MUNDIAL DE FÚTBOL

El Mundial de Infantino y Trump: una amistad con derecho a premio

Infantino creó y concedió a Trump el primer "Premio de la Paz de la FIFA" el pasado diciembre.

El próximo 15 de junio la selección de Irán saltará al césped del SoFi Stadium de Los Ángeles para medirse a Nueva Zelanda en su primer partido del Mundial de fútbol. Lo hará en suelo estadounidense mientras su país y el país anfitrión, pese a un alto el fuego que nunca llegó a cuajar —”en esa zona del mundo, ‘alto el fuego’ significa disparar de forma más moderada”, declaró Trump la semana pasada—,  siguen inmersos en un conflicto bélico. 

La tregua pactada a comienzos de abril se ha descosido por completo. Solo en los últimos días, Washington y Teherán han vuelto a bombardearse —el 9 de junio ambos ejércitos lanzaron ataques aéreos después de que Irán derribara un helicóptero del Ejército estadounidense—, mientras Washington sostiene desde abril un bloqueo naval sobre los puertos iraníes y Trump advierte de que Irán “tendrá que pagar el precio” por el estancamiento de las conversaciones. 

La selección de Irán disputará toda su fase de grupos en la costa oeste de Estados Unidos, con dos citas en Los Ángeles y una en Seattle, pero mantendrá su base fuera de los Estados Unidos, en la ciudad fronteriza de Tijuana, México. Los jugadores podrán entrar, pero los aficionados, en su mayoría, no. Irán figura entre los 19 países sometidos a la prohibición total de entrada que firmó Donald Trump al tomar el cargo, que veta —con excepciones para deportistas y diplomáticos— a los nacionales de esos Estados. El propio presidente de la federación iraní, Mehdi Taj, llegó a ver denegado su visado para entrar en el país anfitrión, antes de que la federación rectificara 

La ironía alcanza incluso al hombre que preside ese torneo. El pasado febrero, Gianni Infantino obtuvo la nacionalidad libanesa —la de su esposa Leena Al Ashqar— de mano del presidente del Gobierno de ese país, en una excepción a la ley nacional que no permite a las mujeres libanesas pasar la ciudadanía a sus hijos o maridos extranjeros. Líbano no está en el veto de entrada de Trump, pero sí en la lista de países cuyos ciudadanos afrontan nuevas trabas para llegar a Estados Unidos: una pausa en los visados de migración y servicios consulares limitados en Beirut. A Infantino nada de eso le afecta porque, al contrario que la mayoría de sus nuevos compatriotas, viaja con pasaporte europeo. 

Dos ascensos paralelos

El Mundial de 2026 es, antes que nada, el escenario de un entendimiento entre dos hombres que llegaron a lo más alto de sus respectivas carreras presentándose como la ruptura con el viejo orden.

Donald Trump, heredero de un imperio inmobiliario reconvertido en estrella de televisión y luego en presidente, construyó su carrera política sobre el discurso del outsider frente al orden establecido. Su trayectoria arrastra un historial judicial sin precedentes para un presidente estadounidense. En agosto de 2025, un tribunal de apelación de Nueva York anuló por excesiva la sanción de unos 500 millones de dólares del caso de fraude civil, pero mantuvo la declaración de que Trump infló su patrimonio durante años para obtener mejores condiciones de bancos y aseguradoras, así como los vetos para dirigir empresas en el estado; ambas partes recurrieron. En enero de 2025 fue sentenciado, tras ser declarado culpable de 34 delitos de falsificación de registros mercantiles, a una “absolución incondicional” que mantiene la condena sin imponer pena. Y un tribunal federal confirmó que abusó sexualmente y difamó a la escritora E. Jean Carroll en los años 90, ratificando una indemnización de cinco millones de dólares.

Gianni Infantino encarna una versión administrativa del mismo arquetipo. Abogado nacido en Suiza, hijo de emigrantes italianos, hizo carrera no en el terreno de juego —nunca ha sido futbolista— sino en los despachos: secretario general del Centro Internacional de Estudios del Deporte de Neuchâtel y, desde 2000, escalando peldaños en la UEFA, la homóloga europea de la FIFA, hasta su secretaría general. En 2016 ganó la presidencia de la FIFA sobre las ruinas del régimen de Joseph Blatter, vendiéndose como el candidato de la limpieza y la transparencia.

Como en el caso de Trump, el relato de la limpieza convive con un expediente judicial extenso. Su nombre apareció en los ‘Papeles de Panamá’: siendo director de servicios jurídicos de la UEFA, firmó en 2006 un contrato de derechos de televisión con Cross Trading, la sociedad de Hugo y Mariano Jinkis, imputados después en la trama de sobornos investigada por Estados Unidos. La policía federal suiza registró las oficinas de la UEFA en Nyon por sospechas de gestión desleal sin hallar pruebas de que Infantino cobrara ningún soborno ni mordida en aquellas operaciones. 

