Cuba en la diana imperialista de Trump Jesús A. Núñez Villaverde
Si no fuera por su insistencia en dejar claro que América “pertenece” a Estados Unidos, hasta podría sonar rancio un titular como el que figura más arriba. Pero es el propio Donald Trump, tanto con su reciente Estrategia Nacional de Seguridad (ENS, diciembre de 2025) como en su actuación en Venezuela y sus frecuentes declaraciones sobre Canadá, Groenlandia, Nicaragua, México y Cuba, el que más hace por actualizar el término imperialista, sin olvidar que Vladmir Putin hace lo propio en relación con Ucrania y Xi Jinping con Taiwán.
Cuba parece ahora el próximo objetivo trumpista en línea con lo que determina la citada ENS: reservarse el control de todo el continente americano, eliminando la presencia de actores externos que puedan cuestionar el dominio estadounidense (es decir, China y Rusia) y echar abajo a aquellos actores locales que puedan servir como instrumentos de actores externos. Un plan que en algunos casos echa mano de la ayuda económica (sirva como ejemplo la oferta de 40.000 millones de dólares a Argentina si los votantes respaldaban a Javier Milei en las elecciones legislativas del pasado octubre), mientras que en otros emplea la imposición de aranceles (como hizo con Brasil para castigar a Lula da Silva por la persecución judicial contra el expresidente Jair Bolsonaro), llegando al empleo de la fuerza cuando lo considera necesario (como ocurrió en Venezuela con el secuestro de su presidente a principios de enero).
En el caso de Cuba la estrategia de ahogo ya ha logrado que el propio régimen cubano reconozca que ha agotado sus reservas energéticas de combustible, sin las cuales, obviamente, el país está abocado a una parálisis completa. A ese punto se ha llegado tanto por las propias deficiencias de un sistema que hace tiempo está inmerso en una profunda crisis sistémica, incapaz de cubrir sus propias necesidades, como por la decisión estadounidense de cerrar la vía del suministro procedente de Venezuela y de México. La presión de Trump también ha dejado al descubierto la falta de voluntad de Moscú por responder adecuadamente a las desesperadas llamadas de La Habana, buscando alguna ayuda para resistir el acoso y derribo desarrollado por Washington.
A partir de ahí, con un régimen sin alternativas realistas a mano, ante una población harta de sufrir tantas carencias durante un periodo tan prolongado, se abre un proceso que apunta en varias direcciones. Por una parte, resulta muy improbable que EEUU opte por hacer valer su fuerza militar para provocar la caída del régimen. A pesar de la abrumadora superioridad en ese terreno, la experiencia acumulada por Washington en sus recientes aventuras militaristas hace poco recomendable implicarse en un nuevo conflicto en el que se puede ver nuevamente empantanado. Es evidente que Cuba no tiene capacidad para resistir una embestida en toda regla, pero también lo es que cualquier invasión que implique el uso de tropas terrestres puede llevar a escenarios en los que el prurito nacionalista contra el invasor puede acabar arruinando lo que aparentemente parece un “paseo militar”.
Parecería que en Cuba, como en Venezuela, no se busca un cambio de régimen sino un cambio de caras, con interlocutores que acepten la subordinación a Washington
De ahí que lo más probable es que Trump busque algún tipo de acuerdo negociado. Una vez que ha colocado al régimen en una situación insostenible, en la que no puede contentar mínimamente a su población y no puede esperar que nadie se la vaya a jugar por Cuba, tan solo le queda pactar algún arreglo, tratando de aparentar que no se trata de una capitulación en toda regla. En esa dirección apunta tanto la sucesión de noticias que señalan a Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como El Cangrejo, nieto del expresidente cubano Raúl Castro, como el interlocutor principal con Washington, como el publicitado encuentro en la capital cubana del director de la CIA, John Ratcliffe, con el ministro del Interior, Lázaro Álvarez Casas, y el jefe de los servicios de inteligencia.
La sensación dominante es que Washington busca entenderse con los principales representantes de la familia Castro, más que con el presidente Miguel Díaz-Canel, y con los pesos pesados del conglomerado militar Grupo de Administración Empresarial de las Fuerzas Armadas (GAESA), que es quien controla los principales activos nacionales. Parecería que, a semejanza de lo ocurrido en Venezuela, no se busca tanto un cambio de régimen como un simple cambio de caras, con nuevos interlocutores que acepten la subordinación a Washington, al tiempo que logran mantener los privilegios de los que han gozado hasta ahora en un país tan castigado tanto por el embargo estadounidense, como por sus propios errores. Y si el precio a pagar es el abandono de la retórica revolucionaria e incluso la entrega de personajes como el propio Raúl Castro, todo da a entender que quienes ahora se muestran dispuestos a entenderse con Trump y los suyos están preparados para dar el paso.
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Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).
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