Goles de sangre y revolución en la cancha: 10 libros para el Mundial sobre el poder geopolítico y social del fútbol
Pareciera que el planeta deja de girar cada cuatro años o, al menos, aminora la velocidad. Tal es el poder del Mundial de fútbol. Más que nada porque gran parte de la atención de millones de personas se centra en lo que sucede en el estadio cuando empieza a rodar el balón, como si, durante dos horas, eso fuera lo único que importara. El fútbol, el opio del pueblo, seguramente la más poderosa arma de distracción de masas que jamás haya ideado el ser humano, a la altura de la religión.
Los caprichos del destino y, principalmente, la geopolítica que encarna la FIFA, han querido que este año la gran cita del balompié se celebre en Estados Unidos, en alianza, eso sí, con Canadá y México. Vecinos del norte y del sur que están regular o terriblemente mal con Trump en función del día que tenga el mandatario del país que les separa, de manera que cualquier cosa puede pasar a partir de la inauguración del Mundial este jueves 11 de junio, y hasta la final del 19 de julio. Se puede hacer terriblemente largo eso de mantener las apariencias de buena vecindad con mínimos de cordialidad.
La política migratoria estadounidense, las restricciones de entrada a ciudadanos de determinados países —con el caso del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan como gran símbolo del torneo, tras ser excluido del Mundial después de que se le denegara la entrada a Estados Unidos pese a haber sido seleccionado por la FIFA, así como los exhaustivos cacheos a los jugadores de Senegal y Uzbekistán en el mismo aeropuerto—, la exclusión de Rusia o el intento de algunos gobiernos de lavar su imagen internacional a través del fútbol convierten el campeonato en un escenario de disputa global que va mucho más allá del césped y de los 90 minutos de contienda deportiva.
Poder, propaganda, violencia, derechos humanos y dinero. Mucho dinero. Todo eso se pone sobre la cancha porque, mientras la pelota va de acá para allá, también juegan los intereses de las élites políticas y económicas. El fútbol convoca multitudes, despierta pasiones y mueve miles de millones, pero también ha sido, desde siempre, un terreno fértil para abusos de poder, disputas políticas y tensiones sociales.
Una manera de comprender esta dimensión es leer Goles sangrientos (Altamarea, 2026), de Luciano Wernicke, que se adentra en la relación con el balompié de líderes tan distintos como Hitler o Evita, que sin duda comprendieron sus infinitas posibilidades, o repasa la utilización de Diego Armando Maradona como embajador de Argentina. Un título que reconstruye distintos episodios en los que el balón se vio arrastrado por oleadas violentas, conflictos territoriales o intereses propagandísticos a manos de dictadores, narcotraficantes como Pablo Escobar y otros siniestros protagonistas de la historia reciente.
En la misma línea apunta Toni Padilla en el ensayo El historiador en el estadio (Principal de los libros, 2021), en el que nos lleva en un viaje por los cinco continentes para conocer y entender la geopolítica del fútbol a través de las sorprendentes historias de 40 clubes, y, de este modo, desentrañar las complejidades del deporte rey y su impacto político, social y económico de nuestras vidas. Y se pregunta: ¿Qué ha llevado al fútbol a lo largo de los tiempos a actuar como detonante de conflictos bélicos, catalizador de revoluciones o transformador social en lugares tan diversos como España, Jordania, México, Iraq, Ucrania, Argentina o Hong Kong?
En Futbolítica (Altamarea, 2021), Ramón Usall propone una vuelta al mundo a través de clubes políticamente singulares para entender la mayoría de los acontecimientos que han marcado el último siglo: las rebeliones anticoloniales y la lucha de clases, el nazismo y el comunismo, la Guerra Fría y la de los Balcanes, los conflictos nacionales y la lucha contra las dictaduras. El mismo autor acaba de publicar Fútbol por la libertad (Altamarea, 2026), en el que defiende que el fútbol ha representado en muchas ocasiones un espacio de resistencia y reivindicación, hasta el punto de que pueblos oprimidos encontraron en los estadios una forma de afirmarse públicamente frente al colonialismo.
