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El país del silencio

Partidarios de Evo Morales en una marcha en La Paz.

Maximiliano Barrientos | Santa Cruz, Bolivia

Cuando sucedió la última crisis que determinó la expulsión del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada en 2003, me encontraba en un billar. Recuerdo que cerraron las puertas y desde las ventanas veíamos algunas personas caminando con banderas amarradas en la espalda. Santa Cruz siempre fue una especie de burbuja, un oasis de seguridad y bienestar. En ningún momento apagaron la música, seguimos jugando y tomando cerveza como si nada pasara, mientras los televisores emitían la masacre que tenía lugar en las calles de La Paz, el verdadero epicentro del conflicto.

En el atardecer del 20 de octubre de 2019 —el día en que los bolivianos fuimos a las urnas en una elección polémica porque Evo Morales buscaba consolidarse en su cuarto mandato, a pesar de haber perdido en el referéndum del 21 de febrero de 2016— también me encontraba en un billar. No era el mismo, el de entonces lo convirtieron en un concesionario de automóviles.

Era un día tranquilo, con un sol radiante. No se registró ningún incidente. Recuerdo que hacía un calor terrible y durante la mañana caminé 15 cuadras para ir al colegio donde me tocaba votar. La gente hacía colas y pasaba a las aulas con la papeleta. Los encargados de mesa te daban un bolígrafo y te decían que si no confiabas, podías usar cualquier otro que hubieras llevado. Días antes había corrido el rumor de una tinta alterada que se borraría y daría como resultado el voto nulo.

Hablar de crisis entonces parecía un delirio, todo exudaba una normalidad pacata y somnífera. La gente bebía cerveza y ponía canciones en la rocola. El humo de todos esos cigarros contrastaba con las luces y me dificultaba respirar, pero era un billar que me gustaba y lo frecuentaba a pesar de que muy raras veces alquilaba una mesa para jugar. Tomaba cervezas mientras disfrutaba de la atmósfera, era un sitio que podía pertenecer a cualquier lugar del mundo y a cualquier época, salvo por el hecho de que los hombres mascaban coca y escupían bolos en el piso y se iban acumulando como pequeñas montañas de desperdicio. Se llama Springfield, fiel a esa tradición camba que los bautiza como ciudades estadounidenses.

De los cuatro televisores, tres emitían canales de deporte y solo uno, con el volumen reducido a cero, pasaba el noticiero que cubría las elecciones. Esa indiferencia con respecto a lo que ocurría en las urnas pudo haber estado alimentada por cierto fatalismo, ya que las encuestas daban a Morales como ganador y Santa Cruz, al menos en su mancha urbana, ha sido su principal opositor. En las elecciones de 2014 Evo ganó con más del 60% y todo apuntaba a que sucedería algo parecido, aunque la sensación de desencanto y agotamiento era innegable, lo que se incrementó con los incendios en la Chiquitania y con una pésima política estatal para contrarrestarlos.

Cuando cayó la noche, y contra todo pronóstico, los resultados preliminares auguraban el balotaje. La distancia que separaba a Evo Morales de Carlos Mesa —que en ese cruento 2003 era vicepresidente de Gonzalo Sánchez de Lozada—, no era tan abismal como se supuso. El MAS (Movimiento al Socialismo, liderado por Morales) alcanzó el 45,28% y Comunidad Ciudadana el 38,16%, con el 84% de los votos escrutados. Para evitar la segunda vuelta el ganador debía superar al segundo con el 10%.

Entonces sucedió la segunda gran irregularidad en el mandato de Morales, si podemos considerar el desacato al referéndum como la primera: suspendió el conteo y no hubo cobertura mediática. Nadie dijo nada en el billar, estaban más atentos al reprís de los partidos de la liga europea y a si el contrincante con el que jugaban había hecho piyo o no.

El lunes, el Tribunal Supremo Electoral dictaminó que con el 95,63% del conteo realizado, un 46,4% de los votos favorecían a Morales y un 37,07% a Mesa, lo que hacía pensar que no habría una segunda vuelta. El malestar y la sensación de fraude se intensificó y en Santa Cruz aconteció el paro cívico más largo de su historia, duró tres semanas, ocasionó una pérdida económica aproximada de 20 millones de dólares diarios y posicionó a Luis Fernando Camacho, presidente del Comité Cívico, como un nuevo caudillo para el que no existe el concepto de estado laico, ya que en todos sus pronunciamientos, envalentonado por una retórica aguerrida y con ínfulas de una masculinidad más grande que la vida, prometió el regreso de la Biblia al palacio presidencial.

