Incesantes Elena Garro y María Luisa Bombal
Autoras de una escritura inagotable, la mexicana Elena Garro (1916-1998) y la chilena María Luisa Bombal (1910-1980) continúan ocupando las mesas de novedades con ediciones que confirman la vigencia de su obra: en el primer caso, la novela breve Inés, publicada por primera vez en nuestro país (Espinas, 2025), y la reedición de Memorias de España 1937 (Bamba, 2025), ambas con introducción de Patricia Rosas Lopátegui; en el segundo, los extractos de entrevistas recogidos en Escribir como nace la tierra (Bamba, 2025, edición y prólogo de Natacha Oyarzún). Las dos tienen además mucho en común: una escritura de alta temperatura estética que se mueve en la frontera de lo alucinatorio y una biografía turbulenta que condicionó el alejamiento de su patria, una vida nómada y el final hundimiento en la pobreza y la soledad.
En el caso de Garro, tras un silencio que duró décadas —hasta hace pocos años era imposible encontrar en librerías su obra maestra, Los recuerdos del porvenir—, sus páginas parecen haber encontrado en los últimos tiempos el lugar que les corresponde. Atrás ha quedado el remolino de anécdotas y ruidos que la acompañaron desde muy temprano, cuando abandonó universidad y familia para casarse con Octavio Paz —su padre quería encerrarla en un convento—, y se convirtió luego en enemiga acérrima de ese poeta que, según la autora afirmaba, la maltrató a ella y a su hija común, y que interceptó su carrera literaria, incluso después de su divorcio en 1959, condenándola al silencio, la miseria y el olvido.
Los testimonios nos demuestran que tanto Garro como Paz tuvieron personalidades fuertes y vivieron en conflicto permanente; ella se presentaba como “agrarista guadalupana”, y a él lo veía como un burgués contradictorio y aliado con las estructuras del poder en México. Aunque también parece constar que Paz la ayudó a publicar en 1963, en la editorial Joaquín Mortiz, la novela Los recuerdos del porvenir, con la que Garro consiguió el prestigioso Premio Xavier Villaurrutia. Y en la que falsamente algunos vieron la fundación del “realismo mágico” (mucho antes estuvieron Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier, por ejemplo), cuando su verdadera audacia fue desacralizar la revolución mexicana, señalando a los generales traidores y su maltrato a las mujeres y a los campesinos. También es audaz su alteración mágica del tiempo, un homenaje, como el título de la obra, a las propuestas de Carpentier (quien antes nombró como Los recuerdos del porvenir una taberna de su novela Los pasos perdidos, y que hizo notables experimentos con el tejido del tiempo real y el mítico).
En su obra, Elena Garro amparó a los indígenas —se crio cerca de ellos, en Guerrero—, y se posicionó contra la corrupción y los intelectuales torremarfileños. Fue espiada por la CIA, y acusada de instigadora y delatora en relación con la matanza de Tlatelolco —así como de estar en un complot contra el gobierno—; ella lo negó todo, pero no se libró de verse abocada a un doloroso rechazo social y a un destino errante: Nueva York, París y Madrid fueron las escalas de su autoexilio antes del regreso definitivo a México, en los años previos a su muerte.
Memorias de España 1937 es una singular crónica de la experiencia de Elena Garro en su viaje con Octavio Paz al Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura que tuvo lugar en Valencia ese año, donde ella ofrece una mirada vívida de la miseria y el hambre, la sangre derramada, las situaciones absurdas o escalofriantes, y la relación con algunas figuras fundamentales de nuestras letras que allí se encontraban —como Miguel Hernández, Luis Cernuda, León Felipe, Pablo Neruda, César Vallejo o Rafael Alberti—.
Garro ya vivió en su infancia la guerra cristera en México, y su inmersión en la guerra civil española la llevó a reflexiones desconcertantes que se situaban entre la ácida denuncia de la violencia y la mordacidad ante los sinsentidos de los que fue testigo. El libro lo escribió mucho después de esos sucesos, en 1978, y a instancias de Enrique Tierno Galván, quien apoyó a esa escritora errante, que no hallaba un lugar de calma entre la maledicencia tejida contra ella, la larga sombra de Octavio Paz y las dificultades económicas. Fue publicada fragmentariamente en Informaciones, Litoral, Nueva Estafeta y Cuadernos Hispanoamericanos, y la conversión de esos fragmentos en libro, en 1992, auspiciada por el dramaturgo mexicano Emilio Carballido —al que ella llamó “mi Divina Providencia”— propició su venta a la Editorial Siglo XXI y un importante desahogo económico para su autora.
