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El naufragio de ‘The Washington Post’: cuando los gigantes tecnológicos devoran el periodismo
El pasado miércoles estaba nublado y hacía frío en Washington DC. Ese día, trescientos periodistas de The Washington Post recibieron por correo electrónico la notificación de su despido. No hubo dramatismo, ni discursos épicos. Solo la voz aséptica del editor ejecutivo Matt Murray confirmando por videoconferencia lo que ya se rumoraba: un tercio de la plantilla quedaba en la calle. Entre los despedidos, corresponsales en zonas de guerra, reporteros veteranos que habían cubierto el Watergate, editores de secciones que llevaban décadas definiendo el pulso cultural de Estados Unidos. El diario que puso contra las cuerdas a Nixon, que publicó los Papeles del Pentágono, que desafió históricamente al Gobierno del país, que acuñó el lema "La democracia muere en la oscuridad", acababa de apagar muchas de sus propias luces.
La paradoja de lo ocurrido es enorme. Quien prometió salvarlo lo está ahogando. El multimillonario Jeff Bezos, uno de los más relevantes oligarcas tecnológicos de EEUU, compró el Post en 2013 por 250 millones de dólares, una cifra ridícula para una institución con siglo y medio de historia. La familia Graham, que tradicionalmente había controlado el periódico e impulsado algunas de las páginas más importantes del periodismo en todo el mundo, vendió porque no podía, o no sabía, cómo mantenerlo vivo en plena gran recesión.
Bezos llegó envuelto en el aura del visionario tecnológico. Era el hombre que había revolucionado el comercio mundial a través de Amazon y prometía hacer lo mismo con el periodismo. Durante años, cumplió. Bajo la dirección de Martin Baron, el legendario periodista que hizo posible la investigación que retrata la película Spotlight (2015), la redacción creció hasta superar los mil periodistas, el diario alcanzó la rentabilidad y se convirtió en trinchera informativa frente al primer mandato de Trump. Bezos presumía de no interferir, de respetar la independencia editorial como un dogma sagrado. Pero ese pacto se ha roto, y las grietas ya no admiten reparación.
El cambio no fue súbito, sino una lenta erosión que muchos prefirieron no ver. Tras la jubilación de Baron en 2021, el Post comenzó a sangrar: 77 millones de dólares de pérdidas en 2023, cien millones en 2024. La designación de Will Lewis como CEO a finales de 2023 marcó un punto de no retorno. Lewis, procedente del imperio Murdoch, llegó con un historial manchado por escándalos de hackeo telefónico en el Reino Unido y una visión del periodismo más cercana al espectáculo que a la investigación rigurosa. Los choques con la redacción fueron inmediatos. Veteranos reporteros dimitieron en protesta. La moral se desplomó.
Dinero de sobra
Pero las pérdidas económicas no explican por sí solas esta debacle. Bezos es el tercer hombre más rico del planeta, con una fortuna que supera los 200.000 millones de dólares. Cien millones anuales de déficit representan para él lo que para un ciudadano medio perder unas monedas en el sofá. La cuestión no es si puede permitirse mantener el Post, sino si quiere hacerlo. Y las evidencias sugieren que la respuesta es negativa.
Octubre de 2024 trajo la primera señal inequívoca. A once días de las elecciones presidenciales, con el editorial de respaldo a Kamala Harris ya redactado y programado, Bezos ordenó cancelarlo. El Post llevaba décadas respaldando a unos u otros candidatos presidenciales; romper esa tradición justo cuando Trump trataba de regresar a la Casa Blanca y después de haber sido un medio muy crítico con el magnate durante su primer mandato no parecía una casualidad. La hemorragia fue instantánea: entre 250.000 y 500.000 suscriptores cancelaron en cuestión de días. Martin Baron, ya retirado pero todavía influyente, no se contuvo: lo calificó de "destrucción de marca autoinfligida, cobardía ante un momento crucial".
Lo que siguió confirmó los peores temores. En febrero de 2025, Bezos emitió un mandato editorial: el Post no publicaría artículos de opinión que no se alinearan con su ideología de "libertades personales y mercados libres". El editor de opinión, David Shipley, renunció de inmediato. La independencia editorial, ese muro de contención entre el dueño y la redacción, había sido derribada sin disimulo.
Pero la mordaza editorial ya había empezado a apretar meses antes, cuando la caricaturista Ann Telnaes, ganadora del premio Pulitzer, renunció al Post tras diecisiete años en el diario. El detonante fue la censura de una viñeta que mostraba a Jeff Bezos, Mark Zuckerberg (Meta) y a Sam Altman (OpenIA) arrodillados ante una estatua de Donald Trump, entregándole bolsas de dinero. Fue la primera vez en casi dos décadas que el periódico "mataba" uno de sus trabajos por el tema que trataba. Telnaes lo denunció públicamente: Shipley, el mismo editor que dimitiría semanas después por el mandato ideológico de Bezos, justificó entonces la censura alegando "repetición temática". La excusa convenció a pocos.
