Nos faltan herramientas de control democrático: ¿Quién lo ha dicho? ¿Dónde lo habéis visto o leído? Verónica López Sabater
A la vista de los acontecimientos, podríamos concluir que la especie humana es violenta por naturaleza. Esto, que parece una afirmación muy evidente si tenemos en cuenta la escalada bélica en el mundo y el afán conquistador y de dominio de los intereses del presidente de Estados Unidos, no debería mantenerse como una verdad irrefutable, como un dogma de fe.
Caeríamos en un error si nos planteáramos que es imposible modificar el comportamiento de las sociedades, de la respuesta a las ambiciones, de la contestación mediante la violencia, aun a pesar de los focos de acción bélica que se extienden por el mundo.
Pero si observamos de cerca los movimientos a favor de la paz frente a los del odio, podremos suponer que no hay un camino de esperanza, un espacio para el optimismo que puede llegar a concluir con un armisticio permanente, con la función social de los grupos humanos que tenga más que ver con un comportamiento pacificador que con una acción de guerra.
Cuando los neandertales convivieron con los sapiens, la evolución de unos y otros caminó por senderos diferentes. Los primeros, mucho más proclives a una violencia física, al estímulo de la fuerza física, fueron perdiendo eficacia en el contexto de los segundos, que utilizaban algo tan interesante como la comunicación como argamasa de su comportamiento. Los que se comunicaban tendían a formar grupos humanos que contribuían al mejor funcionamiento de la tribu, la comunicación les proveía de fuerza para afrontar dificultades, para asimilar conflictos y deshacer entuertos. Mientras que los primeros atribuían a la fuerza bruta todo el peso de su evolución, los segundos hablaban para entenderse, o tratar de hacerlo.
Esta herramienta, mucho más poderosa que una flecha a tenor de los acontecimientos, provocó la preponderancia del grupo de los sapiens, frente a unos neandertales que fueron desapareciendo a medida que el mundo evolucionó hacia la comunicación y el lenguaje, hacia la comprensión y la empatía.
Estamos en un momento profundamente individualista, agarrados a la evolución desde postulados de conquista y asimilación de territorios, desde el aprovechamiento de las materias primas para beneficio propio
Esa y no otra debería ser la fuerza que moviera a las civilizaciones, el contexto en el que los poderosos estuvieran más cómodos, aplicando el lenguaje, el entendimiento, como armamento para la acción; y, con él, el respeto por el otro y por su derecho a la existencia.
Permítanme hacer una reinterpretación filosófica:
La voz de Nietzsche proclamando “Dios ha muerto” venía a dotarnos del nuevo contexto ante la desaparición de los valores reglamentados por la espiritualidad, ante la fuerza del nihilismo, pero también ante la aparición de un ser humano desprovisto de los amarres que esta situación dejaba en el nuevo contexto social, desprovisto, fundamentalmente, de la moral. La aparición del Superhombre llevaba aparejada, en una interpretación más ajustada, el egoísmo, el despotismo, la astucia para el enfrentamiento, el rechazo al otro. El Superhombre era, por tanto, gasolina para la afirmación de la individualidad y la desaparición de cualquier contexto moral que apresara sus intenciones.
Estamos en un momento profundamente individualista, agarrados a la evolución desde postulados de conquista y asimilación de territorios, desde el aprovechamiento de las materias primas para beneficio propio; estamos, sin duda, manejando una parte de nosotros que tiene más que ver con neandertales que con sapiens, y lo estamos haciendo con la pérdida de la capacidad de comunicarnos y, por consiguiente, con un proceso rápido de desaparición de los juicios morales.
El “Dios ha muerto” nietzscheano, no está ahora para absolver al ser humano en el concurso de lo dogmático, en la fuerza de la moral cristiana, sino para descarrilar al individuo en el más preocupante proceso de individualismo que trae consigo una negación de la moral civil, de la empatía, del reconocimiento y la cercanía al otro, un proceso construido con la naturaleza de los neandertales, sin tener en cuenta que las civilizaciones han llegado hasta aquí por haber entendido que su supervivencia está más cerca de proclamarse desde la actitud del sapiens, con la comunicación como herramienta, con el lenguaje como fuerza.
Observemos de cerca el comportamiento de los poderosos en su afán de conquista. ¿De dónde penden sus propósitos?, ¿desde qué moral se evalúan?
Quizá estemos en un punto de inflexión que provoque la desaparición y el exterminio del homo sapiens a favor del homo bellicus, sean estos quienes sean.
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Javier Lorenzo Candel es poeta.
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