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Más iglesias que escuelas, más historia que vida

Las torres de las iglesias anticipando los pueblos son una constante.

Primitivo Carbajo

En Medina de Rioseco, capital histórica de Tierra de Campos, consigo el mapa del territorio, el de la comarca natural, el canónico como si dijéramos. Todos lo estiran y encogen a conveniencia. León, Zamora, Valladolid y Palencia comparten la comarca e inducen los desfases fronterizos, cada cual el suyo, por los intereses clientelares de sus políticas. Pero siempre fue así, o mucho peor. Y esta elasticidad fronteriza no merma un ápice la evidencia, paso adelante o atrás, de unos 6.500 kilómetros cuadrados de llanura inquebrantable, uniforme y simplona. Por la llana, limita al Norte con el páramo leonés, últimas estribaciones de la cordillera Cantábrica; al Sur, con los montes Torozos y el último tramo del río Sequillo, hasta desembocar en el Valderaduey; al Este con el Pisuerga o, con más precisión, la cadena de alcores que se interpone entre río y llanura; y al Oeste, con el Cea. Da para hartarse de llanura, sin tiquismiquis de fronteras y de patrimonio histórico, pese a lo mucho que se destruyó. En los últimos 50 años la comarca ha perdido más de dos tercios de su población. Quedan, la ciudad de Palencia excluida, unas 50.000 almas, unidad de medida con predicamento en la comarca pero que no distrae el envejecimiento de los cuerpos que las albergan, ostensible al paso como en la medición demográfica de todos y cada uno de los 173 municipios (mapa canónico) que pisan.

Ya fue durante siglo y medio, por no ir más atrás, frontera ancha y despoblada con Spania, como se llamaba al dominio musulmán. A partir del siglo IX se fue repoblando con astures, gallegos y mozárabes del sur y ahí empezó a dibujarse el galimatías del mapa interior de la llanura que, no obstante, dio la pauta original de la completa malla de carreteras que la surcan actualmente. Las autovías A-6, entre Tordesillas y Benavente; A-67, entre Palencia y Osorno; y A-231, entre Osorno y Sahagún, muerden en ella. Villalón pone el centro geográfico. Yo la abordé desde Toro, enfilando hacia Medina de Rioseco en pos del mapa canónico -no se debe viajar al tuntún-, y acabé rodando unos 300 kilómetros en dos días, algunos a lo tonto, con mapa y todo. Arranqué sin plan de viaje, con la idea de improvisarlo sobre la marcha en función del tiempo, jodidamente inestable en esos primeros días de junio -tuve suerte, dos días de sol-, y en función de mi propio ánimo, doblado por un equipaje excesivo de resabios y desapego. “Nada es divertido cuando tienes que hacerlo porque, si no, te expulsan, y eso envejece”, explicaba Hunter S. Thompson, padre del periodismo gonzo, a propósito de su Miedo y asco en Las Vegas: un viaje salvaje al corazón del sueño norteamericano. Le resultó un viaje “sumamente raro”, como a mí éste por Tierra de Campos, corazón del sueño español con su tanda de pesadillas.

Avanzaré por carreteras esencialmente rectas y de tráfico anecdótico que rasgan el manto verde e interminable de los trigos crecidos. Lomas suaves, ocasionales tablazos. Ocasionales parcelas incendiadas de amapola, los trazos morados de averjas o de cardos al lado o en otras parcelas. Más amapolas en el combinado silvestre de blancos y amarillos y morados que puntillea y cubre las cunetas, festonea la uniformidad verdosa y me escolta la travesía como guiño de seducción. Pero, ¡ah!, apenas araño briznas de feeling. Ni con la radio sumando a la fiesta el desalojo de M. Rajoy. Tanto colorido no es sino el verde de las eras de las coplas manriqueñas (Cuán presto se va el placer…), guiños engañosos y fugaces de una tierra esquinada pese a las apariencias. En breve, cuando esto salga para ser leído, serán pamplina. Todos los colores habrán derivado al blanco sucio, amarillento o grisáceo, de la paja y secarral que corresponde al verano, por no hablar del barrizal intransitable en invierno y el cierzo que barre las lomas, el largo y gélido invierno.

El joven Jesús Torbado escribió la magnífica crónica Tierra mal bautizada. Un viaje por Tierra de Campos en 1966, tras patearse rigurosamente la llanada de aquel verano con pundonor y una bota de vino que vaciaba y reponía contra la sed y la amargura, que al cabo son los destilados de su prosa. Y los de la tierra. Por su seca hostilidad pero, sobre todo, la de tantas miserias, de tantos sufrimientos de guerra y hambre como sucedieron en ella. Él contó las de un tiempo y un país que afortunadamente ya no son. Pero persisten ramalazos.