El episodio Telnaes no fue un incidente aislado, sino un ensayo general de lo que vendría después. La viñeta censurada señalaba precisamente lo que estaba ocurriendo: la genuflexión de los oligarcas tecnológicos ante el poder político.
Mientras tanto, Amazon —la gran criatura de Bezos— invertía 75 millones de dólares en un documental hagiográfico sobre Melania Trump. El timing no podía ser más transparente: Trump acababa de volver al poder, y Bezos tenía contratos multimillonarios con el Gobierno federal para Blue Origin y Amazon Web Services. ¿Coincidencia? Incluso observadores benévolos lo consideraron un soborno apenas disimulado.
Los despidos de febrero de 2026 no son solo un ajuste contable, sino la culminación de una estrategia: reducir el Post a un medio dócil, incapaz de incomodar al poder. Deportes, eliminado. Libros, desmantelado. Corresponsalías en Ucrania y Oriente Medio, cerradas. La cobertura local, que durante décadas había sido el alma del diario, queda reducida a lo mínimo. Todo esto mientras Bezos multiplica su fortuna y Amazon bate récords de beneficios.
La independencia no se compra
Para muchos analistas, la agonía del Post no es un caso aislado, sino un síntoma de una enfermedad sistémica que aqueja al periodismo contemporáneo. La primera lección que deja lo ocurrido es que la independencia editorial no es negociable, y la riqueza no la garantiza.
Durante años, la fascinación por el nuevo tiempo digital abonó la idea de que los magnates tecnológicos serían los nuevos mecenas de la prensa, salvadores ilustrados que rescatarían cabeceras históricas de la bancarrota. Pero estos millonarios no son filántropos desinteresados; son hombres de negocios con intereses colosales que chocan frontalmente con la misión del periodismo de fiscalizar al poder.
El Post ha aprendido la lección más dura: cuando tu dueño tiene contratos gubernamentales de miles de millones, cuando depende de regulaciones favorables para sus imperios tecnológicos, el periódico se convierte en rehén. Cada investigación incómoda, cada editorial crítico, cada reportaje que incomoda al gobierno puede poner en riesgo esos contratos. Y cuando llega el momento de elegir entre la verdad y los negocios, el periodismo pierde.
La segunda lección es tecnológica. Bezos apostó fuerte por la innovación, porque se suponía que la salvación del periodismo iba a venir de la mano de quienes dominan el espacio digital. Desarrolló Arc Publishing, un sistema de gestión de contenidos que vendió a decenas de medios, incluido el diario español El País. Modernizó la infraestructura digital del Post y lo convirtió en referente de velocidad y usabilidad.
Pero la tecnología resultó ser un espejismo. Mientras The New York Times diversificaba sus contenidos con juegos, cocina, podcasts y adquisiciones como The Athletic, creando un ecosistema de suscripción robusto, el Post seguía dependiendo del tráfico desde Google y redes sociales. Cuando la inteligencia artificial generativa empezó a absorber ese tráfico —el 50% cayó en tres años—, el modelo colapsó. La tecnología puede optimizar la distribución, pero no sustituye al periodismo de calidad ni crea, por sí sola, un modelo de negocio sostenible.
Pérdida de capital humano
La tercera lección es organizativa. El periodismo de calidad requiere inversión constante, no solo en tecnología sino en personas. Reporteros experimentados, editores rigurosos, corresponsales con años de especialización. Estos profesionales no salen de programas de formación intensiva y de corta duración ni se sustituyen con algoritmos. El Post tenía ese capital humano, acumulado durante décadas. Y lleva años destruyéndolo en nombre de una rentabilidad que, paradójicamente, nunca podrá alcanzar mientras su principal activo, la credibilidad, siga en entredicho.
Frente al desastre del Post, The New York Times ofrece un contraste revelador. Ambos son periódicos de referencia, con historias centenarias y prestigio global. Pero mientras el Post se desangra, el Times prospera: supera los diez millones de suscriptores, genera beneficios consistentes y mantiene una redacción robusta. ¿La diferencia? El Times sigue siendo propiedad de la familia Sulzberger, que, con sus más y sus menos, ha priorizado sistemáticamente la independencia editorial sobre los beneficios a corto plazo. No es que los Sulzberger sean inmunes a los errores o las presiones, pero su compromiso con el periodismo como misión, y no como activo fungible, ha marcado la diferencia.
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Bezos, en cambio, trata al Post como hizo con tantos sectores antes: una industria obsoleta que necesita "disrupción". Pero el periodismo no es el comercio minorista. No se puede optimizar con algoritmos ni se mejora despidiendo a un tercio de la plantilla. La confianza del lector, ese activo intangible pero crucial, tarda décadas en construirse y se destruye en días.
"Estamos presenciando un asesinato", escribió la periodista Ashley Parker en The Atlantic. El The Washington Post que ayudó a tumbar a un presidente corrupto, que desafió al Pentágono, que definió el periodismo de investigación estadounidense durante medio siglo, está siendo ejecutado por su propio dueño.
"La democracia muere en la oscuridad", proclama todavía el lema del Post. La realidad es que también desaparece cuando quienes controlan la información deciden que el periodismo es solo otro sector más esperando ser optimizado.