificultad. Este gran punto común, que pudiera ser un acuerdo entre camaradas, se convierte entonces en un proceso vetusto y largamente conocido por jerarquizar a todos los equipos que compiten en esta división de honor del Arte Mayor De Todas Las Artes. El partido más reñido es claro y las discusiones son fuertes, algo así como un Barça-Madrid en la final de la Champions (igual, sí, igual de irracional y lunático). Es la gran final entre el cine y la literatura, que se amplía también a las series. Anticipo desde ahora que no voy a jugar este partido. Le he dedicado todas mis horas y le voy a brindar todas las que me quedan a la literatura y no al cine, por lo que ya los expertos en ambas materias entrarán a pista para romperse los sesos. Aquí quiero hacer algo distinto, y es tratar de entender por qué, compartiendo tan brutal y majestuoso fin narrativo, dos de las artes –tres, ahora– más queridas por todos los públicos padecen el síndrome de la déspota y bárbara competitividad.
Cine y literatura
Bajo el supuesto de la relación innegable entre cine y literatura, y de entre los múltiples ejemplos existentes y conocidos, quisiera recuperar a Darío Villanueva, uno de los grandes críticos literarios españoles de nuestros tiempos –y gran estudioso de El Jarama–. Comparando a los jóvenes cineastas y novelistas de los años 50 (se refiere a Zavattini y Ferlosio), establece, en relación a Ladrón de bicicletas, que los directores de la época querían filmar en exteriores convenientes para el relato explicado, así como el rechazo de actores profesionales –algo así como Alcarrás–. Según él, los novelistas españoles hicieron una labor semejante al situar sus novelas en espacios abiertos e ir de primera mano a conocer esos lugares (algo que, por cierto, explicaría una influencia importante en la creación de El Jarama, una de las más colosales obras en español del siglo pasado). Lo que Villanueva expone aquí es una conexión, una reciprocidad, si se quiere, entre las formas de narrar cinematográficamente y los modos de hacerlo literariamente. Aquello que interesa señalar es que esta es una influencia que trasciende el uso de un texto literario para un guión cinematográfico (una adaptación) o la mención o aparición de un libro en una película (una influencia, una cita). Hablamos aquí de cómo el arte del relato, desde siempre y hasta el infinito, ha estado influenciado por todas sus formas y formatos. Si el realismo literario fue en su momento el hallazgo para agotar las formas del lenguaje, no hubiera sido tal sin el cine. Quizás El Arte Mayor de Todas las Artes no es tan solo uno. Quizás lo que tengamos aquí sea un empate.
Pero hay más. Un tercer equipo parece estar asomándose a la división de honor, optando incluso a la final, y las reacciones del público no son precisamente benévolas. Son las series, que no solo compiten por estar en la cúspide de la pirámide artística, sino que lo hacen, a su vez, con su principal oponente –el cine–, que parece tender a situarla en una posición de inferioridad artística por quién sabe qué. No entraremos. Lo que hay que poner en juego aquí es cómo este nuevo, atractivo, renovado tercer equipo, entra en la rueda de las influencias entre las artes del relato. Si bien es pronto para determinar un vínculo narrativo como el que exponía Villanueva más arriba, no es descabellado hacerlo a nivel de formato. Pensémoslo bien: el fenómeno de las series es novedoso por las nuevas tecnologías, pero no lo es a nivel literario. Algo mucho más antiguo y popular las precede, las novelas por fascículos del siglo XIX, esta forma de publicación seriada caracterizada por el suspense, las vastas –interminables– tramas, el lenguaje accesible y una importante democratización del acceso a la literatura. El Conde de Montecristo y Oliver Twist son dos de sus éxitos desmedidos. ¿Acaso las series no han conseguido algo parecido a lo que se hizo con las novelas por fascículos? Me aventuro, aquí, ya por puro placer y jolgorio: ¿acaso el tajante éxito de Blackwater no fue, en cierta medida, un espejo del formato serie, que lo es, a su vez, de la novela por fascículos? Si bien es pronto y faltan ejemplos para respaldar tal teoría, el regreso de este formato por influencia de las series bien podría ser la gran ofrenda que el mundo cinematográfico le brinde a la literatura de este siglo. Respecto a lo anterior, un buen amigo conocedor de esta materia me decía que las series están pasando a ocupar gran parte de las conversaciones en nuestro día a día. Pues bien, si algo le envidio a las series –le envidiamos, creo, los profesionales del mundo del libro– es su capacidad divulgativa, su capacidad para ocupar ese centro narrativo popular que está pasando a ser, nos guste o no, mucho mayor que el literario. Acaso los fascículos pudieran parecérsele.
Aún sosteniendo lo dicho, quiero hacer un último inciso. Está claro que el partido está empatado, y parece que un equipo empieza a despuntar sin freno. Pero, si bien defiendo y creo en las influencias extraliterarias, mi campo –y mi mundo– es la literatura. Y creo firmemente en lo siguiente, una imagen sencilla, bucólica pero cierta, que me enseñó mi padre desde muy pequeña: la literatura es una reserva natural protegida. Da igual lo que venga, tanto dan los equipos que empiecen a nacer y despuntar, son banales los auges tecnológicos que emerjan y dejen de emerger. No importa, es irrelevante. La literatura –y con ella, el libro físico– es un bien sagrado, casi inexplicable, que trasciende siglos, guerras, fronteras, géneros, aficiones y creencias. No hay cambio, por grande que sea, que pueda desplazarla. Y tiene, además, la fuerza telúrica de la palabra impresa, que permite un fenómeno tan mágico como fascinante: las cosas dichas sobre un libro tendrán siempre un significado distinto. Y no, el éxito de las series no disminuye el número de lectores existentes. Tampoco lo hizo el cine. Por supuesto que se influencian, es inevitable. Y por fuerza comparten objetivos, pues comparten el arte de narrar. Y, por ende, es también inverosímil que no compartan la capacidad de destruir y lanzar al vacío las formas del lenguaje. Pero hay algo en la literatura que la ha hecho invencible, invicta, resistente, revolucionaria, incluso. ¿El qué? No está claro. Tal vez la palabra, su arte. Tal vez el papel, su soporte. El misterio forma parte de su magia. No todos jugamos el mismo partido, pero yo tengo a mi fiel, deslumbrante, insurrecta ganadora.
*Laia Folch es editora en Folch & Folch.