Baile de porra y espada

Los colonos que repoblaron la llanura fueron pronto reclutados para las soldadescas de León o Castilla, o de ambas sucesivamente porque el mando cambiaba de bando con facilidad, y también, por engrandecer un reino u otro, para guerrear contra Spania. Hasta que León y Castilla se unieron en una sola corona y en la cruzada contra la morisma. Por eso, Fernando III, que premonitoriamente había nacido en el pueblo zamorano de Peleas de Arriba, fue ungido como el Santo antes que Simón Templar. No obstante, el galimatías del mapa siguió cobrando espesura en el régimen feudal de los señoríos, los abadengos (bajo jurisdicción de órdenes religiosas) o las behetrías (poblaciones que elegían señor), más los subsiguientes traspasos por regalo de bodas o herencia, por alianzas o conquistas que reventaban de continuo la estabilidad del mapa. Este baile de porra y espada, enseguida trasplantado a América, con sus derivadas atroces de limpieza de sangre y otras sucias limpiezas, o las más ridículas de la hidalguía y de los señoritos de no trabajar y a vivir de rentas, se cubrieron de oropel y recibieron carta de naturaleza como si nacieran de la propia tierra, con ayuda del alto cielo y el clima extremo de la llanura, y no fueran resultado de la doctrina interesada que se aprovechó de sus miserias.

Paro a tomar un café en Villagarcía de Campos, ya estoy metido en harina. Visualizo la imponente colegiata de los jesuitas y la ruina restaurada, adobe y piedra, que titulan a gran relieve De Jeromín a Juan de Austria, o sea, el hijo bastardo de Carlos I de España y V de Alemania, criado subrepticiamente en ese castillo-palacio de los Quijada, la misma familia que promovió la colegiata, hasta que el padre lo reconoció en Yuste y ya pudo hermanarse con Felipe II. Vale. La oferta de patrimonio histórico es apabullante en toda la llanura. Tiene el pero de su insistencia: iglesias y castillos, iglesias como castillos, la hegemonía ostentosa del barroco que sepulta la belleza íntima y los retos de inteligencia que laten en el románico y el mudéjar. Barroco ampuloso y estomagante como los señores que lo promovieron -con dineros de América o de las rentas de sus préstamos al rey para la guerra- para marcar su poderío. Con la Iglesia, que siempre lo mantuvo bien apretado. Iglesias como castillos. Muchas más iglesias que escuelas. La constante de sus torres anticipando los pueblos en los horizontes del viaje, su monocultivo cultural, tan tedioso como el cereal en la llanura.

A la salida de ese primer bar de Villagarcía reparo en un pináculo, entre la carretera y la fachada de la iglesia, que remata con la placa de los Caídos por Dios y por España, y en Villabrágima, otra, la suya, inserta en el lienzo de su iglesia-fortaleza. Aún quedan muchas por la comarca, con el beneplácito del PP. Moscas de desavenencia. La tarja de Amusco -varias metas volantes después-, clavada al costado del precioso pórtico románico de la iglesia de San Pedro, añade un ostentoso estrago estético -por más que todo el templo sufra de lo mismo, luego diré-, pero además, en otro coqueto edificio de ladrillo y uso municipal, en la salida hacia Frómista, brilla en la fachada un mosaico blanco con el yugo y las flechas: Obra Social de Falange. Se hizo bajo el signo de Francisco Franco. Año Santo de MCML, 1950. Una mujer que sale a verme tomar nota ríe con jactancia. Qué, dice. Qué de qué, digo, y se vuelve ella adentro con sonrisa conmiserativa.

El pináculo de Villagarcía esconde al Alubiero; su recuerdo sólo está inscrito en la memoria de la gente. Fue un forajido que tenía 15 años al comienzo de la Guerra Civil y que, no obstante su edad, fue puesto al frente de una camada de asesinos que sembró el terror en la zona y más lejos, con uniformes de la Falange (¡la Cruzada!). Probablemente se formó y ya destacó en el campamento para falangistas que funcionó en Tordehumos, entre Villagarcía y Villabrágima. Este pueblo fue en los primeros meses del conflicto estación de paso, de noche y de día, de los camiones con víctimas de Rioseco y de otros pueblos en su paseo hacia la muerte en los montes Torozos, o a la prisión improvisada en la Santa Espina, que tampoco daba mayor garantía.

