‘Si pudiera, te daría una patada’, perturbador retrato de la maternidad con una brutal Rose Byrne

Rose Byrne en 'Si pudiera, te daría una patada'.

El cine de terror elevado empezó con una depresión posparto. No dejaba de tener sentido, pues a fin de cuentas se ha leído mucho Frankenstein en los últimos años como una obra que gira en torno a este tema —el monstruo como un hijo no querido—, y pocas cosas más fundacionales hay para el terror en todas sus vertientes que la novela de Mary Shelley. Lo decisivo de Babadook, dirigida por la australiana Jennifer Kent y estrenada a principios de 2014 —pocos meses antes de que It follows también reclamase la condición de punto de partida para el elevated horror— era su intuición para destilar el género dentro de un énfasis temático o psicológico.

La noción de terror elevado es, por supuesto, una idiotez. Lo demostró la misma Frankenstein en el siglo XIX. La etiqueta que tanto manejó la crítica hace unos años implicaba que hay un terror que desprecia el esfuerzo de solo querer dar miedo, como si el miedo pudiera sostenerse de algún modo en el vacío. Como si el miedo pudiera dar miedo en sí mismo, y no emanara siempre de alguna cuestión social que atara a los individuos entre sí. Pero cuando una etiqueta idiota se populariza es inútil cuestionar la vagueza de lo que vende. Pues crea tendencia, hay seguimiento industrial. Y ya que antes de todo estuvo Babadook, es inevitable percibir sus particularidades como cimientos.

Babadook convertía el extrañamiento de una madre hacia su hijo en una historia de terror, acudiendo el susodicho Babadook a exorcizar estos sentimientos de culpa y rechazo. Lo hacía con solemnidad y con una cierta preocupación estética siendo estas energías —antes que el tema en sí— las que iban a prosperar. Hoy el terror elevado está totalmente desaparecido. Ari Aster se dedica a la comedia, Robert Eggers prefiere hacer remakes, y la escuela de Jordan Peele es capaz de rendir en sus propios términos. La misma Kent no ha vuelto al género aunque los hermanos Philippou (que trabajaron en el rodaje de Babadook) están dando mucho que hablar desde Australia con un cine de terror serio a la vez que tan personal que nadie quiere volver a usar la etiqueta.

Aún así, las energías convocadas hace más de diez años siguen fluyendo. Incluso en sitios tan inesperados como lo que llamaremos la gentrificación mumblecore. Mumblecore es otro término que se inventó la crítica —cómo nos gusta hacer estas cosas— para referirse a un cine independiente estadounidense de los 2000 definido por su desaliño, su fijación urbanita y lo poco que vocalizaban los intérpretes (de ahí el mumble, balbuceo). No es que este cine llegara a tener mucho pábulo internacional, pero las diversas mutaciones y progresos que atravesó el estilo de sus miembros sí lo ha tenido. De ahí ha salido la pareja de Greta Gerwig y Noah Baumbach, y la de Ronald y Mary Bronstein. Estos últimos, presentes en la actual carrera de premios porque él coescribe Marty Supreme con Josh Safdie, y ella escribe y dirige Si pudiera, te daría una patada.

Balbuceos terroríficos

Marty Supreme y Si pudiera, te daría una patada tejen una panorámica donde el recuerdo del mumblecore se ha transformado en aquello que siempre soñó: cine de autor distintivo y vigoroso, capaz de retener una comercialidad que vaya más allá de poder enseñarle el corto a los amiguetes. Ambas son películas distribuidas por A24 —marca ideal para seducir a la cinefilia actual que incluso parece preocuparse de que todas sus producciones compartan una textura parecida—, y ambas son posibles cumbres de un viraje en el cine independiente de EEUU donde se vislumbran planteamientos personalísimos a la vez que referencias identificables.

No cabría sostener con firmeza que Bronstein se haya inspirado en Babadook para hacer Si pudiera, te daría una patada. Al fin y al cabo hablamos de algo tan universal —y tan representado en la ficción con títulos variados estilo Tenemos que hablar de Kevin, Tully, Salve María en España o la recentísima Die My Love— como es la maternidad. Y al mismo tiempo, ¿qué hay más específico que la maternidad? El hecho de que sea una experiencia que apela globalmente no implica que sus abordajes por parte de la ficción no puedan ser extremadamente variados. Si nos acordamos de Babadook es porque Bronstein, simplemente, ha manejado el terror entre sus ingredientes.

