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Neofascismos: el eterno retorno, en 'tintaLibre'

Portada tintalibre septiembre 2019

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Fake news, fake news, suele responder Donald Trump cuando le pica alguna pregunta de los medios de comunicación, que por él aboliría de un plumazo. Desde que Trump llegó al poder en Estados Unidos (no se han cumplido tres años, pero parece un siglo), han surgido desde debajo de las piedras una legión de imitadores que se caracterizan por las mismas arraigadas convicciones ante la situación del planeta: la democracia es un gobierno de débiles, el cambio climático es mentira, los inmigrantes son el problema, los homosexuales no deberían adoptar niños a los que luego violan, las mujeres deberían regresar a sus labores y el hombre blanco y de clase trabajadora ha sido chuleado y arrastrado por los defensores del Estado de Bienestar.

Hay miles de personas que compran este relato en cualquier país para llegar seguidamente a una conclusión bastante apocalíptica, en plan Marvel: los políticos son todos iguales, necesitamos un salvador. Si añadimos a la hipótesis las suficientes gotas de perfume nostálgico (“antes esto no ocurría”) y nueva mitomanía (Franco y el águila han sido sustituidos en la tienda de souvenirs por Don Pelayo y la Reconquista), y le ponemos un rosario (el de Salvini) en las manos a estos catecúmenos de la nación cristiana, tendremos una fotografía muy fidedigna de ese nuevo barón rampante de la política europea y española: el neofascista sin complejos, el Carlomagno de las redes sociales.

Cualquier lector español se habrá preguntado cientos de veces dónde estaba la marcha verde de Vox y todos acudirán al consabido consuelo de las alas de la gaviota del PP, pero la respuesta no responde en absoluto al escenario. Hay un neofascismo en la calle, en las instituciones y en el aire que respiramos, que no necesita de la mano alzada para hacerse presente y, poco a poco, ir cumpliendo objetivos hasta hace poco impensables y que, sin apenas escándalo, han empezado a surgir en zonas de gran calado ideológico como Andalucía, pero también en el Este europeo (Polonia y Hungría) y en pleno corazón de la Unión Europea (Italia).

El dislate es bastante bochornoso, como ya dijimos, y va en aumento: hay que salvar a la familia y las tradiciones (la procesión, la caza, el toreo), hay que escolarizar con la cruz en el aula y sin velos (el papa Francisco es un traidor) hay que pedir los nombres de quienes convierten a nuestros hijos en gais y lesbianas y ¿quizás depurarlos?… La actual confrontación entre las formaciones políticas tampoco ayuda. A derecha e izquierda hay trincheras. Y nadie pone el acento en salvar un sistema al que le sobran ya poderosos enemigos con demasiada testosterona (Trump y Putin los primeros de la lista) y derechos humanos que, desde Alabama a Lampedusa, desde El Ejido hasta Cracovia, piden a gritos una urgente intervención quirúrgica.

 

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Neofascismos: el eterno retorno

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