El patrimonio histórico iraní, a merced de la guerra y la ideología
Desde el 28 de febrero, decenas de monumentos históricos han sufrido daños en Irán a causa de los continuos ataques de Estados Unidos e Israel. “Como iraní, les digo que cada vez que se daña un edificio histórico, es como si mi propio cuerpo sufriera”, declara a Mediapart Touraj Daryaee, historiador y profesor de estudios y cultura iraníes en Irvine, en la Universidad de California (Estados Unidos).
“Cada ventana orosi rota [ventana calada típica de la arquitectura iraní – ndr], cada trono de mármol [las estatuas de los reyes Qādjārs – ndr] golpeado, es un insulto a mi identidad, a mi iranidad”, añade con voz temblorosa y un nudo en la garganta. “O cuando alcanzan el castillo de Falak-ol-Aflak, que data de la época sasánida, hace 1.500 años.”
Se ha extendido una ola de preocupación entre historiadores, expertos y defensores del patrimonio cultural, así como en las instituciones internacionales. Apenas unos días después del inicio de la guerra en Irán, mientras Hezbolá abría también fuego contra Israel en apoyo a la República Islámica, desencadenando un nuevo conflicto en el sur del Líbano, la Unesco expresaba su “profunda preocupación” ante los daños causados a varios emplazamientos históricos de importancia cultural.
En cinco semanas, hasta el 6 de abril, Estados Unidos ha bombardeado Irán más de 13.000 veces. Según las estadísticas oficiales del país, esos ataques y los de Israel han provocado la destrucción o el deterioro de más de 131 museos y monumentos históricos. “Junto a más de 300 investigadores, estamos evaluando la magnitud de los daños y los métodos de restauración de los monumentos”, indicó Reza Salehi Amiri, ministro de Patrimonio Cultural.
También hay especialistas trabajando para documentar los daños desde fuera de Irán. El laboratorio Camel de la Universidad de Chicago y la Sociedad de Arqueología Iraní han creado así un mapa interactivo que localiza los monumentos históricos dañados. Pero sigue siendo difícil cuantificar la magnitud de la destrucción, sobre todo porque el Gobierno iraní ha impuesto restricciones, incluidos cortes de Internet, que complican el trabajo de los expertos independientes.
Palacios históricos afectados
Hasti Poodforoosh, experta iraní en patrimonio cultural afincada en Turquía, explica a Mediapart que los especialistas disponen de muy pocos datos: “Solo hay disponibles algunas fotos y declaraciones oficiales, lo que no permite evaluar con precisión la extensión de los daños. Muchos de ellos van apareciendo poco a poco. Por ejemplo, en el castillo de Falak-ol-Aflak, en Khorramabad, que sufrió daños leves al inicio de la guerra, han aparecido nuevas grietas tras las recientes lluvias, lo que demuestra que la magnitud de los daños era mayor de lo previsto.”
El Gobierno iraní y los medios de comunicación han publicado varias fotos y vídeos de los monumentos dañados en diversas ciudades, en particular en Teherán, que ha sufrido el mayor número de ataques. La publicación de fotos de los daños sufridos por el Palacio de Golestán, desde los primeros días del conflicto, mencionados por la Unesco en su comunicado, ha sido conmovedora.
El centro histórico de Teherán, donde se encuentra esta obra maestra de la época Qādjār, fue blanco de ataques desde el inicio de la guerra, ya que alberga las oficinas de altos cargos de la República Islámica, en particular la del Líder Supremo. Las fotos muestran que las repetidas sacudidas han destruido espejos, puertas, ventanas caladas e incluso las estatuas de piedra de los reyes Qādjār, llamadas “tronos de mármol”.
La destrucción de edificios históricos se extendió rápidamente a otros barrios, especialmente en el norte de Teherán, donde se encuentran otros palacios de las épocas Qādjār y Pahlavi, como el palacio de Saadabad. Según las autoridades, han resultado dañados más de sesenta monumentos históricos de Teherán.