Iglesias y castillos, monocultivo cultural

Tordehumos (400 almas) presume de haber tenido murallas, seis iglesias y un castillo donde los reyes de Castilla y León firmaron la paz y donde Pedro Girón, su dueño siglos después, “se defendió con sus tropas ante los Comuneros”. ¡Venga humo! La Guerra de las Comunidades (1520-1522) tuvo mucho empuje, faltaría más, en Tierra de Campos. Una porción relevante de la nobleza, secundada por el pueblo llano, se sublevó contra el régimen absolutista que imponía Carlos I. Los aglutinaba la Ley Perpetua de Castilla, Leyes de Ávila o Constitución de Ávila, que de todas esas maneras se llamó, en torno a la reina Juana la Loca, hija de los Reyes Católicos, viuda de Felipe el Hermoso y madre de Carlos I. Pedro Girón fue el primer jefe del ejército comunero. En las primeras fases de la guerra resultaba crucial la toma de Rioseco, sede del Almirantazgo de Castilla, por su importancia política y estratégica. En Villabrágima esperaba ya el belicoso obispo Acuña con una tropa de 400 curas y sacristanes que se hizo legendaria por sus gestas posteriores. Pedro Girón sumó los 17.000 hombres a su mando y la artillería más moderna del momento. Rioseco estaba destinada a caer. Pero hubo negociaciones y, de improviso, Girón ordenó levantar el sitio para irse a conquistar sin sangre los graneros de Villalpando. Tuvo que pasar la guerra refugiado en el castillo de Peñafiel para esquivar las promesas comuneras de ajusticiarle por traidor. La guerra acabó en Villalar, con Padilla, Bravo y Maldonado decapitados y decenas de comuneros colgados de los árboles hasta pudrirse, y Carlos I rescató a Girón del oprobio y le rehabilitó títulos y propiedades, incluido el castillo de Tordehumos.

La Ley Perpetua hubiera instaurado la primera monarquía constitucional de Europa (la Carta Magna inglesa sólo era cesión de privilegios reales a la nobleza) pero duró lo que duró la guerra. Fue muy invocada, sin embargo, en los debates que precedieron a la aprobación de la Constitución independentista de Estados Unidos (1776), que en buena medida se reconoce inspirada en la de Ávila. Tiene ese marchamo universal. Aquí se silencia o se tapa con humos.

En Rioseco logro una fotocopia en blanco y negro del mapa que me orientará el viaje, aunque sólo es el mosaico de los muncipios, y al rato escucho el rechazo reciente y visceral que ha recibido la petición de un local para culto islámico: en una ciudad que se llama Medina desde antes de erigir las cuatro catedrales, más las iglesias, ermitas y conventos que siguen activos; en una comarca donde convivieron “las tres naciones” y que lloró como ninguna otra la expulsión de los judíos y, aún más, siglo y pico después, la de los moriscos, introductores, por abajo, de los cultivos de huerta y de las frutas en la dieta, o del ladrillo y los artesonados de cartabón por arriba, en la arquitectura mudéjar. ¡Cierre Rioseco también el kebab que vi al paso!

“Mercado de mercados” desde los Romanos, la Ciudad de los Almirantes apenas retiene una caricatura de aquella gloria que perduró siglos: la de mantener inalterable su Semana Santa. Los Enríquez, la estirpe de los almirantes de Castilla, adulados y temidos por cuantos reyes los trataron, cayeron en desgracia en la Guerra de Sucesión (1701-1713) que cambió la dinastía de los Habsburgo por los Borbón en España. Esta vez apostaron a caballo perdedor. Felipe V de Borbón les retiró el título, les pasó factura y arruinó su palacio de Rioseco, del que no queda absolutamente nada. La francesada remató a sangre y, así que todo lo francés se mira aquí con resquemor y desconfianza, pese al Canal de Castilla, posible por la Ilustración.

Y es muy anterior la prerrogativa que tenían los vencedores de reducir a escombros las murallas y castillos conquistados en combate. Los que se conservan airosos tienen ese timbre de victoria. Voy al de Montealegre por rendir mi homenaje particular a Jesús Torbado. Torreones, paredes airosas e invulnerables, al menos sin artillería. Está cerrado mejor que cuando Torbado logró colarse de okupa. Y más vacío. A modo y tamaño de estandarte, un poema de Gerardo Diego glosa su oquedad en la puerta. Simbólica oquedad. Torbado logró atrapar una paloma para darse cena pero, probada su dureza al diente, la abandonó en las brasas de la fogata para subir a emborracharse de vino y amargura en las almenas del castillo y desde allí gritarla a las sombras inmóviles de la noche como un loco, antes de caer dormido por la borrachera. Da risa, pero es simbólico también.

Caminos de Castilla y de Santiago

Ya que no a las almenas de Montealegre, subo al Mirador de Campos, en Autilla. La misma cota del alcor la llena por detrás el bosque de un parque eólico. Estaba solo, añorando otro café, cuando llega en dos coches una familia ruidosa que pasa el tiempo dando la espalda a la llanura y forzando gestos de posado para las fotos. La llanada verde y salpicada de pueblos silentes parece llegar hasta el mazacote mismo de la cordillera Cantábrica, con nieve en las cumbres. Las fotos de la familia tendrán ciertamente mucho fondo.

