Un PP que traga con todo Pilar Portero
En los vientos de la crispación, los gritos y las descalificaciones políticas, me gusta celebrar los libros como una forma de rebeldía. Uno va cumpliendo años, piensa en su vida, mueve sus recuerdos y comprende que las agitaciones espectaculares han sido menos decisivas en mi historia personal que el hecho discreto de sentarme en una butaca junto a una ventana o de encender la luz en una mesita de noche para leer un libro. Las páginas abiertas son un mapa del viaje en el que queremos conquistar nuestra libertad. En los libros se vive con los ojos abiertos, caminamos por las palabras de la vida para llegar a encontrarnos con nosotros mismos.
Merece la pena descubrir que la rebeldía más profunda tiene poco que ver con las indignaciones inmediatas o los discursos prefabricados para tener impactos sin que el corazón y la inteligencia tengan un tiempo necesario de meditación. La lectura es, en primer lugar, un deseo de tiempo propio, un modo de convivir con los relojes y de negarse a la servidumbre de las prisas, las agitaciones que nos obligan a olvidarnos de nosotros mismos. Leer las palabras escritas por otros es una buena forma de escucharnos, de entender la vida que nos envuelve, de formarse una idea propia de lo que sentimos al vivir historias de amor o compromisos políticos o sillas y mesas laborales. Buscamos en el callejero de las ilusiones y la obligación aquello que sostiene nuestra verdad.
Si queremos no ser esclavos de autores interesados en jugar con nosotros, conviene que aprendamos a habitar las palabras desde nuestras propias conciencias
Así que los libros son una casa dentro de la casa, en el vagón de un tren, en el asiento de un avión o en las versiones ordenadas e inabarcables del mundo que suponen las librerías y las bibliotecas. El tiempo de conocerse es inseparable del deseo de saber lo que somos, de pensar lo que vamos a decir antes de decir lo que pensamos. Un modo de tomarse en serio la libertad, porque la libertad tiene poco que ver con la posibilidad de hacer lo primero que se nos ocurra como si fuésemos cebras asustadas o fieras salvajes en medio de la selva. La libertad supone el derecho a decidir desde nuestra propia conciencia, siendo dueños de nuestras ideas, con la capacidad de conocer los contextos, las realidades históricas y las consecuencias de lo decidido. Somos un relato, con planteamientos, nudos y desenlaces. Si queremos no ser esclavos de autores interesados en jugar con nosotros, conviene que aprendamos a habitar las palabras desde nuestras propias conciencias.
Yo me acostumbré a vivir en la lectura durante unos años de transformación de la vida española que deseaba encontrar la libertad borrada por los años de la dictadura. Leer suponía ser rebelde ante las costumbres heredadas y las ideas que determinaban los sentimientos, el amor, el deseo, los derechos y los deberes, las fronteras de la propia identidad. Encontrar tiempo para la propia meditación era también una manera de reencontrarse con el tiempo, de buscar el pasado literario que había intentado borrarse con ejecuciones, destierros y olvidos, de afirmar el derecho a ser dueños de un presente capaz de imaginar posibilidades distintas para el futuro. La rebeldía necesitó abrir un libro para tener la vida y el tiempo entre las manos.
Quizá sea útil, en las costumbres que se viven ahora, volver a reivindicar los libros y la lectura como una forma de rebeldía. El autoritarismo encuentra nuevas formas de dominio, dinámicas que llegan a influir en los rincones más íntimos de nuestros domicilios, nuestras opiniones y nuestros sentimientos. Aprender a pensar lo que vamos a decir y comprender el relato de lo que sentimos es el mejor modo de hacernos dueños de nuestro destino, de ser rebeldes ante lo decidido. Contar con nosotros debería ser comprometerse con lo mejor para nuestro bienestar, no preparar las estrategias para movernos como marionetas.
Tiempo mío. Por eso celebro los libros como una forma de rebeldía.
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