En todo Irán, parece que el número de destrucciones es superior a las estadísticas oficiales
Después de Teherán, los que han sufrido más daños son los monumentos históricos de Isfahán, antiguo centro de la dinastía safávida, inscritos en el Patrimonio Mundial de la Unesco junto con la plaza del Imán (antes plaza del Sha) y la Gran Mezquita. El Gobierno ha indicado que han resultado dañados por la guerra veintitrés lugares de Isfahán, entre ellos el famoso palacio de Chehel Sotun, que data de la época de Abbas I el Grande.
Le sigue la provincia del Kurdistán, con una docena de emplazamientos dañados, lo que representa la mayor proporción entre las provincias iraníes después de Isfahán. “En todo Irán, parece que el número de destrucciones es superior a las estadísticas oficiales, ya que algunas provincias remotas son difíciles de vigilar y el acceso a ellas es limitado”, precisa Hasti Poodforoosh.
Los expertos señalan que, aunque los daños afectan sobre todo a las decoraciones, puertas, ventanas y azulejos de los monumentos, las explosiones también dañan sus cimientos y estructuras, cuya evaluación precisa solo será posible una vez finalizado el conflicto.
Las responsabilidades de la República Islámica
Desde la revolución iraní de 1979 y la instauración del régimen “antimonárquico”, el mantenimiento de los monumentos históricos, sobre todo los relacionados con los antiguos reyes, se ha convertido en un tema controvertido. Los dirigentes de la República Islámica han mostrado escaso interés por el patrimonio, la arquitectura o los museos; de hecho, Jomeini, fundador del régimen, no visitó ningún museo ni monumento histórico durante su estancia en Francia.
La falta de mantenimiento es preocupante. Hasti Poodforoosh destaca que las sanciones han reducido cada año el presupuesto del Ministerio de Patrimonio Cultural, lo que afecta a las posibles obras de restauración y protección. Por ejemplo, el conjunto de Chogha Zanbil, declarado Patrimonio de la Humanidad, que antes estaba protegido por “una veintena de guardias”, ahora solo cuenta con “uno o dos”, y se han robado ladrillos del monumento.
Hay que señalar que la tarea es inmensa. “Irán cuenta con 25.000 conjuntos históricos y aproximadamente entre seis y siete veces ese número de yacimientos arqueológicos”, recuerda Touraj Daryaee. Sin embargo, las restricciones impuestas a los turistas extranjeros por la República Islámica, como la obligación de llevar el hiyab y la prohibición del alcohol, dificultan enormemente el atractivo turístico, tanto para el sector público como para el privado, y limitan los ingresos procedentes de los museos y monumentos, a pesar de su valor.
En las últimas décadas, las restauraciones históricas se han llevado a cabo a menudo de forma inadecuada
Hasti Poodforoosh subraya que la dimensión ideológica ha agravado la situación. La acogida de turistas occidentales se ha percibido como una “agresión cultural”, explica, lo que ha supuesto un retroceso con respecto a la ambiciosa política de restauración puesta en marcha bajo el antiguo régimen. Lamenta un “abandono de las infraestructuras preexistentes” y la “ausencia de nuevas medidas” de protección frente a las crisis contemporáneas.
Esta situación ha dejado a las infraestructuras mal preparadas ante la guerra, los terremotos u otras catástrofes. Trasladar las obras de los museos a depósitos seguros sigue siendo una operación limitada a los sitios más visitados, como el Museo Nacional de Irán.
El Gobierno iraní ha prometido que, tras la guerra, comenzará la restauración de los monumentos dañados. Pero el pasado no invita precisamente a creer en su palabra. En las últimas décadas, las restauraciones históricas se han llevado a cabo a menudo de forma deficiente: “A veces se contrataba a personas con poca o nula experiencia, lo que provocaba catástrofes, como lo que ocurrió con la cúpula de la mezquita de Sheikh Lotfallah, donde los azulejos quedaron asimétricos y desiguales”, advierte Poodforoosh.
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El historiador Touraj Daryaee, al referirse al concepto de “lugar de memoria” acuñado por Pierre Nora, concluye que si esos monumentos desaparecen o no se restauran correctamente, algunas partes de la historia iraní podrían quedar borradas de la memoria colectiva: “Si quieres que una civilización caiga en el olvido, ataca sus lugares históricos, destrúyelos, y así la gente perderá su vínculo con esos monumentos, con esta tierra.”
Traducción de Miguel López