Maleta de libros

'Bullshit': contra la charlatanería

Portada de Bullshit

Jevin West | Carl T. Bergstrom

Buscando ayudar al lector a obtener información veraz, los profesores de la Universidad de Washington desvelan en Bullshit (Capitan Swing) algunas claves para combatir las fake news. En tiempos en los que la desinformación está a la orden del día, Carl Bergstrom, biólogo, y Jevin West, científico de la información, quieren ayudar el lector de cualquier corriente política a no dejarse llevar por el engaño y de esta forma mantener una democracia más sana en la que sus votantes sepan ver a través de la manipulación que los rodea. infoLibre adelanta un fragmento del libro que sale a la venta el 6 de septiembre:

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Si en 1990 nos hubieran dicho que en 2010 la mayoría de la gente del planeta llevaría un aparato del tamaño de una cartera con el que sería posible consultar al instante cualquier dato —un "teléfono inteligente"—, podríamos haber pensado que eso sería el fin del bullshit. ¿Cómo puedes engañar a alguien que puede verificar tus afirmaciones de forma fácil, inmediata y sin coste alguno?

El caso es que, por lo visto, la gente no usa los teléfonos inteligentes con esa finalidad. En lugar de ello, estos dispositivos se han convertido en un vehículo más para difundir el bullshit. La parte positiva de esta actitud es que podemos tener una conversación decente en una cena sin que nuestros argumentos sean verificados una treintena de veces. La parte negativa es que el bullshit sigue en gran medida siendo incontestable.

La tecnología no ha eliminado nuestro problema con el bullshit, sino que lo ha empeorado. En este capítulo vamos a explorar cómo ha podido suceder esto. Para decirlo de una forma resumida, el auge de Internet ha cambiado el tipo de información que se genera, la forma en que se comparte esa información y el modo en que encontramos la información que queremos. La revolución de Internet ha traído muchas cosas buenas, pero también ha supuesto muchas desventajas. Los contenidos cursis y banales han superado a los contenidos serios, profundos y reflexivos. La cobertura informativa es cada vez más sesgada. Los datos erróneos, la desinformación y las noticias falsas abundan cada vez más. Abordaremos estas cuestiones a continuación.

El burdel de los libros impresos

Iluso de aquel que espere poder detener la revolución tecnológica en el ámbito de la información. Sacerdote y escriba, Filippo de Strata vivió una revolución tecnológica comparable a la nuestra. En 1474, se quejaba de los daños que estaba ocasionando la invención de la imprenta. De Strata argumentaba que los impresores "imprimen descaradamente, a un precio insignificante, un material que puede, por desgracia, inflamar a los jóvenes impresionables, mientras que un verdadero escritor se muere de hambre…". Al reducirse de forma tremendamente drástica el coste de manufacturación de un libro, la imprenta estaba abocada, en consecuencia, a reducir el valor y la autoridad del texto impreso. Cuando cada libro tenía que ser escrito y copiado a mano, solo la realeza y el clero podían encargar a un escriba con experiencia como De Strata la elaboración de una copia de un libro. El alto coste que suponía contratar a un copista servía de filtro para el tipo de información que se consideraba merecedora de ser plasmada en papel. En la época había poca demanda de libros que sirvieran solo como entretenimiento; la mayoría de los libros nuevos eran copias de la Biblia y de otros textos de gran valor. Pero el advenimiento de la imprenta abrió un aliviadero a través del cual los contenidos menos serios podían inundar el mercado. Filippo de Strata mostró públicamente su preocupación de que lo que él llamaba "el burdel de la imprenta" llevara a los lectores a un entretenimiento barato y lascivo, incluso a las obras de Ovidio. Pero, en privado, estaba más obsesionado por su propia seguridad laboral que por el perjuicio que la imprenta podía ocasionar a la moralidad. A otros les preocupaba que la proliferación de contenidos banales oscureciera la información importante. Los pioneros de la catalogación del conocimiento humano, como Conrad Gessner en el siglo xvi o Adrien Baillet en el xvii, advirtieron de que la imprenta traería consigo un estancamiento en la erudición, ya que los lectores se verían sobrepasados por la cantidad de opciones de estudio posibles. Pero estaban equivocados. Visto con la perspectiva de unos siglos, tras la revolución de Gutenberg, podemos afirmar que la imprenta trajo mucho más de bueno que de malo. Este invento, más tarde sumado a la fundación de bibliotecas públicas, democratizó el mundo de la palabra escrita. En el año 1500 el escritor alemán Sebastian Brant describió este cambio:

En nuestra época [...] los libros han aparecido en cantidades copiosas. Un libro que antes hubiera pertenecido solo a alguien adinerado —mejor dicho, solo a un rey— ahora puede leerse bajo un techo modesto. [...] No hay nada hoy en día que nuestros hijos [...] no puedan saber.

Sin embargo, Filippo de Strata estaba en lo cierto cuando decía que si el coste de compartir información desciende de forma llamativa, se producen cambios tanto en la naturaleza de la información disponible como en las formas en que la gente interactúa con dicha información.

Aproximadamente quinientos años después de que Filippo de Strata hiciera sonar la alarma sobre la imprenta, el sociólogo Neil Postman se hizo eco de un sentimiento parecido:

La invención de nuevos y variados tipos de comunicación ha dado voz y audiencia a mucha gente, cuyas opiniones, de otra forma, no hubieran sido solicitadas, y que, en realidad, tienen poco más que decir que su opinión de mierda sobre las cuestiones de interés público.