Racismo e intransigencia

Los llamados días de desobediencia civil estuvieron marcados por una serie de consignas en las que salió a relucir, de forma abierta en algunos casos, el racismo y la intransigencia que durante buena parte de la gestión de Morales se trató de combatir con la ley antidiscriminación. El paro fue extremo, se prohibió la circulación vehicular y la apertura de negocios. En plena guerra mediática circuló un vídeo en el que algunos gorilas amenazaban a los trabajadores de un restaurante de pollos. Les dijeron que si no cerraban, ellos no se harían responsables de los destrozos al establecimiento. Si se le puede calificar de una revuelta ciudadana, distó de ser una de carácter popular. Las ostentosas vagonetas de más de 30.000 dólares bloqueaban las calles mientras sus dueños jugaban a las cartas o al fútbol y hacían churrascos como si lo que sucediera fuera una prolongación del carnaval, la fiesta grande de los cruceños.

Una conocida de nacionalidad argentina me contó que cuando pasaba por uno de los controles para dirigirse al centro de la ciudad a votar, ya que uno de esos fines de semana fue la elección presidencial en su país, le dijeron que no la iban a dejar pasar si no anunciaba por el megáfono que votaría por Macri y si no gritaba “Evo cabrón, Linera maricón”. A la segunda semana del paro se les ocurrió hacer una cadena humana por el segundo anillo. Cuando paseaba en bicicleta con mi esposa, un hombre le pidió que bajara y se les uniera, ya que como iban a sacar una foto, precisaban de gente como ella. Textualmente dijo: “Como vos sos choca, tendrías que salir en la foto”. El término hace referencia al color de la piel, pues mi esposa desciende de italianos, y les pareció que sería ideal que fuera parte de la imagen que querían mostrar al mundo. Esa era la Santa Cruz que los representaba.

Una amiga, colega en la universidad donde trabajo, comparó la situación con el experimento de la cárcel de Stanford, donde se concedieron ciertos poderes a civiles y esto provocó el autoritarismo y los abusos. Un paro cívico, para estar legitimado, debería ser opcional, nadie debería obligarte a no trabajar. En el de Santa Cruz se actuó por mandato y amedrentamiento, aunque esto no signifique que varios de los supervisores de los controles se dirigieran de forma respetuosa a la gente que intentaba circular. En esos días, ser cruceño implicaba defender los intereses de ciertos sectores muy específicos, si no estabas bloqueando en la esquina de tu casa, eras un masista. Imperó el estado de vigilancia, control y sospecha. Ese grado extremo de polarización, alentado por el fervor regionalista, marcó el tono de los discursos.

Dos fueron las consignas más sonadas: se luchaba para que Bolivia no se convirtiera en Venezuela y para liberarnos. Nadie hacía referencia a que en Chile había protestas diarias que dejaban un reguero de muerte y destrucción, y que esa era una crisis ocasionada por los estragos de un sistema neoliberal sin control que acá se romantizaba. Es difícil entender en qué consistía la segunda de esas consignas, el pedido de liberación, ya que en los últimos 14 años vivimos una bonanza económica. Algunos datos que abarcan de 2006 hasta 2018: la tasa de analfabetismo era del 13% y se redujo al 2,4%. La desocupación era del 9,2% y pasó al 4,1%. La pobreza moderada descendió del 60,6% al 34,6%. La pobreza extrema pasó del 38,2% al 15,2%. El PIB de Bolivia antes era de 10,092 miles de millones de dólares y alcanzó 35,524. El PIB per cápita pasó de 1.086 dólares a 3.305 dólares. El salario mínimo aumentó de 62 dólares mensuales a 300.

El crecimiento de la ciudad nunca fue tan incendiario. Hace 15 años solo había dos edificios que superaban el décimo piso. Ahora salís al balcón de tu departamento y ves el skyline imponiéndose en la llanura grigotana. Las franquicias como Starbucks, KFC, Friday’s y una media docena de otras aparecieron en la ciudad en los últimos años, porque, si hablamos con honestidad, el gobierno de Evo Morales tuvo algunas políticas de izquierda, pero su pulsión fue liberal. En ese sentido, las corporaciones prosperaron con más plenitud que en cualquiera de los gobiernos de Sánchez de Lozada o de Hugo Banzer. La gran crisis de los incendios en la Chiquitania se debió a ese mismo principio, la sed capitalista por la expansión. A nadie se le tocó su propiedad privada, unos de los tabús que inquietaba el sueño de la gente desde que Venezuela apareció como la gran distopía latinoamericana.