En el periplo recogido en el relato, que incluye estancias en Madrid, Barcelona, Valencia y París, Garro cuestiona la hybris desatada, y a menudo sin norte, desde una ironía descarnada, a veces displicente, y señala a los mexicanos que dicen alistarse en la guerra civil solo por matar gachupines, sin importarles el bando al que pertenezcan. Comenta igualmente que no le gusta el Guernica, ni la catedral de Gaudí —“las zanahorias y coliflores de sus torres me parecieron un Walt Disney de mal gusto y lo dije”— y detalla sus tempranas fricciones con Paz, por entonces afín al comunismo, que la trata como pequeñoburguesa majadera.
En ese paisaje con figuras podemos encontrar al tímido Luis Cernuda, con el que a Elena le gusta conversar en la playa —“con su bañador azul y su toalla blanca estaba ya tan dorado como una linterna japonesa”—, y entre sus amigos está también Manuel Altolaguirre —“poeta angelical”, “no lo olvidaré nunca esa mañana caminando a pasos muy cortos a pesar de su gran estatura y con las puntas de los pies ligeramente hacia adentro, lo que le daba un encanto infantil”—. También nos encontramos con Robert Capa y “su aire suicida”, el buen humor de Nicolás Guillén, la amistad de la “pitonisa” María Zambrano, la extrema delgadez de Carpentier o el carácter alegre y expansivo de Juan Chabás. No faltan las referencias a la Ciudad Universitaria destrozada por las bombas, y a la caza de brujas contra los miembros del POUM.
Sin empacho, Garro se autorretrata —o autocaricaturiza— como burguesa frívola y caprichosa, empeñada a veces en banalidades como conseguir una cajetilla de tabaco, una muñeca rusa o una capa española. De Pablo Neruda nos dice que “era muy bueno”, aunque hace comentarios contradictorios sobre su relación con la guerrilla literaria; de Miguel Hernández destaca su “voz de bajo profundo” y “sus ojos claros llenos de un asombro melancólico”; sobre León Felipe afirma que “era casi imposible no estar con ese hombre mayor, de hermoso rostro y maneras y frases de profeta”. De fondo están la miseria, el miedo, la sangre y los espectáculos atroces de heridos, enfermos y amputados.
El sarcasmo es la estrategia elegida para referirse a su entorno: “Los intelectuales eran tan misteriosos que me habían hundido en la confusión. No eran claros como Cervantes o como Pepe Bergamín que hacía frases brillantes, o Cernuda que permanecía plácido en la playa, o Miguel Hernández que hablaba de Josefina. Los demás eran personajes raros y hablaban un idioma inconexo y siempre tenían un secreto que guardar”.
También de interés es su novela Inés, que supone una suerte de exorcismo de una obsesión autobiográfica: la experiencia vivida en París en los sesenta, cuando Garro (en la novela, Paula) y su hija Helena (proyectada en Irene, no se olvide que uno de los nombres de Octavio Paz es Ireneo) malviven en la pobreza mientras él disfruta de un palacete, entregado a una vida frívola que comparte con sus acaudalados y extravagantes amigos y su amante Gina. Se trata de una novela sobre la abyección, y Garro la publicó tardíamente (1995) por miedo a su exmarido (fallecido en 1998), al que le atribuye maltrato físico, psicológico y económico hacia ella y hacia su hija común (“el padre le propinaba puntapiés en todo el cuerpo y la arrastraba de los cabellos hasta la puerta de salida”).
En esa casona, donde se reúne una alta burguesía latinoamericana ociosa y siniestra, trabaja una joven empleada española —la Inés del título—, recién salida de un convento de huérfanas, y que será víctima de sus desmanes y orgías. Pronto se convertirá en una esclava sin voluntad, sometida a los caprichos y crueldades de sus amos. No comprende el porqué de los gritos que escucha, el olor “a quemado y a materias descompuestas”, las sábanas desgarradas, los extraños ritos de esa gente. En su proceso de catábasis, de descenso a un infierno sin fondo y sin salida, la joven pugna por volver a su país, pero tiene bloqueado el regreso, mientras todo son blasfemias y obscenidades, velas negras y cenizas, cuerpos desnudos y maltratados, drogas alucinógenas y botellas rotas. Las vejaciones hacia ella y hacia la hija y exesposa del protagonista hacen de la novela un túnel sobrecogedor, esperpéntico y sangriento, dominado por el horror y la sordidez.
