Caminar y mirar al cielo
Devoción por las costumbres de los pájaros - Mario Campaña
Editorial Dilema. Madrid. 2025
Un largo poema, "Extraña esta pasión de la mente inarmónica…", inaugura Devoción por las costumbres de los pájaros, de Mario Campaña (Guayaquil, Ecuador, 1959). Esta pieza evocativa y demorada contiene muchos de los rasgos que caracterizan al libro. Sutil pero reconociblemente vallejiano, el poema desgrana un viaje por la memoria y, al mismo tiempo, por su realidad presente: dos espacios que se entrecruzan y fecundan, y en cuya perturbadora simbiosis respira el poeta. Aunque, en realidad, no son solo dos espacios, sino muchos. Los planos de la dicción, de la imaginación y del juicio son múltiples, tanto en esta composición como en las demás del poemario: los planos —metapoético, existencial, político, biográfico— se intersectan con voluntad germinativa. Los recuerdos de la familia y de la niñez, del lugar en el que se vivió, de los paisajes y las disputas que se contemplaron, perviven en la conciencia e impregnan de una ácida melancolía los versos: «Cuánto tiempo alcanzar ansiábamos/ esas laderas, Madre, esos montes/ vertiginosos,/ inventados,/ en las incesantes vías lácteas./ Estaciones inesperadas./ Bravos vecinos de la aurora», leemos hacia el final del poema.
En esos recuerdos, no obstante, late siempre la herida de la separación: "¿El infierno es un exilio, Poeta?/ ¿O el exilio es un infierno?" La ruptura con lo otro que nos define, con lo íntimo que acarreamos a despecho de las cosas, está siempre presente en este libro dolorido. Pero "Extraña esta pasión de la mente inarmónica…" no es solo una exploración de la memoria —y, por lo tanto, del yo—, sino también un abordaje cósmico, la expresión del asombro ante los fulgores y oscuridades de un mundo airado y casi siempre incomprensible. Las imágenes irracionales hilvanan este tapiz turbulento, en el que la identidad propia —una subjetividad discernible— trata de abrirse paso por entre un magma de esperanzas y padecimientos, y que se anuda, a veces, en pasajes violentos, pero de una perturbadora belleza: "Nosotros, (…)/ Flancos de la guerra de exterminio./ Un pájaro se descompone en mi bolsillo./ Ni la quilla ni la prosa gobernamos./ Ni el poema ni la vida. Una daga sin luz nos indispone./ Impares rastros de la furia,/ cifras de un destino balbuceante".
Esa misma violencia vuelve poliédrica y contradictoria la figura de la madre, una figura personal, pero también un símbolo del destino, y acaso de la naturaleza, siempre escrita en mayúscula en el poemario, que concentra, por un lado, los fogonazos de la dulzura y, por otro, los arrebatos del desprecio, fruto del desengaño o el abandono: "Mi devoción/ por las costumbres de los pájaros me salva/ de tus lluvias negras, Madre,/ Reina de los vientos ululantes. // (…) Madre,/ ¡depón ya tu infamia!" La invectiva concluye con este verso resonante: "¡Sí! Ramera Reina Madre, ¡escandalízate ahora!".
Los recuerdos siguen alimentando los poemas. En los que siguen a "Extraña esta pasión de la mente inarmónica…", Campaña canta un pasado de visos míticos, pero también atormentado. El yo lírico rememora los años vividos en los caminos, "sonámbulo bajo las nubes", siempre en busca del difícil acomodo del yo a una realidad hostil. A veces, su relato es impersonal y metafórico: "Yo andaba y desandaba en las sabanas,/ registrando templos, removiendo ruinas", leemos en el poema "Toda la noche se han anunciado los gallos…"; en otras ocasiones, da pistas concretas sobre su asendereada existencia: "Evoqué interminables vueltas de mi vida. Mi pasado en Roma, las turbias cuentas/ de mi debe sin haber", como escribe en el poema "Al salir".
