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Leopoldo María Panero: "No hay otra locura que la fantasía"

El poeta Leopoldo María Panero retratado el año 1970.

José Ángel Mañas

Imagina que al mirarte al espejo solo ves una vieja desdentada por los efectos de la terapia de electrochoque. Imagina que esa boca babosa es, junto con el pene, la única parte de tu cuerpo no amuermada todavía por los fármacos. Imagina que el único sexo que has tenido en los últimos años son felaciones de minusválidos mentales a cambio de cajetillas de tabaco, que te sientes el Anticristo y te has enemistado con España entera. Imagina que has sido el poeta maldito venerado hacia el que los jóvenes artistas peregrinan regularmente. Imagina que quieres ser enterrado y que tus huesos se pudran tranquilamente y que te acaban de incinerar, y que aquellos mismos familiares que no quisieron saber nada de ti durante décadas ahora se pelean por tus despojos literarios. Eso es ser Leopoldo María Panero. 

Resulta difícil no reconocer sus andares rígidos y ese aspecto desaliñado de yonqui carcelario —niqui y vaquero desastroso, zapatillas que parecen salidas del economato— cuando aparece por el parque del Hospital Psiquiátrico Juan Carlos I, en Gran Canaria. Nada más verme en el banco, se sienta a mi lado y se enciende un pitillo mientras acepta la lata de cocacola que le tiendo: sé de su dipsomanía y de su asco por este lugar, por eso me sorprende que haya aceptado vernos aquí. 

Supongo que es donde mejor me ubican tus lectores, ¿no? 

De todas formas, siempre fui un habitante de los infiernos y ahora mismo los manicomios son los nuevos campos de exterminio. Me he pasado 17 años ingresado aquí, con una pandilla de asesinos queriendo acabar conmigo. Mis permisos de salida estaban condicionados a la toma de hasta 30 comprimidos diarios y de un antídoto contra el alcohol que me hacía sentir la agonía de la muerte si bebía. Así era el rito nacional de envenenar al Panero. Si tengo babas y no me queda ningún diente es porque la psiquiatría me ha destruido y me ha convertido en alguien que ya no sabe hablar ni callarse. Por eso la odio tanto.

Tengo la impresión de que odio y miedo son las dos emociones básicas que dominaron su existencia. ¿Puede decirse así?

Sí. El miedo fue el principal sentimiento que me inspiraron los seres humanos durante la primera fase de mi vida. Luego, en algún momento, se transformó en odio hacia todo lo que me rodeaba. Hoy todavía odio a España y al idioma español, odio la malsonancia de los nombres como Paco o Alonso. Odio el color de sus plazas, odio las calles de Castilla, odio la ordinariez, la mala leche, el mal vino, los puñetazos, la miseria coloreada de blasfemia, la ignorancia del fútbol, el insulto, el taco, la miseria sexual y odio a la Policía española. Matar un español me daría tanto asco como aplastar con el pie una cucaracha. 

¿Y no hace distingos entre regiones?

No. He conocido Euskadi y los vascos son tan vulgares, borrachuzos y malolientes como los españoles. Y los canarios, un pueblo que yo creía más simpático y humano, me parecen igual de sucios que los demás españoles. 

Vayamos con su vida.

También odio mi vida. 

En el documental sobre la familia Panero ‘El desencanto’, que todo el mundo vio, se dice que a los tres años y medio empezó usted a recitar poesías, antes incluso de saber escribir. 

Yo fui una inteligencia precoz. Pero había entonces un problema con la niña prodigio francesa Minou Drouet, a la que se hicieron todo tipo de pruebas psiquiátricas como si fuera un monstruo. Eso asustó a mi familia y procuraron esconderlo. 

Según ha declarado usted en múltiples ocasiones, su padre fue un alcohólico brutal y putañero. ¿Lo sigue pensando ahora que se han podido reencontrar?

