La abuela Angelita

Se había dejado un armarito con lecturas preparadas. Si le gustaba un artículo, arrancaba la página y lo echaba al montón. "Así, cuando no pueda salir de la cama, no desperdiciaré el tiempo con tonterías". El plan era ingenioso, pero no contábamos con la demencia, que es enemiga de la lectura.

El domingo por la mañana murió la abuela Angelita, heredera de un imperio invisible. Su madre recitaba de memoria el estadillo de las fincas que habíamos perdido, trastada a cuenta de un matrimonio poco provechoso. Fue sobrina de un conde inverosímil, hija de un zapatero remendón y nieta de una señora corajuda y benigna, que le espantaba los pretendientes dando cerrojazos y dejando caer macetas. Todos ellos, como fantasmas amables, vinieron a acompañarla durante sus últimos años.

Era devota de la virgen de Fátima y aficionada al bacalao. Compraba el ABC para maldecir a Antonio Burgos (luego la tomó con De Prada); jamás cambió de periódico, no por ideología (ella era de Felipe) sino por la grapa. Le gustaba robar esquejes, la copla, el café denso, las piedrecitas y las conchas, los cacharros de cerámica, las películas de los hermanos Marx y la sidra del Gaitero. Detestaba el verano y las matemáticas. Dejó el colegio para ganarse el jornal cosiendo al gusto de los señoritos y perteneció a esa generación semiescolarizada cuyos hijos lograron ser funcionarios. La casa donde vivieron la construyó mi abuelo.

Me regaló mi primer poemario (el Romancero gitano, edición de Cátedra) una vez que me dejaron a su cuidado. Me dijo que ese hombre escribía muy bien y que lo habían matado en la guerra. Yo tendría seis años, pero recuerdo que al dármelo chapurreó que "el río Guadalquivir va entre naranjos y olivos; los dos ríos de Granada bajan de la nieve al trigo". Siempre alentó mis inquietudes literarias. El día que me licencié me acompañó a la facultad porque quería escucharme, ya que mis compañeros me habían encomendado el discurso de colofón. "Yo no he entendido lo que has dicho, pero hay que ver lo bien que habla mi niño". La primera vez que me publicaron en papel (lo del digital nunca terminó de creérselo) cogió el suplemento con tanto entusiasmo que pensó que yo lo había escrito entero. "Mamá, el artículo de tu nieto está en la página 54". "Ay, con razón decía: hay que ver lo parecido que escribe el niño a Pérez-Reverte".

Desde que la enterramos vengo preguntándome si escribirle un obituario: mi columna es de chascarrillos y no quiero importunar a nadie. Al final me he animado, aunque solo sea por dejar su nombre en la hemeroteca, donde compita con el de los poderosos y les gane

Toda su vida perseveró en la alegría. "Cada vez estoy más vieja, más fea y más chica; coñe, ¿además quieres que llore?" Tuvo el don de la indulgencia y la virtud de la esperanza. Llenó su casa con flores y estampas; y todos los que se sentaron a su mesa —que fueron muchos— se levantaron al filo del empacho. Reía con la cara iluminada y las carcajadas hacían que se le moviese la barriga. Unos días antes de que todo se precipitase, mi padre me envió un vídeo en el que se la ve cantando Y sin embargo te quiero al modo de la Piquer. "Es bonito, ¿verdad?", pregunta al terminar. Mucho, abuela.

Desde que la enterramos vengo preguntándome si escribirle un obituario: mi columna es de chascarrillos y no quiero importunar a nadie. Al final me he animado, aunque solo sea por dejar su nombre en la hemeroteca, donde compita con el de los poderosos y les gane. Que nadie rechiste, o se levantará el sepulcro y se defenderá a capones.

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