Si quisiéramos poner en tela de juicio todos los blogs, los foros de Internet y las plataformas de las redes sociales, no podríamos haberlo dicho mejor. Pero Postman no se refería a las redes sociales, ni siquiera a Internet. Él realizó esta declaración hace medio siglo. En una conferencia de 1969, se lamentaba de la programación de ínfima calidad en televisión, de los artículos faltos de sentido en periódicos y revistas, y de la inanidad general de los medios de comunicación.

Este tipo de infoentretenimiento, sostenía, distrae a los consumidores de la información que realmente importa, y la distracción en sí misma puede ser una forma de desinformación. Si la religión es el opio de las masas, Gran Hermano y La isla de las tentaciones son el equivalente mediático a los botes de aerosol de los cuales las masas inhalan gases tóxicos de pintura metálica.

Desde la conferencia de Postman, hemos vivido otra revolución. Internet ha cambiado la forma en que generamos, compartimos y consumimos información. Ha alterado la forma en que investigamos, aprendemos sobre los acontecimientos de la actualidad, interactuamos con nuestros colegas, nos entretenernos e incluso pensamos. ¿Pero por qué Internet también ha desencadenado una pandemia de bullshit de una proporción sin precedentes?

Empecemos por echar un vistazo a lo que se publica. A lo largo de la década de 1980, para que un texto fuera publicado era necesario invertir dinero, bastante dinero. La composición tipográfica era cara, imprimir requería importantes gastos generales y la distribución implicaba hacer llegar el papel físico a los lectores. Hoy en día, cualquier persona con un ordenador personal y una conexión a Internet puede producir documentos de aspecto profesional y distribuirlos por todo el mundo sin coste alguno. Y puede hacerlo tranquilamente desde casa y en pijama.

Esa es la promesa democratizadora de Internet: un sinfín de nuevas voces en una conversación globalizada. Los miembros de los grupos marginados, que anteriormente podrían haber carecido del capital social y financiero para publicar y dar a conocer su trabajo, pueden ahora hacer que sus historias sean oídas. Al mismo tiempo, la nueva tecnología captura la larga ristra de intereses y crea comunidades alrededor de ellos, incluso aunque se trate de la más rara de las obsesiones. ¿Quieres construir tu propio sistema de análisis de la calidad del aire? ¿Quieres estudiar los dibujos animados de Scooby Doo desde la perspectiva de la teoría crítica? ¿Te apetece aprender los complejos juegos de dados con los que pasan el tiempo los personajes de los Cuentos de Canterbury? Internet te proporciona todo eso y mucho más.

Esta democratización tiene también un lado oscuro. Con la ayuda de la propagación viral a través de las redes sociales, los escritos de un aficionado pueden llegar a un público tan amplio como el de un periodista profesional. Sin embargo, la diferencia en la calidad de la información que se emite puede ser inmensa. Un típico usuario de Internet carece de formación periodística, por no hablar del incentivo que supone para un especialista el hecho de informar con precisión. Podemos acceder a más cantidad de información de la que nunca antes habíamos dispuesto, pero esa información es menos fiable que nunca.

Antes de que existiera Internet, los medios de comunicación llenaban nuestras salas de estar con voces desde la lejanía, pero esas voces nos eran familiares. Escuchábamos a Ed Murrow; leíamos en el periódico las palabras de un columnista que conocíamos; veíamos a Walter Cronkite, "el hombre que despertaba más confianza de América"; y nos sumergíamos en los mundos ficticios creados por autores famosos. En la era actual de las redes sociales, nuestros amigos nos avasallan con la última empalagosa tontería de sus medias naranjas, nos envían instantáneas bien en marcaditas de sus brunches —solo con productos orgánicos km 0, claro— y nos bombardean hasta la saciedad con los fastidiosos alardes deportivos, artísticos o académicos de sus retoños. Pero nuestros hogares también están llenos de voces de desconocidos —a menudo desconocidos anónimos— cuyas opiniones nuestros amigos han considerado oportuno compartir con nosotros. No conocemos a estas personas. Y lo que escriben rara vez está redactado con el cuidado y la precisión que esperaríamos de un medio de comunicación comercial. Además, sabemos que algunos de esos "autores" son agentes humanos a sueldo o programas de ordenador que difunden desinformación en nombre de intereses corporativos o de potencias extranjeras.

Antes, cuando las noticias nos llegaban con cuentagotas, podíamos realizar una criba efectiva de esa información. Pero hoy nos enfrentamos a una avalancha. Mientras estamos escribiendo este capítulo, ambos tenemos varias ventanas del navegador abiertas. Cada una de esas ventanas tiene aproximadamente diez pestañas activas, y cada una de ellas contiene una noticia, un artículo de revista, una entrada de blog u otra fuente de información que pretendemos revisitar pero que nunca lo haremos. Las historias y los chismes corren a través de nuestras redes sociales más deprisa de lo que nos da tiempo a rastrear, incluso si dedicáramos las 24 horas solo a eso. Hay tal volumen de información y está tan poco filtrada que nos encontramos como el aprendiz de brujo: abruma dos, agotados y sin ganas de luchar contra un torrente que fluye con más rapidez cada hora que pasa.

'Razones públicas'

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