Soslayo Palencia y su periferia de huerta, no me parece representativo. El regadío en Tierra de Campos es excepción, los ríos secan en verano. En el cómputo global no alcanza al 5% de la superficie, aunque en esta parte palentina hay municipios que riegan la mitad de sus términos con aguas del Carrión, la desviada del Pisuerga para el Canal de Castilla, que llega hasta el valle de los Comuneros desde Rioseco, y la traída desde el embalse de Riaño. Hay más choperas en las riberas, pero no genera cultivos alternativos. Los de año y vez, como en secano; incluso se mantiene la explotación a dos hojas (la mitad del terreno en barbecho un año, para que descanse, y sembrado al siguiente).

Hundidos bajo tierra cultivada. Queda uno de los escasos vestigios judíos de la comarca, la sinagoga que el Manrique de Lara de turno autorizó construir a su administrador hebreo. Fue construida en semisótano para no acercar, como mandaba el reino, su altura ni lucimiento a la de la iglesia de San Pedro, en la misma plaza. Tiempo después no hubiera tenido ese problema. En el siglo XVI, con el pretexto de restaurar la estructura románica de San Pedro, la encofraron en otra descomunal que la multiplica y a la que, para remate, le adosaron un campanario de espadaña de iguales ínfulas. Pajarón de Campos lo llaman. La sinagoga funciona como restaurante y conecta con uno de los subterráneos que subsisten en el pueblo desde aquellas guerras entre señoríos.

En Frómista se cruzan “los caminos de la razón y de la fe”. El Canal de Castilla y el Camino de Santiago. El primero, gran obra de la ingeniería civil, se concibió como vía de exportación de cereales y lanas a Europa por los puertos del Cantábrico. Con forma de Y invertida, las obras del ramal de Campos -78 kilómetros y siete esclusas- comenzaron en 1753 y en un año se construyeron 25 kilómetros aguas abajo. El resto tardó un siglo en acabarse por las guerras y crisis económicas que siguieron. Sólo tuvo una década de viva actividad, la de 1850, las barcazas arrastradas por mulas desde las orillas. El ferrocarril acabó con ello. Las fábricas que propició (papel, harinas, cueros, armas), a la altura de las esclusas para aprovechar la fuerza motriz del agua, son vestigios del despertar industrial de Campos, que tampoco cuajó.

Fui con prisa y ansias de beato a la iglesia de San Martín de Tours. Temía agobios de aglomeración: turistas, peregrinos. No los había. Conté dos parejas y un single compartiendo la visita conmigo, sin duda la más deleitosa del viaje. Además encontré habitación cómoda y limpia y conversación sabrosa con Prisciliano, nonagenario lúcido y socarrón: “No quieren nada que suponga apearse del tractor y doblar el lomo, eso pasa. Tienen subvenciones por todo y con el dinero que ganan, que no es poco, compran pisos en Palencia o Valladolid para los hijos y para alquiler”, retrata a los nuevos labradores.

El hormigueo ininterrumpido de peregrinos por el Camino de Santiago hacia Carrión de los Condes, al día siguiente, me dejó asombrado. Más tránsito que una acera de la Gran Vía (con dirección única, claro). Yo zigzagueé un poco y atravesé la comarca, hasta Castroverde de Campos. No sé cuántos pueblos crucé, muchos. A menudo la carretera es la calle principal. En ninguno falta historia ni casas blasonadas, en todos falta gente. Es la cantilena si te paras a hablar. Y a término seguido, el médico, que no está a diario porque lo han de compartir con otros pueblos, y los curas también. Ahora la iglesia es más lugar social. Hay precariedad de servicios pero ni asomo de miseria. Las calles están cementadas y limpias, hasta de ruidos. El silencio se palpa, como la voluntad de decoro. El ladrillo de las reformas ha copado el sitio de las paredes de adobe y tapial, que ya son residuales. Las viviendas están cerradas pero no abandonadas. Los que se fueron se desentienden de las tierras pero no de las casas. Acaso estén llamados a ser sólo pueblos de vacaciones.

Toma la ruta alternativa

Toma la ruta alternativa

En Castroverde, ya saturado de llanura, me saca del hastío un fotón de Obama. En una valla publicitaria a la entrada del pueblo: “Parque Obama. Hijo adoptivo de Castroverde de Campos” (y detrás el parque vacío). Yo iba con otra intención: Urones de Castroponce, que he dejado atrás, fue la primera alcaldía que obtuvo el PSOE en España, en 1903, y Cecilio Lera, viejo conocido, gobierna en Castroverde desde 1979. Pensaba sacarle punta a eso. Pero Obama gana este final: “Le mandamos fotos del parque y del pueblo a través de un amigo. Le resultó divertido. Fue cuando le dieron el Nobel de la Paz”.

*Este artículo está publicado en el número de verano de tintaLibre, a la venta en quioscos. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí.aquí

 

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