Pero, de un modo u otro, recorre montes, ciudades, tierras altas, y mira al cielo, el camino más grande posible. En este libro todo es camino, aun lo que se ciñe a un lugar, que es solo un avatar del desarraigo. Los acentos claroscuros envuelven los versos hasta el punto de fundir lo hímnico y lo crítico, el placer y el pesar, el anhelo y el hallazgo. Con el siguiente deseo —como todos, fruto del choque entre la realidad exterior e interior— acaba el poema "En aquellos años me lanzaba a ciegas/ a los senderos…": "Debería ser posible acumular felicidad./ Modelarla con nuestras nerviosas manos/ para la concusión de los tiempos,/ hasta que el canto encuentre su sostén".
Devoción por las costumbres de los pájaros, además de la influencia de César Vallejo —a quien, en su faceta de crítico, Mario Campaña ha dedicado perspicaces estudios—, presenta otro notable ascendiente: el del Nobel francés Saint-John Perse, autor, por cierto, de un poemario titulado Oiseaux [Pájaros], y también vitalmente vagabundo. Perse recorrió, como diplomático primero y como exiliado (por los nazis) después, todos los continentes del planeta, y esos recorridos trágicos y fabulosos dio cuenta en una obra que rememora lo visto —que reconstruye lo visto— en una prodigiosa recreación poética. Ese mismo impulso épico y celebratorio alienta en el poemario de Campaña, cuyas remembranzas lo son de sí, de un individuo castigado —o exaltado— por la pelea constante con la vida y el deambular no menos tenaz, pero también de todos: de la comunidad de los seres humanos, y de las civilizaciones que han alumbrado, sumidos en el desconcierto y el deslumbramiento cósmicos.
El poema "distante…" plasma otra de las querencias de Mario Campaña: la descomposición del poema en versos breves y fracturados (a veces, de una sola palabra), que se disponen en la página mediante sangrados aleatorios y sin signos de puntuación. Estas técnicas de las vanguardias clásicas —Campaña, educado en la experimentación y el riesgo formal, prolonga la tradición de la ruptura, en palabras de Octavio Paz— se reiteran en otro poema extenso de Devoción por las costumbres de los pájaros, el titulado "he aquí la vida que un día nos prometimos…", aunque este, estructurado en tres secciones, no practica el sangrado ni quebranta el verso con tanta virulencia como el anterior.
En estos poemas, las palabras cobran un volumen singular: se repujan en la página; descuellan en el papel como si el papel tuviera nervios o venas por los que circulara una sangre tumultuosa. Con las herramientas de estos poemas filiformes como sarmientos, y con las que le ofrecen otros poemas de Devoción por las costumbres de los pájaros, como los más breves y entecos que menudean conforme el libro avanza, o esos otros muy contenidos, sin apenas adjetivos ni metáforas, que predominan al final, Campaña aborda otros dos asuntos clásicos y fundamentales en el libro: la muerte y el amor.
Mujer, metapoesía, silencio
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Con la primera venimos lidiando desde el principio, en realidad: "La muerte nos azota con su látigo/ cuando volamos sin el canto de los pájaros/ sobre el pasado proceloso", hemos leído en "Extraña esta pasión de la mente inarmónica…" Ahora, recorrida buena parte del libro —y del trayecto vital que documenta—, los muertos vienen a buscarnos: "Al muerto que viene a visitarte/ para decirte que ha llegado la hora,/ lo ves desde la ventana/ de arriba…"
También el amor está presente en Devoción por las costumbres de los pájaros desde el inicio, pero en su tramo final se radicaliza el ansia y la rememoración de la amada. En "he aquí la vida que un día nos prometimos…", precisamente, el poeta canta al amor cercenado o interrumpido, cuyo recuerdo perdura y hiere, pero también vivifica: "Lidia dime qué hago qué/ estoy haciendo/ ahora aquí/ ya borrado tu nombre// qué hago en estas horas/ tierrosas/ en que no estás/ en que no existo", leemos en el fragmento I; y "renazco esta mañana Lidia/ renacemos con relámpagos/ hermoso/ si tormentosos esclarecen/ nuestros pechos", en el II.
*Eduardo Moga es poeta y escritor. En 2024 publicó su poesía reunida, Ser de incertidumbre. 1994-2023, en la editorial Dilema.