Juegos de guerra

Somos unos perdedores. Lo ha dicho Trump —que es un mentiroso— pero razón no le falta. Los americanos la emprenden a misilazos contra los ayatolás y el resto del universo apechuga. Al compás de los pepinazos, los paniaguados del Pentágono entonan su dulce melodía: si los barbudos del turbante no respetan los derechos humanos… habrá que matarlos. Ah, qué bien quedan en el currículo las atrocidades que son cometidas en el buen nombre de la paz.

En nuestro cotolengo particular, el grupo mayoritario del parlamento milita en los intereses de una potencia extranjera. Señor presidente, ¡póngaselo fácil a los yanquis! Me pregunto si Feijóo, según su reverenciosa costumbre, informó a la Casa Blanca antes de poner el tuit. La gente sensata, la que piensa en el aceite, el jamón y el vino (¿quién quiere un país pudiendo tener la Marca España?) pide que se recalifiquen terrenos para construir aeródromos. Americanos, ¡os repostamos con alegría!

Tristemente, la geopolítica cambió de compás: después de setecientos editoriales acusando al pérfido Sánchez de excéntrico y gamberro, va Meloni (ultra de reputación intachable) y también da calabazas a los bombarderos. Los aguerridos comentaristas no se achantan y buscan, desesperados, un renuncio. Mirad, hemos mandado una fragata para proteger a los chipriotas. ¡Falsario! ¡Raticulín! ¡Sánchez va de pacifista, pero es el mismísimo Gengis Kan!

Al compás de los pepinazos, los paniaguados del Pentágono entonan su dulce melodía: si los barbudos del turbante no respetan los derechos humanos… habrá que matarlos

Ignorando el ardoroso debate nacional, el barril de crudo enfila los cien dólares y el gas rompe el gráfico. Las gasolineras aceptan como contante lingotes y vísceras menores y en los supermercados aseguran que las mandarinas han obrado el milagro: se encarecen ellas solitas, sin moverse un milímetro del lineal. El trigo viene de Kiev, el aceite de Teherán y las guildas de Abu Dabi. ¿Reservas? Ignoto sustantivo. Tras capear las últimas crisis, el señor Mercadona declara beneficios récord. "Claro que hemos subido los precios", si no, ¿cómo íbamos a forrarnos? El emolumento ha sido tan grosero que el fulano ha tenido que repartir aguinaldo entre los asalariados.

Cuando todo sube, no hay lobo que no levante las orejas. El otro día me encontré con el casero. "Tendremos que hablar de la renovación, porque están los precios carísimos". Maquinaciones de la mano invisible, oiga. Para no perder puntada, planea subidas moderadas a todos sus inquilinos. Quedarse quieto no es opción. "La gente está pidiendo burradas por los pisos", me cuentan. En abstracto. Seres sin rostro. Hojas de Excel. Ojalá el partido derechoso que apoya interesadamente al Gobierno no hubiese contribuido a dinamitar el escudo social, ¿eh?

No nos angustiemos: como dicen los cretinos, una crisis es una oportunidad, aunque sea para aprender algo. Yo he descubierto que hay quien viaja voluntariamente hasta los Emiratos. Sin que los destierren ni nada, conste. "El Gobierno español no nos rescata". Sapristi, los impuestos que me negué a pagar no sirven de nada. Tanta fe depositada en el Bitcoin y en los coaches de clembuterol y lamborgini para acabar suplicándole al señor Albares. Leo, como alivio entre tanta desgracia, que los amables sátrapas del petrodólar han exigido a sus asilados (refugiados de la presión fiscal insoportable) que borren cuanto bombardeo hayan subido a las redes, no sea que espanten al turismo. Los libertarios escogen fatal sus trincheras.

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