En cuanto a la segunda autora mencionada, María Luisa Bombal, la recopilación de sus pensamientos recogida bajo el título Escribir como nace la tierra es una grata invitación a volver a sus páginas. Al contrario que en el caso de Garro, la potencia literaria de Bombal fue reconocida desde la primera hora, pero no se ha insistido bastante en su condición de antecedente de la obra maestra de Juan Rulfo y en su papel fundacional de toda una genealogía de textos latinoamericanos donde las fronteras entre vivos y muertos están borradas.
Dotada de una sensibilidad privilegiada, Bombal dejó pronto de lado su dedicación al violín y a la interpretación escénica para dedicarse en cuerpo y alma a la literatura, y de su personalidad magnética brotaron tempranamente prosas que se debatían entre la poesía y el sueño, la magia y el panteísmo, en medio de una atmósfera encantatoria. Su biografía controvertida, como la de Garro, la condenó al lugar de los malditos, aunque por motivos diferentes: su andadura vital la llevó durante una década a París —donde estudió Letras en la Sorbona, y se vio influida por Knut Hansum y también el surrealismo— y a su regreso se reencontró con su gran amor imposible, Eulogio Sánchez, por el que se quiso matar —también Garro cayó en tentaciones suicidas—. Bombal acabó refugiándose en Buenos Aires, acogida por su amigo Pablo Neruda —y su mujer de entonces, María Antonieta Hagenaar—: se conocían desde la infancia y él la adoraba —la llamaba mangosta y abeja de fuego, y fue posiblemente la destinataria de su enigmática “Oda con un lamento”—. Ambos escribieron juntos en la cocina del poeta, en la calle Corrientes, algunas de sus páginas más míticas: él, de su Residencia, y ella, de La última niebla.
En ese Buenos Aires efervescente estableció Bombal amistad con Victoria Ocampo y en especial con Jorge Luis Borges, que le dedicó una profética reseña a La amortajada como libro “que no olvidará nunca nuestra América”. Después, de regreso a Chile y aún enferma de los nervios, se reencontró con Eulogio y le descerrajó tres tiros sin llegar a matarlo; él no la denunció, y del juicio que se le hizo resultó absuelta, tras declarar que le disparó porque “como mujer no podía pegarle”. Luego se entregó al alcohol y se alejó de Chile por décadas, perseguida siempre por sus viejos fantasmas. En Estados Unidos intentó rehacer su vida, pero ya todo será nostalgia, hundimiento, sequía creativa y malestar en un país donde nunca se integró: “El ambiente literario de Estados Unidos es un avispero de ignorancia y maldad, con desdén por todo lo latinoamericano”.
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Los fragmentos de este libro suponen destellos iluminadores sobre el perfil humano y literario de Bombal, y nos invitan a volver a sus atmósferas neblinosas y sensuales, a su diálogo panteísta con la muerte, a su papel como adelantada del ecofeminismo; a ese cosmos suyo en perpetua germinación, habitado por mujeres inconformes que se plantan frente a una sociedad que les exige encierro, dependencia, sumisión; a las páginas de una escritora agostada por su circunstancia adversa, pero que en unos pocos años —de mediados de los treinta a mediados de los cuarenta— produjo obras clásicas e imprescindibles como La última niebla, o La amortajada, que inaugura la novela chilena contemporánea con su deslumbrante monólogo interior.
Tanto María Luisa Bombal como Elena Garro fueron adelantadas de este tiempo nuestro, donde al fin las escritoras pueden hallar un camino posible, lejos de la invisibilización o el biografismo enfermizo que antes imperaban. Las dos fueron creadoras de singular talento que combatieron por una libertad negada, desafiaron las normas y preceptos y reivindicaron la libertad de su cuerpo y de su pensamiento. Heterodoxas y outsiders, suponen eslabones fundamentales en la gran historia de nuestras letras.
* Selena Millares es escritora, sus últimos libros son Lámpara de madrugada y Matrioska. De próxima aparición, la novela Al calor de tu nombre en Plaza & Janés (Penguin).