Un poeta isla
Arcén (poesía reunida) - Pedro López Lara
Editorial Renacimiento. Colección Calle del Aire. Sevilla, 2025
Pedro López Lara (Madrid, 1963), doctor en Filología Hispánica, poeta y articulista, compila su producción lírica en Arcén (Poesía Reunida), un volumen de hermosa edición que aglutina dieciséis poemarios, desde Dársena (2022) hasta Epílogo (2025). Quien contemple este paisaje verbal tan fecundo entenderá de inmediato que las fechas de publicación no coinciden con las de escritura. El autor cultiva la poesía desde hace muchos años, aunque los manuscritos hayan guardado silencio hasta aflorar al sol de la lectura con la ascensión incontenible que apuntala al poeta isla.
Siempre parece el método más acorde para transitar el taller de autor el orden organizativo que dicta la voluntad creadora. La breve nota de apertura indica dos premisas relevantes: Arcén reúne la versión definitiva de la obra, lo que justifica la supresión de algunos poemas publicados y las modificaciones formales de otros; en segundo lugar, la trayectoria de libros se realiza con criterios conceptuales; no obedece al momento de composición de los textos. Naturalmente esos parámetros dictan la tarea de descubrir los pasos desde la amanecida hasta el presente para constatar su evolución y las previsibles mutaciones estacionales. De este modo, el libro Dársena funcionaría como puerta de entrada.
Los primeros poemas recogidos optan por la mirada plural; pero en ellos predomina la brevedad y el tono reflexivo, ya sea para argumentar una poética: “Solo arde el poema / cuando el último verso se acuerda de todo.” O para conceder al pensamiento la solemnidad del aforismo: “El aire no consiente / su tránsito a la flecha”. El poemario acoge una dicción limpia, que alienta el propósito comunicativo del lenguaje en su empeño de ser memorial de los días y obstinada “acreditación del vacío”. La composición homónima “Arcén” apunta una inclinación metaliteraria que conecta el ser de las palabras y el caminar indeciso del yo poético, siempre proclive a la capitulación de certezas y al empeño frustrado de habitar el futuro.
Muestrario comienza a andar con el conciso preámbulo de “Enloquecidas”; es una invitación a la palabra y al empeño de vencer vicisitudes y desvaríos. Marcadas por el transitar, las voces son cruces y encuentros, sobrantes del vivir que guardan un esplendor mezquino y habitan huéspedes imprevistos. En ellas se refugian emociones y sentimientos, estampas y personajes. Incluso la hostilidad del mal sueño o el enunciado aleatorio de pesadillas que roen por dentro. Al filo del poema surge un arte poética, una intención escrita con pulso firme que enciende brasas en la espera.
Destiempo también preserva los rasgos enunciados hasta aquí: poemas breves, precisión aforística, trama diversa y fuerza reflexiva en la resolución, como si se buscase lo esencial, esa ilusión de quien guarda la llama o comparte un interludio sentimental. La memoria malherida se hace recuerdo y nostalgia, habita los ocasos. Está varada en un laberinto de especulaciones.
Museo apunta a ser una galería de asuntos dedicada al cine y sus protagonistas y secundarios, con títulos del canon que abren una fuerte conexión con el espectador. Recuperan instantes precisos de la pantalla grande o el primer plano de una reflexión ética. El libro se completa con una segunda parte dedicada a la pintura, con un selecto catálogo de cuadros que concentra contenidos de soledad y silencio, de interpretaciones que invoca la memoria. Completa el triángulo argumental la literatura. En ella se yuxtaponen cantos a personajes, memoriosas presencias del canon y otros pretextos narrativos. Son ejemplos de sentimientos esenciales que emergen del pasado para asentarse en la conciencia del ahora.
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El periplo poético de Pedro López Lara guarda una sólida coherencia interna. Hasta los últimos frutos —Trapecio, Expiación, Escolios y Epílogo— no hay rupturas. Los procedimientos formales se repiten, también se mantiene la sensibilidad enunciativa del poema. Los asuntos retornan. De este modo, Iconos abre de nuevo la mirada a la pantalla grande y activa una concluyente filmografía. Y hace lo mismo con la pintura, viajando con gozo, por las salas del Museo del Prado y con la literatura y su voluntad de representación del universo y del yo. El sujeto lírico no descansa. Se hace dueño de una singladura de rescate y reconocimiento. En ese despliegue se activa la memoria y el regazo sentimental, los reflejos de una biografía hecha escritura y testimonio, expediente íntimo.
Resulta inevitable, en un devenir tan poblado de títulos, que el conjunto dibuje un friso multiforme, donde encajen las mutaciones del ideario estético. Cuando el poeta reflexiona sobre su creación advierte que en su voz no hay sentir elegíaco. No se canta lo que se pierde sino el compromiso de la palabra con el tiempo, la voz que fluye coetánea a los hechos, no para diseminar jugosos anecdotarios biográficos, sino para extraer imágenes y sugerencias conceptuales. Mas allá del rescate culturalista, tan habitual en muchos poemas de Pedro López Lara, está la conciencia del discurrir, la indagación meditativa e insistente sobre la vida al paso, sobre los rasgos de una realidad, subjetiva y especular, que encuentra en la escritura su razón de ser.
*José Luis Morante es escritor y crítico literario. Su último libro es Viajeros sedentarios (La Garúa, 2025).