En 2023 publicaba Alejandro Requeijo Invasión de campo (Ediciones B), un manifiesto contra el fútbol como negocio y en defensa del aficionado. Un alegato en defensa de la identidad de las gradas, contra la homogeneización que imponen las televisiones y el mercado capitalista, a partir de la base de que el fútbol es un patrimonio cultural, social, familiar e incluso estético. Porque, antes de que el dinero lo corrompiera todo, como en tantos otros ámbitos, el balompié era (y a veces todavía es, como ocurre principalmente en los mundiales), un vínculo de pertenencia.
Durante la guerra de Yugoslavia, Ramón Lobo sirvió como correo para mantener en contacto al futbolista Meho Kodro con su familia. A partir de esa experiencia personal nace El autoestopista de Grozni y otras historias de fútbol y guerra (Libros del KO, 2012), en el que el añorado corresponsal y columnista de infoLibre se preguntaba qué papel ocupa el deporte de semejante magnitud en un escenario bélico: de Sarajevo a Sierra Leona o Irak, el fútbol ha sido un mecanismo de integración para niños que tuvieron que rehacer su vida tras un conflicto, y ha servido infinitas veces para sobrellevar lo absurdo de la guerra. Que no es, en absoluto, poco.
El periodista y escritor Simon Kuper viajó a 22 países, de Argentina a Camerún, de Ucrania al Zaire, de Brasil a Sudáfrica, de Alemania o España, para investigar la poderosa influencia que el fútbol ejerce en la política, en la cultura y en la sociedad. El resultado, a medio camino entre un libro de viajes y un ensayo sociopolítico, es Fútbol contra el enemigo (Contra, 2012), un relato de las complejas tramas ocultas de ambición y poder, de pasiones individuales y nacionales, de su historia y, cómo no, de la belleza del deporte más popular del mundo.
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Cuentos mundialistas (Editorial Ficticia, 2010) es una compilación del periodista Carlos Barrón con motivo del primer Mundial en territorio africano, celebrado en Sudáfrica en 2010 (con victoria de España, huelga recordarlo). Se trata de relatos que mezclan realidad y ficción que aprovechan la literatura para relatar las tensiones sociales, los intereses políticos y las narrativas nacionales que se establecen en cada campeonato del mundo, que nunca se entiende del todo sin el contexto de su época. Por sus páginas aparece incluso una correspondencia ficticia de Franco y Mussolini hablando del poder y sus símbolos con motivo del Mundial de Italia 1934.
Alejandro Fabbri ofrece en Historias secretas de los mundiales (Capital Intelectual, 2017) un recorrido por los rincones oscuros, las presiones políticas y las curiosidades de cada Copa del Mundo, desnudando los relatos oficiales. El autor recupera situaciones, analiza auges y caídas, y revela las presiones políticas y la corrupción: el boicot al primer Mundial, disputado en 1930 en Uruguay, por países europeos que se quejaban del frío polar de Sudamérica, el caso del jugador austríaco que humilló a los nazis (y al poco tiempo apareció muerto junto a su mujer en un misterioso accidente) o el triunfo de la selección argentina en 1978 utilizado como propaganda por el dictador Videla.
Para terminar, recordamos el último Mundial celebrado hasta la fecha, en 2022 en Qatar, "a base de trabajadores muertos, derechos pisoteados y voluntades compradas" por los jeques a golpe de talonario, tal y como recalca el periodista Fonsi Loaiza, autor de Qatar. Sangre, dinero y fútbol (Akal, 2022), un título que constata hasta qué punto los petrodólares pueden imponer su voluntad para blanquear a un país cuyo régimen somete totalmente a las mujeres a la tutela masculina, persigue y pena con prisión la homosexualidad y cercena los derechos humanos. Detalles que la FIFA decidió pasar por alto como si tal cosa porque, como decíamos al principio, parece que nada importa cuando el árbitro pita y empieza a rodar el balón.