Ana Merino entre los caminos del amor

Ana Merino - El camino que no elegimos.

Destino, Barcelona, 2025.

La acción de esta novela transcurre en Nueva Inglaterra, durante el 2016, en los meses anteriores y posteriores a la primera victoria electoral de Trump sobre Hillary Clinton, y se prolonga hasta el 2017 y 2018. Se compone de 35 capítulos, encabezados por títulos que resultan significativos, pues en dos de ellos reaparece la palabra camino, mientras que en otros se encuentran palabras como culpa, deseo (en otras dos ocasiones), intimidad, secretos, desamor, rutinas, confesiones, cariño, mentiras piadosas, amor herido (por fin, amor, aunque sea herido) y, alrededor de estos conceptos, podría decirse que transcurre la acción.

Se trata de una novela de personajes, coral, en la que se cuentan historias de parejas, cuya acción se desarrolla, en buena parte, en los Estados Unidos, aunque algunos episodios también transcurren en distintos lugares de España (Madrid, Gijón, Panticosa, la provincia de Almería y Zaragoza); e incluso en la República Dominicana y Hong Kong. Las parejas son las compuestas por Juana y Connor, y luego por Connor y Lieke; Cécile y Marco; Maica y Benjamín, con Gonzalo de por medio, aunque a este último no lo oigamos. Y en menor medida, se nos cuenta también la relación de Lieke y Stephan, su novio holandés; y la de Gerben, hermano de Lieke, y Ruxanda, joven moldava. Por último, Alina y su marido Pete, profesores jubilados, aparecen en calidad de amigos de Juana y Cécile. La singularidad de Marco y Pete estriba en que habían participado en alguna guerra, como soldados.

Se trata, en buena parte, de relaciones sentimentales, de desenamoramientos, apasionados amores, disimulos y secretos mal guardados, adulterios y celos, con poca cancha para la vida plácida, de una mayoría de parejas de cierta edad, como son casi todos estos personajes, quizá por aquello de que sin conflicto, no hay literatura. Pero me parece que lo realmente novedoso hubiera sido escribir sobre esa vida asentada, tranquila, la del cariño en compañía; la que comparte alegrías, tristezas y problemas con la pareja, los hijos y la familia. Tampoco falta la presencia del trabajo, que aquí, por una vez, no es precario, puesto que la mayoría son profesores, de Universidad o de Instituto, o investigadores en vías de serlo, aunque otros personajes sean policías o informáticos.

El caso es que Juana trabaja en la novela del XIX español, en el manuscrito de Fortunata y Jacinta que se conserva en Harvard, pues su tesis se centraba en los personajes femeninos de Galdós, y en la correspondencia amorosa que éste mantuvo con Emilia Pardo Bazán. Cécile, por su parte, ha centrado sus estudios en Stendhal y el realismo literario; no en vano, menudean las alusiones a su libro Sobre el amor (1822). Se nos dice, además, que está preparando un estudio sobre lo biográfico y la autoficción en la obra del narrador francés.

Definirla como novela de campus me parece que no le hace justicia, pues otros motivos prevalecen, según hemos indicado, sobre todo las a menudo problemáticas relaciones de pareja, que podría darse también en otros espacios, aunque sean estos los que quizá conozca mejor la autora. El caso es que gran parte de la acción transcurre en una pequeña ciudad universitaria de los Estados Unidos, situada entre Boston y Montreal, cuyo nombre no se dice, aunque creo que es el campus de Dartmouth College, donde fue profesora Ana Merino, y también su padre, el gran escritor José María Merino. Hay que agradecerle a la autora que no haga concesiones a la moda del día, a lo políticamente correcto, que no se sienta obligada a ocuparse de todas las relaciones amorosas posibles, como es hoy tan frecuente. No sé si es necesario aclarar que podría hacerlo, con libertad y naturalidad, siempre que no se trate de cumplir con una cuota forzada.

El título, en esencia, anticipa el tema de la novela, pero podría matizarse con los caminos que elegimos, aunque esta posibilidad se halle implícita. La cita inicial del poeta Robert Frost (había estudiado en Dartmouth College), a la que se alude en varios momentos de la narración, matiza el sentido, “Dos caminos divergían en un bosque amarillo, y siento no poder recorrer ambos”. El motivo de la vida como camino procede de la Biblia, pero, si nos atenemos a la narrativa contemporánea, recuérdese que Miguel Delibes escribió El camino (1950), una buena novela que se ocupa de este asunto, aunque en un contexto, personajes y situaciones muy distintas. Y muchísimos otros narradores se han valido de la metáfora del camino para titular sus libros. Entres los españoles, solo cito a unos pocos, si bien cada uno de ellos la trata a su manera: José Luis Castillo Puche (Sin camino, 1956), el superventas juvenil José Luis Martín Vigil (La muerte está en el camino, 1960), Carmen Kurtz (El último camino, 1976), Ramón Ayerra (El largo camino, 1988), Fernando Sánchez Dragó (El camino del corazón, 1990) o Antonio Soler (El camino de los ingleses, 2004). Pero el título, a la vista de lo que cuenta Ana Merino, también puede leerse como una variante de la idea de la vida en un hilo, que utilizó Edgar Neville para denominar una de sus obras. Si pensamos en la literatura en otras lenguas, o en el cine, la lista sería interminable y no viene a cuento.

