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Otra vez la lluvia

Ryan Gosling en una imagen promocional.

Ramón Reboiras

En 1982, España todavía no soñaba con ovejas eléctricas. Era demasiado difícil pronosticar el futuro de la raza ibérica cuando la Guardia Civil había tomado al asalto el Congreso de los Diputados un año antes, era demasiado caótico para nuestra salud mental mezclar el cyberpunk que llamaba a la puerta con el naranjito del Mundial de fútbol que se celebró aquí. Resultaba demasiado provocador, tal vez, hablar de 2019 cuando todavía temblaban los cimientos de una democracia recién estrenada y se trataban de domesticar demonios todavía activos, por mucho que Radio Futura anunciara la llegada de un futuro halagüeño. A pesar de todo, Blade Runner fue un vaticinio premonitorio no sólo para el cine (la película no obtuvo demasiada consideración por parte de la crítica, pero los videoclubes ejercieron de biblioteca para su imparable difusión), si no para el mundo de que algo del tiempo futuro nos concernía, nos arrastraba e incluso nos dolía.

Por fin la ciencia-ficción aterrizaba entre los terrícolas con una imaginación que parecía arrancada del diván psicoanalítico de una humanidad de carne y hueso y no de los misteriosos ovnis de las presuntas civilizaciones de fuera de la galaxia. Philip K. Dick, el extravagante californiano, había conseguido conjugar dos temores profundos en una sola parábola: el indescifrable futuro tecnológico y el despiadado horizonte que aguardaba a la especie.

Demasiado humano

El paisaje, pues, no era el más adecuado para que un bladerunner de Los Ángeles llamado Rick Deckard (Harrison Ford empuñaba aquí otro tipo de pistola distinta a la de Han Solo, quizás con más convicción que en la saga galáctica) persiguiera replicantes por los cielos del área metropolitana y nos liberara de esa amenaza para el futuro de la especie humana que encarnaban esos seres “más humanos que los humanos”, seres liberados por virtud de la ingeniería genética de todo asomo de emociones, sentimientos, y, por tanto, de culpas.

Hay una moral compleja en Blade RunnerBlade Runner, algo que lo hace irresistible, una especie de santidad corrupta, una cruzada engañosa contra los límites de las propias facultades humanas, una resistencia a la caída al mismo tiempo que una tentadora recaída. Si estéticamente supone una mezcla entre el mundo de Raymond Chandler y la Metrópolis soñada por Fritz Lang, entre la estética cómic de Metal Hurlant y la soledad crepuscular de Edward Hopper, su filosofía es la de una pesadilla que ocurrió hace miles de años en la galaxia y volverá a suceder en un futuro próximo: ¿Tiene la raza humana derecho a la felicidad y a las lágrimas? ¿No es mejor empezar de cero y borrar todo tipo de archivos emocionales de nuestras vidas? ¿En realidad no hemos estado enamorados siempre de un robot que responde a nuestros deseos?

Lo que en aquellos años parecía un cuento de pirados afectos al LSD sería sólo cuatro décadas más tarde un paisaje bastante frecuente en el imaginario popular: un territorio en el que pueden caber al mismo tiempo los milagros de Steve Jobs, los de Ellon Musk, los de Mark Zuckerberg o los de la medicina en su imparable (y muy secreto) avance hacia la definitiva era de la manipulación genética.

Algo se está cociendo en esos laboratorios de lo que no tenemos ni idea. Nos hablan de leucemia y asentimos, de arroz resistente a las plagas y asentimos, pero hay algo más que no podemos imaginar desde fuera, estamos excluidos del gran experimento.

Sueño o pesadilla

Dick había concebido todo esto a la manera de un filósofo griego radicado en la Bahía de San Francisco. Sus fantasías eran tan reales, la crudeza de sus vaticinios tan verosímil que sólo necesitaba una alianza con el cine para convertirse en un Platón de nuestro tiempo.

Philip K. Dick fallecía unos cuatro meses antes del estreno de la película de Ridley Scott. Nunca supimos bien si el filme que iba a universalizar su mundo y popularizar su obra, sacándolo del venerable gueto de la ciencia-ficción, fue de su agrado. Tampoco sabemos si lo que Dick imaginó para el todavía lejano 2019 estaría de acuerdo con su propio plan.

Este 6 de octubre se estrena en todo el mundo Blade Runner 2049 (los productores parecen jugar con fechas bastante asequibles para el futuro de los millennials mientras otros hacemos cábalas sobre nuestro pasaporte genético) y vuelve a caer sobre los espectadores más mitómanos la misma lluvia ácida de 1982. Aquella película fue una llamada poderosa no tanto a imaginar un futuro lleno de transformers y efectos especiales, de jedis y superhéroes, si no de la propia identidad de la raza humana suplantada desde los poderosos laboratorios genéticos por una nueva raza que resolvería sin demasiados problemas, y de un plumazo, conflictos humanos como la producción, la guerra o el amor. Todo muy al gusto de Philip K. Dick, un hombre más dotado para poner sobre el tapete grandes cuestiones filosóficas que engendros de la mente robótica, un hombre con los pies sobre la Tierra.

Por lo que hemos podido ver en esta nueva secuela confiada al talento del director canadiense Denis Villeneuve, magnífico instigador de otros mundos como demostró en Arrival (La llegada), el nudo de la cuestión sigue siendo cómo esta humanidad puede reencarnarse en una nueva raza tan difícil de diferenciar como algunas copias perfectas de una pintura antigua. ¡Y ya hay coleccionistas que sueñan con copias perfectas más que con originales inalcanzables! Cada vez más. No podemos desvelar mucho más acerca de este nuevo parto cinematográfico (literalmente).

Todavía en vísperas de 2019, primera frontera establecida por Dick en su relato visionario, no hemos visto volar las naves sobre nuestras cabezas, ni llover hologramas eróticos sobre nuestras plazas, todavía reconocemos los sabores de lo que comemos, conservamos recuerdos de nuestros amoríos, todavía somos androides y descendientes del hombre que vivió en Atapuerca hace casi nada. La parábola del tiempo, para bien y para mal, es una malla tan poderosa que nos enfrenta a un dilema: no sabemos bien si el futuro es el tiempo de los sueños o de las pesadillas, de la utopía o de la distopía, pero estamos seguros de que una humanidad sin memoria ni recuerdos formaría un mundo inhabitable, controlado por poderosos laboratorios que sembrarán una nueva semilla artificial, una copia más real que lo que realmen te somos.

Ese es el miedo que vuelve a transmitir Blade Runner. Y no es poco.

*Este artículo está publicado en el número de octubre de tintaLibre, a la venta en quioscos. Si eres socio de infoLibre puedes consultar toda la revista haciendo clic aquí.aquí

 

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