Representación simbólica

Ese pedido de liberación en un periodo de abundancia me lleva a pensar en lo duro que debió ser para buena parte de la clase media y alta cruceña ser liderados por un indio, a pesar de los beneficios que esto les ocasionó. La crisis, más que monetaria, fue del orden de la representación simbólica y se remonta a los orígenes del más recalcitrante racismo. El concepto de ideología manejado por el filósofo marxista Louis Althusser quizás me ayude a explicar lo que sucede en Santa Cruz. Para este teórico francés la ideología alude no tanto a las creencias, sino a las relaciones inconscientes y afectivas con el mundo, a los modos prerreflexivos con los que vivimos determinadas situaciones sociales. A mi entender, eso sería lo que mejor explicaría ese pedido de liberación que fue un lugar común en las consignas durante los días de desobediencia civil y que, en muchos casos, no iba acorde a los intereses de las distintas clases que se reunían en los pies de la estatua de El Cristo para escuchar los enardecidos discursos de Camacho y sentirse sólidos, fuertes y hermanados en la lucha.

Las revueltas proliferaron en distintas ciudades y locaciones de Bolivia, vinieron acompañadas de incidentes como la quema de las oficinas regionales del Tribunal Supremo Electoral. El 25 de octubre se determinó que el MAS había ganado las elecciones, lo que motivó a la OEA, a la Unión Europea y a Estados Unidos a pedir el balotaje. En los primeros días de noviembre la cosa ardía, Camacho exigía la renuncia de Morales e instaba al Ejército a que se uniera al pueblo. Escribió una carta de renuncia y fue a La Paz para que Evo la firmara. Por su parte, María Galindo, líder de la agrupación feminista Mujeres Creando, redactó su propia carta y se la llevó a Camacho, pero este, al igual que Evo, no se dignó a recibirla. Ese fue el circo en el que se consumieron los últimos días del MAS en el poder.

El país se desmoronaba, tres personas murieron en las manifestaciones. La Policía se amotinó y, unos días más tarde, el Ejército sugirió la renuncia. Jeanine Añez asumió como presidenta interina de la nación una vez que Evo y Linera buscaron el exilio en México, puso la Biblia en el palacio y dio el estacazo final al sueño de un Estado laico. El conflicto se intensificó en El Alto y en Sacaba. Hasta el momento son 24 los muertos.

El tejido social boliviano está fracturado. Las relaciones personales, por un trasfondo ideológico, se resquebrajaron a un nivel que me cuesta pensar que pueda haber reconciliación. Hay un clima irrespirable y paranoico, los militares tuvieron carta blanca para reprimir sin consecuencias hasta que el 29 de noviembre la presidenta interina revocó el decreto que los eximía de responsabilidades para poder agilizar las nuevas elecciones. La nueva ministra de Comunicación amenazó a los periodistas con acusarlos de sedición, lo que tuvo un efecto notable en la forma en que los medios llevan a cabo la cobertura de los hechos.

Algunos celebran la caída de Evo Morales, mientras que otros la viven con luto, y esa incapacidad de encontrar un punto intermedio es lo que nos está destrozando. El Movimiento al Socialismo cometió una serie de gruesos errores que condicionaron la situación en la que nos encontramos, pero lo cierto es que uno de sus principales aciertos fue el posicionamiento del otro en el centro, su desplazamiento de la marginalidad. El indio dejó de estar en la periferia. ¿Qué va a pasar ahora? ¿Qué va a suceder con el imaginario que construimos en estos 14 años si ya se les empieza a catalogar como hordas que invaden las calles? ¿Qué acontecerá con ese proyecto de interculturalidad con el que nació el Proceso de Cambio? Más allá de cuánto se haya desvirtuado, más allá de las justas críticas que merecía el proyecto de Morales, el vacío que deja resulta abrumador, destella irracionalidad, amargura y miedo, y la incertidumbre en la que nos sumió es agobiante. El nuestro, parafraseando el título de la novela de Jesús Urzagasti, se está convirtiendo en el país del silencio.

  *Este artículo está publicado en el número de enero de tintaLibre. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí.aquí

Las calles nuevamente, en 'tintaLibre'

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