Todas las vidas están condicionadas por las decisiones que tomamos; más o menos acertadas. Podríamos preguntarnos qué vida habría llevado Juana si no se hubiera ido a vivir a Estados Unidos, o si en vez de casarse con un norteamericano, se hubiera emparejado con un español. En la novela, quizá los únicos que recorren dos caminos distintos son Connor, Leike y Maica. A los dos primeros, parece llevarlos a la felicidad, aunque con remordimientos, mientras que a la tercera su situación la lleva al dolor, pero también a la esperanza.  

Las historias están contadas por un narrador omnisciente, que va cediendo la voz a los personajes, pero creo que los femeninos, en el conjunto de la narración, tienen un mayor protagonismo. No en vano, la novela se abre y se cierra con Juana. En cambio, no le vemos gracia alguna a Connor; Marco, sin embargo, afroamericano, resulta más atractivo y, sobre todo, bastante paciente. Las historias van alternándose: Juana, con 50 años, parte del abandono y se convierte en consejera y consuelo de Maica, su hermana; la vida amorosa de la veleidosa Cécile, tiene 45 años, pasa por diversas etapas, de la plenitud del amor, a la ruptura, la recuperación y la esperanza de poder seguir su camino junto con Marco, a pesar de todos los pesares; la de Maica transcurre entre la estabilidad, la plenitud y el dolor… Las relaciones que se entablan entre los personajes, más allá del amor y del sexo, tienen que ver con la amistad estrecha (Juana y Cécile), la relación entre maestro y discípula (Connor y Lieke), o los lazos familiares (Juana y Maica, o Juana y Benjamin). En medio de todo ello, sus padres, con otras ideas y valores, sufren, con paciencia y comprensión, los desastres de unas vidas que a veces se desmoronan. Lo que llama la atención es la inmadurez de la mayoría de los personajes, tanto en las ideas como en la existencia que llevan, impropia de su edad, aunque propia de la época en que vivimos.

Hay un momento, en el capítulo 17, en que parece cambiar el ritmo del relato, cuando se descubren los cadáveres de una mujer joven y de una niña de unos dos años, madre e hija, emigrantes ilegales con rasgos hispánicos, lo que conmociona a los personajes, aunque no lleguemos a saber qué les ha ocurrido, pero podamos imaginarlo sin mucho riesgo de equivocarnos (p. 196). En las historias estadounidenses, mucho más que en las españolas, adquiere importancia el espacio y el contexto histórico, sobre todo la campaña por la elección de Trump, político al que Cécile se opone con todas sus fuerzas, y que da pie al final, momentáneo, de su relación con Marco.     

Me parece que la novela ganaría con una mayor soltura y precisión lingüística. Además, en el relato de la fascinación de la pelirroja Cécile por Marco, debería haber evitado la innecesaria reiteración del calificativo de “poli guapo”. Con un par de veces hubiera bastado para que nos hiciéramos una idea, cosa por lo demás obvia, ya que lo que le atrae a Cécile del sargento Marco es su  físico, los deseos que despierta en ella (“El amor, la pasión y el deseo están por encima de la raza o la condición social”, comenta el narrador, p. 34), pues como se repite, tienen ideas, formaciones y experiencias vitales diferentes. 

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La fragmentación de la historia le permite a la autora abrir muchos frentes, por lo que hay otros elementos significativos, como las adicciones de Connor; o la convivencia armoniosa de identidades distintas. Pero lo esencial es que tanto Juana como Connor reordenan su vida, emprendiendo otro camino. Por ello, el desenlace resulta esperanzador, pues Ana Merino viene a decirnos que es posible superar los errores cometidos, las desgracias, y encontrar otro sendero. Cécile, por su parte, se da cuenta de que sus sentimientos por Marco iban más allá de la mera atracción física.

Conozco varios libros de poemas de Ana Merino y otra de sus novelas, la he visto intervenir con brillantez en congresos y cursos literarios, lo que me hace pensar que el ritmo que lleva su trayectoria literaria debería encaminarla hacia narraciones más ambiciosas y complejas.

*Fernando Valls es catedrático de Literatura Española y crítico literario.  

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