La cocaína del pueblo Miguel Lorente Acosta
Este año el movimiento fundado por Kiko Argüello en las chabolas de Palomeras Altas cumple 60 años. Nació en 1964, en pleno Concilio Vaticano II, y esa coincidencia no es menor: el aggiornamento impulsaba a una Iglesia que debía salir a encontrar al mundo, y Kiko lo tomó en su sentido más literal, bajando a vivir entre los pobres de Madrid con una intuición que sigue siendo válida: que la fe se vive en comunidad, que el bautismo es una conversión permanente y no un trámite de infancia, que los últimos tienen algo que enseñarle a la Iglesia. En el corazón de esa intuición había algo todavía más radical: que el otro (cualquier otro, el más descartado, el más invisible) lleva en sí el rostro de Cristo. Esa experiencia de otredad sagrada fue el punto de partida. Sobre ella se ha construido uno de los movimientos católicos más influyentes del mundo, con presencia en más de 120 países y decenas de miles de comunidades. En un tiempo que produce soledad a escala industrial, el Camino sabe hacer comunidad real: sus miembros comparten dinero, tiempo, duelo, y se acompañan en lo cotidiano con una consistencia que muchas organizaciones políticas envidiarían.
Pero 60 años también dan para un examen de conciencia. Y el Camino, que tanto nos los pedían a nosotros en los escrutinios, merece que alguien se lo pida con el mismo cariño con que él lo pedía.
Crecí en el Camino Neocatecumenal, hijo de catequistas, corresponsable de comunidad desde los 16 años. Lo digo porque importa: lo que viene a continuación no lo escribo desde fuera, sino desde el conocimiento de quien ha estado dentro, de conocer otros testimonios, y desde el cariño de quien sabe lo que el Camino puede dar y lo que puede costar.
El problema central no es teológico sino político, y tiene una forma reconocible. Los investigadores que estudian la retórica ultraconservadora en el ámbito religioso describen un mecanismo preciso: la construcción de un enemigo difuso, suficientemente amplio para absorber miedos distintos y articular a personas dispersas en torno a una misma amenaza (Junqueira, 2018; Blázquez-Rodríguez, Cornejo Valle y Pichardo-Galán, 2018). En el Camino ese papel lo cumple la llamada “ideología de género”. Bajo ese paraguas caben el feminismo, los derechos LGTBI, la educación laica, el aborto…
60 años dan para un examen de conciencia. Y el Camino, que tanto nos los pedían a nosotros en los escrutinios, merece que alguien se lo pida con el mismo cariño con que él lo pedía
Los discursos se producen en las catequesis, en los pasos, en las convivencias, y tienen una estructura fija: sencillos, moralmente cargados, fáciles de reproducir. “Trampas del demonio”, “cultura de la muerte”, “autodestrucción de la persona”... Lo que emerge es una mentalidad binaria: nosotros y el mundo, la fe y la ideología, los que caminan y los que están perdidos. Aquí es donde aparece la primera tensión con aquella intuición fundacional: cuando el otro deja de ser Cristo y pasa a ser amenaza, algo esencial del Camino se pierde.
Las consecuencias políticas son visibles. Sus miembros participan en manifestaciones contra el matrimonio igualitario y se movilizan electoralmente de manera coherente con esa cosmovisión. El Camino Neocatecumenal figura, junto al Opus Dei o grupos como Hazte Oír, entre los actores del activismo católico ultraconservador en España (i Martí, 2022). Muchos de sus miembros lo viven únicamente como fidelidad religiosa. Eso no cambia lo que es.
Pero hay una dimensión que los análisis políticos suelen dejar fuera, y que para mí es importante, entre otras: lo que le ocurre a las personas LGTBI que crecen dentro del Camino. No es un perfil marginal. Las familias neocatecumenales son habitualmente numerosas, y la probabilidad estadística hace el resto. Estas personas se enfrentan a una contradicción que no es intelectual sino existencial: la comunidad que les ha dado identidad, afecto, sentido de pertenencia y marcos para entender el mundo es la misma que les enseña que lo que son representa una amenaza a la esencia humana.
El Camino nos enseñó que en el rostro del otro está Cristo. Esa intuición fundacional opera en dos direcciones: la comunidad debería ver a Cristo en quien tiene delante, y cada persona debería poder encontrar a Cristo en la comunidad que la rodea. Para las personas LGTB que crecen dentro, las dos direcciones se cierran a la vez: la comunidad no las ve como portadoras de ese rostro, y ellas tampoco pueden encontrarlo en quienes les enseñan que su sexualidad es desordenada.
El mecanismo de adaptación más frecuente es el secreto, vivir una doble vida para no perder una red afectiva que en muchos casos incluye a toda la familia. Quienes no pueden sostenerse en ese secreto se van, o los van empujando centrifugamente sin que nadie los expulse formalmente. Es el resultado predecible de una pedagogía que durante años enseña a estas personas que son un error.
El Camino nos ha enseñado que el kerigma es una llamada a la conversión, que siempre se puede nacer de nuevo, que el hombre viejo puede dejar paso al hombre nuevo. Es su propia doctrina. Y la doctrina de la otredad que Kiko encontró en Palomeras no tiene límite: no hay un tipo de otro que quede fuera. El pobre de las chabolas y la persona que la comunidad hoy llama amenaza son, desde esa lógica, la misma categoría. En su 60 aniversario, el Camino tiene una oportunidad de tomarse en serio su propio punto de partida: reconocer que hay personas que han sufrido estos discursos (incluso influenciando la visión sobre esta cuestión a hermanos de la comunidad no LGTB) y que tienen consecuencias reales sobre vidas reales, que la comunidad que sabe acompañar el duelo y compartir los bienes materiales puede también aprender a no reproducir dinámicas sobre los suyos por vivir en coherencia a quienes son.
“El otro es Cristo”, experimentó Kiko en las barracas. Si eso significa algo, tiene que significar también esto.
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Curro Sánchez Herrera es sociólogo y trabajador social.
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