Por supuesto. Mi padre me marcó con sus palizones. Como me veía jugar con ositos y gatos de trapo, se decía: “Nos va a salir maricón”, y me pegaba. A mí, que era su hijo preferido. Y cuando él muere, entonces aparece la madre, que hace daño en silencio. Como yo en algún momento empecé a cascarla, se vengó de la peor manera. Mientras andaba con mi predicación política por los bares, Adolfo Suárez le aconsejó que me echara de casa para matarme en la calle. Luego resulta que el monstruo soy yo. 

En ‘El desencanto’ usted afirma que fue el chivo expiatorio, el loco de la familia… 

A mí siempre se me ha considerado el responsable de todos los males de la familia Panero, cuando yo no era sino un reflejo de todos ellos. Mi propia madre es un claro ejemplo de esquizofrenia. Hubo un momento en el que me obsesioné con el esquizoanálisis y quise curarla haciéndole fumar unos pitillos elaborados con hebras de tabaco y con mis propias heces. Era una manera simbólica de retrotraerla a la fase anal. 

A mí me da la impresión de que usted tenía una enorme necesidad de afecto materno. De hecho, una vez muerto su padre,   Leopoldo Panero, no dejó de regresar una y otra vez a su madre, Felicidad Blanc. Quiere apartarse, pero al mismo tiempo no consigue vivir sin ella. Incluso tras sus primeros intentos de suicidio, usted mismo explicó que eran una llamada de atención dirigida hacia ella. 

Es cierto y ella reaccionó ingresándome por primera vez en un psiquiátrico. Allí recibí mi primera sesión de electrochoque cuando dije que me gustaba Johnny Weissmüller. En esa época en Barcelona se presumía de tratar la homosexualidad con terapia aversiva. Y mi madre lo permitió. 

Estamos hablando de finales de los sesenta, cuando usted tenía 20 años. Entonces se dio una extraordinaria explosión de vitalidad. Había una necesidad imperiosa de liberarse del encorsetamiento franquista. Y más o menos es cuando usted experimenta su primera relación homosexual, entiendo que con Eduardo Haro Ibars. 

Sí, Haro Ibars fue el primero que me dio por el culo. Lo disfruté mucho. Con él descubrí también lo que era la cárcel. Cuando nos cogió la Brigada de Estupefacientes, nos aplicaron la ley de vagos y maleantes. Recuerdo que en el furgón que nos llevó desde la prisión de Carabanchel a la prisión provincial de Zamora, íbamos los dos cogidos de la mano. Pero por debajo de la manta para que no nos vieran los guardias. 

Tengo entendido que se pasó el tiempo en Zamora tratando de cometer todo tipo de tropelías tanto a nivel sexual como de drogas; que el director de la prisión declaró que era usted incorregible, y que en algún momento le zurró bien uno de los reclusos con el que usted había mantenido relaciones sexuales. 

Así es. No lo niego. 

Y después de cuatro meses y un día salió, pero solo para ingresar en el Frenopático barcelonés, que era otro tipo de cárcel. Y a partir de entonces su vida fue salir de un manicomio para ingresar en el siguiente. ¿Quiere que hagamos la lista?

La clínica Pedralbes, el Frenopático, Leganés, Ciempozuelos, por supuesto, Mondragón, este de Las Palmas y algún otro por el camino que me habré olvidado. Me aplicaron terapia de electrochoque en casi todos. Así me quedé sin dientes. Si no me rehago la dentadura es porque es mejor para hacer felaciones. 

¿Y los novísimos? Usted arrancó su carrera poética de manera fulgurante en el año 1970 al ser incluido en ‘Nueve novísimos poetas españoles’, la mítica antología de Castellet. ¿Qué piensa de ellos?novísimos

Una mierda que se sacó Pere Gimferrer del culo, lo dije desde el principio. Y creo que el tiempo me ha dado la razón. 

Con Vicente Molina Foix, otro de los novísimos, tuvo usted un pique porque ambos coincidieron en una fiesta y a los dos les gustaba un tal Fernandito. 

Se lo ligó él. Desde entonces le odié y no nos hablamos. 

¿Y los demás?

Los demás, quitando a Pere Gimferrer, nada. 

Volviendo al asunto del amor, que siempre fue un tema peliagudo para usted. 