Casi, parece, porque no le ha quedado otra. Lo que sucede es que Bronstein, a la hora de desarrollar un guion tan preocupado por la subjetividad de su madre protagonista, se ha topado con que el terror es un elemento inamovible. Ha partido del vecino cine de los hermanos Safdie —tan dado a los diálogos frenéticos y a personajes límite que no dejan de pifiarla—, ha contado entre sus activos con la vis cómica de Rose Byrne —actriz monumental que, como suele pasar con la mayoría de los intérpretes asiduos a la comedia, ha resultado tener un talento natural para el drama—, y aún así no le ha quedado otra que cultivar el terror. Porque ser madre en este mundo heteropatriarcal, antes que cualquier cosa, da miedo. Bien lo sabía Kent. Bien lo sabía Shelley.

Así que Bronstein, de forma muy hábil, ha forzado un poco la máquina. Frente al demonio de cuento de Babadook, el elemento terrorífico de Si pudiera, te daría una patada resulta de la combinación de la reforma que necesita urgentemente la casa de la protagonista con la enfermedad que aqueja a su hija y provoca que solo pueda alimentarse a través de una sonda. La abertura en el techo doméstico se confunde con la que su hija tiene en el abdomen, donde cada noche el personaje de Byrne ha de incrustar pacientemente el tubo. Ya hablaríamos de un body horror potentísimo solo con estos ingredientes. Solo que además madre e hija están solas (el marido/padre está ausente y no ayuda en nada desde la distancia) y han de alojarse en un motel inhóspito mientras duran las obras.

La puesta en escena está interesada en introducirnos en el estresado cerebro de la protagonista, y en que a sus ojos cada nuevo percance suene amplificado como una broma cósmica. El guion carga igualmente las tintas: no solo incorporando a un antipático psicólogo que encarna Conan O’Brien y desdeña comunicarse con su paciente, sino estableciendo que esta misma también es psicóloga. Y sufre el asedio de otra paciente que también es madre y que también, como ella, no puede más. Un reflejo deformado tan capaz de ser gracioso como de lo contrario. Y así con todo.

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A Si pudiera, te daría una patada se le puede reprochar que a veces es demasiado. Rose Byrne no puede pasarlo peor y el guion se enreda en un cúmulo de desdichas bastante reiterativas, colindantes con una crueldad que seguramente tenga mucho de catártico para Bronstein por razones personales, pero que a veces mueve a que la propuesta se empantane. Al mismo tiempo, la película es lo bastante sofisticada como para dejar que le guíen aciertos como la propia interpretación de Byrne —un tour de force que nos remite igualmente a Jennifer Lawrence en Die My Love, solo que aquí con más cálculo—, en conjunto a la audacia y solidez con la que resisten otros ingredientes.

Porque el terror funciona fenomenal. El terror combinado con una comedia negrísima —hay una secuencia, en la que van a comprar una mascota, que se despoja de toda intelectualidad para ser solo gamberra al estilo hermanos Farrelly… y es apoteósica—, y enderezando los posibles lugares comunes del film hacia extremos de gran virtuosismo escénico. Extremos donde la sombra del terror elevado permanece en forma de saludable ambición de trascendencia, donde lo cateto de la etiqueta se dignifica a sí mismo por permitir que el sufrimiento de Byrne recale en imágenes tan nutritivas y tan nuevas. Y es que es lo que tiene la maternidad que explora la cinta: que la hemos visto antes, pero algo tan enorme e importante necesita más imágenes.

Imágenes que no son solo de terror o comedia existencial. Son también imágenes que ansían cercanía —qué gran idea la de ocultar el rostro de la hija de Byrne para que solo podamos escuchar su voz como si saliera directamente de la cabeza de la protagonista—, imágenes de afecto. La película no es la obra definitiva sobre la maternidad, aunque coquetea con serlo en unos minutos finales donde Bronstein afloja el exceso de sus formas para hallar una síntesis mucho más efectiva. Cuando se encuentra a solas con esa mujer, en una playa, y su lamento se confunde con el oleaje impertérrito. El interlocutor más oportuno posible para una tragedia que no puede sino agotarse a sí misma porque la espolean, en dosis equivalentes, la rabia y el amor.

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