Para mí fue desde el principio una causa perdida. No fue la droga lo que me enloqueció, fue el amor que no me dieron. Me pasó con Ana María Moix, cuando la conocí en Barcelona durante los meses que viví allí, y luego con Eduardo Haro Ibars y con Will More en Madrid y en Tánger. Era un patrón repetido. 

¿Se atreve usted a definir el amor? 

Lo hago en uno de mis versos: “El culo reclama un hombre al grito de su pedo”.

Ese verso pertenece a ‘Narciso en el acorde último de las flautas’, del año 1979. Para mí, su mejor poemario. Donde estuvo más inspirado. 

¿Inspirado? Y una mierda. La poesía no tiene más fuente que la lectura. La literatura, como dice Pound, es un trabajo, un job. Todo lo que tiene que ver con ella es hacer un buen trabajo. Trovar es difícil y necesita toda una vida. La buena poesía no cae del cielo.

Insisto en que para mí el ‘Narciso’ es el mejor libro de su carrera. Me gusta mucho la cita de Donne que lo encabeza: “Nadie va dormido cuando camina hacia el patíbulo”. En ese poemario se le ve usted al máximo de sus capacidades y no soy el único que lo piensa. En el prólogo dice que la única remuneración que puede tener la literatura es ser comprendida. ¿Lo sigue pensando?

Sí. Siempre he procurado emplear una palabra plena que ponga en evidencia la palabra vacía, la palabrería, la frase hecha, el hablar por hablar, que es lo que hacen la mayoría de los poetas. 

El tono es absolutamente confesional: “Todos llevamos dentro un niño muerto, llorando”. Me gusta ese ave que vuela sobre el mundo en llamas, gritando a los mortales que se agitan debajo: “ABISMO, ABISMO!”. O el poema que le dedica a su madre: “Yo contemplaba mi cerebro para siempre aplastado / y mi madre reía, mi madre reía / viéndome hurgar con miedo en los despojos / de mi alma aún caliente”, con ese final tremendo: “Y mi espíritu convertido en teatro vacío, del que todo pensamiento ha desertado”. También se afirma ya un nihilismo premonitorio: “Y ¿nada he de esperar?”. “Nada”. 

Me sentía muy fuerte, está claro. 

Se le nota a usted pletórico. Y ya hay esa crudeza expresiva tan suya que preconiza la retahíla futura de heces, semen, falos, vaginas, cagadas y flatulencias.

Pedos. 

¿Qué?

Nunca digo flatulencias. La palabra que empleo es pedos. Siempre procuro juntar la belleza con lo más sórdido y jugar con la imaginación del lector como el cazador con una fiera a la que busca aturdir antes de cobrársela.

En cualquier caso, con ‘Narciso’ demostró usted ser un poeta con mayúsculas, con una tremenda capacidad para crear imágenes y provocar emociones. Me encanta cuando en el Parnaso se encuentra las primeras gradas llenas de resentidos y amargados y, al subir un poco más, ya se topa con sacristanes ambiciosos pequeño burgueses y abominables mamarrachos. Me imagino que se refiere a los críticos.

Yo siempre me he sentido solo en el trono secreto de la poesía. 

Cito otro verso suyo: “Solo es hermoso el pájaro cuando muere / destruido por la poesía”. ¿Podríamos decir, parafraseándolo, que solo es hermoso el poeta cuando muere destruido por la locura? ¿Cree usted que la poesía destruyó a Leopoldo María Panero?

Sí, porque si uno se entrega a ella en cuerpo y alma desatiende lo demás y cae en la ciénaga de la existencia social. 

¿Considera que perder es el triunfo más resplandeciente?

Siempre. Y creo haberlo logrado. 

Pero, aun así, aspiraba al premio Nobel.

Es que la literatura es un mundo extraño donde quien pierde en la vida gana. 

Desde luego, si es así, nadie puede negar que su obra a partir de Mondragón se convierte en el aullido de un hombre humillado y encerrado que no deja de lanzar violentas diatribas contra la psiquiatría. 

Es que las duchas frías y forzosas eran insufribles. 

¿Y las drogas? 

A mí las drogas solo me han hecho pasar un buen rato. 

Con ese asunto tampoco se ha mordido usted la lengua. En ‘Heroína y otros poemas’ (1992) arremete como nadie contra Proyecto Hombre. 

Proyecto Hombre buscaba la destrucción sistemática de la propia imagen del adicto, la propia estima y el propio respeto hacia uno mismo. Existe una tortura llamada el suplicio de los pantalones, que consiste en aniquilar esa defensa que es el vestido o traje, encargado de proteger lo que en proxemia se llama territorio, es decir, el alma, el campo bioeléctrico que sella nuestra identidad. Esta tortura ya se conocía en Argentina y se aplicó en España a los heroinómanos, junto con la prohibición de los vaqueros y del pelo largo. Enseñar a un joven a valorarse a sí mismo es lo contrario del Proyecto Hombre.

En ese poemario se pueden encontrar muchos versos que merecerían figurar junto a las canciones de los Stranglers y de Lou Reed entre los ditirambos más explícitos que se han hecho al azúcar moreno: “…el triunfo es una burbuja / me deshará el mañana”, “de hombre es buscar avaro / placer en una cuchara”, “cuando el veneno entra en sangre / mi cerebro es una rosa”... 

El único veneno, para mí, es el psicofármaco. 

Y es cierto que a partir de un punto la mayoría de sus poemas pivota en torno a esa condición de psiquiatrizado, que tanto ha marcado su identidad. 

Es que la sociedad ha acabado creando categorías racistas para las psicosis y estructurando el interrogatorio psiquiátrico como una sospecha metódica para identificar a ese delincuente mental o hereje psicológico al que, una vez diagnosticado, se le roba cualquier derecho, dejándolo sin defensa frente a todo tipo de brutalidades psíquicas o físicas que se pueden ejercer sobre él en nombre de la ciencia. Siempre he afirmado que no hay otra locura que la fantasía y cualquier forma de terapia es criminal. 

¿Y qué es para usted un loco?

Locura es lo que todo ser humano rechaza de sí mismo y convierte en excremento, en esa podredumbre psíquica que es la matriz del superhombre. Para mí la prohibición del loco y del borracho son inventos de la burguesía, que es quien inventa la ética de las buenas costumbres que nos tiraniza desde entonces. 

¿Piensa que los locos mienten?

Al contrario. Los locos son los tíos más ingenuos del mundo. Hasta que los destroza la psiquiatría dicen la verdad como perros. Quien quiera oír la voz de la verdad no tiene más que venir a un psiquiátrico. Ellos son los bufones de nuestra sociedad capitalista, los únicos que ven la realidad represiva actual y los únicos capaces de decirla incluso sin recurrir a la verdad grotesca del alcohol. De todas formas, hoy todo el planeta se ha convertido en un enorme manicomio gracias a esa tremenda ofensiva de las multinacionales farmacéuticas a las que el diagnóstico psiquiátrico ha permitido psiquiatrizar porciones cada vez mayores de la sociedad a las que envenena con psicofármacos por tiempo indefinido, con la consiguiente cronificación de pacientes. 

Eso se lo he leído a uno de sus biógrafos. ¿Cree, entonces, que la institución psiquiátrica fabrica la locura? 

No, pero la empeora. La psiquiatría da cobertura científica a la represión de anormales considerados como disidentes peligrosos. Y si el poder social permite castigar a los locos es porque necesita proteger el statu quo. Por eso, cuando un poeta habla muy alto y claro, como yo, lo encierran. Pero yo no estoy enfermo. Soy una persona y mi locura forma parte de la condición humana. Todo hombre que se conoce a sí mismo es un monstruo y no hay más monstruo que el hombre que se conoce a sí mismo. La locura no existe: es algo que se soluciona hablando. Esa es la única verdad, guste o no. 

Ha quedado clarísimo. Muchas gracias, señor Panero. 

*Este artículo está publicado en el número de mayo de tintaLibre, a la venta en quioscos. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquíaquí

Una inmersión en la maltratada psique española, en 'tintaLibre'

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