Más tarde, entre 2016 y 2017, ya en el máximo organismo del fútbol mundial, Infantino mantuvo reuniones no registradas con el fiscal general suizo, Michael Lauber, que investigaba la corrupción en la FIFA. Las autoridades abrieron en 2020 diligencias penales contra Infantino por abuso de cargo público, violación del secreto oficial y favorecimiento, al apreciar “indicios de conducta delictiva”; Lauber dimitió tras concluir un tribunal que había incumplido sus deberes y mentido a los investigadores. Infantino sostuvo que reunirse con el fiscal general era “perfectamente legítimo y legal”. Las diligencias se archivaron en 2023 sin hallar pruebas de delito. Esta misma semana, el expresidente de la UEFA y exestrella de la selección francesa, Michel Platini, ha demandado a Infantino por difamación y tráfico de influencias durante la candidatura que le llevó a presidir la FIFA en 2016.

Más allá de su expediente judicial, hay un gesto que retrata su relación con el cargo mejor que cualquier sentencia. Cuando la FIFA presentó en noviembre de 2024 el nuevo trofeo del Mundial de Clubes, de oro y fabricado por la lujosa firma Tiffany, el nombre de Infantino estaba grabado dos veces en él: una como “Presidente fundador, Gianni Infantino”, con su firma, y otra en una inscripción que atribuye la propia competición a su inspiración. 

El trofeo, con el nombre de Infantino inmortalizado en él antes de que nadie pudiera levantarlo, se exhibió primero en el Despacho Oval de la Casa Blanca, luego viajó hasta la Trump Tower y permaneció allí hasta la final del torneo, un trasiego que la propia empresa familiar celebró como “un trofeo icónico en una ubicación legendaria”. Durante cinco días, y como preludio de lo que viene este verano, el fútbol mundial pasó a instalarse, literalmente, dentro del patrimonio personal del presidente de Estados Unidos.

Cómo unieron fuerzas

Infantino estuvo presente en la toma de posesión de Trump como presidente el 20 de enero de 2025, después de haber sido recibido ese mismo mes en Mar-a-Lago. El 7 de marzo de ese año Trump firmó en el Despacho Oval, junto a Infantino, una orden ejecutiva que crea un “grupo de trabajo” de la Casa Blanca para el Mundial 2026 que él mismo preside, con el vicepresidente J.D. Vance como número dos. Ese día, Infantino agradeció al presidente la creación del grupo “porque es importante que todos los que vengan a América se sientan seguros y bienvenidos”. Cuando Trump le preguntó si Estados Unidos podía ganar el torneo y el suizo respondió que sí, "con el público detrás", el presidente lo zanjó con un comentario revelador: “Sabe lo que hay que decir”.

En la misma comparecencia, Infantino lanzó la idea de que la FIFA promoviera una “criptomoneda de la FIFA”, uno de los negocios favoritos de Trump, que ha respaldado su propia criptomoneda, con un beneficio superior a los 500 millones de dólares. De la idea de Infantino no se ha vuelto a saber nada, pero donde sí llegó a materializarse la alianza entre ambos fue en otro de los grandes negocios de Trump, el ladrillo. En julio de 2025, la FIFA abrió una oficina en la Trump Tower de Nueva York, anunciada por Infantino en la sede de la Trump Organization, al presentar el trofeo del Mundial de clubes.

El sello del idilio llegó el 5 de diciembre de 2025. En el sorteo del Mundial, en el Kennedy Center de Washington, Infantino entregó a Trump el primer Premio de la Paz de la FIFA, que el mandatario calificó de “uno de los grandes honores de mi vida”. El presidente de la FIFA llevaba meses avalando la candidatura autoimpulsada por Trump para ganar el Nobel de la Paz por su papel en el alto el fuego en Gaza. El Nobel acabó recayendo en la venezolana María Corina Machado, que a su vez se lo cedió a Trump, pero el máximo dirigente del fútbol mundial decidió que no era suficiente. 

Un método anterior a Trump

La cercanía con el poder político no es una novedad de la era Trump, sino el método con el que Infantino ha gobernado el fútbol mundial. En 2019, apenas tres años antes de su invasión sobre Ucrania, Vladimir Putin condecoró al presidente de la FIFA con la Orden de la Amistad rusa, después de que Infantino elogiara la organización del Mundial de 2018.

Pero el episodio que mejor define su modo de defender a los anfitriones llegó en Doha. En la víspera del Mundial de Qatar 2022, ante las quejas de organizaciones sociales por el trato del país a los trabajadores de las obras del Mundial, Infantino decidió abrir la primera rueda de prensa del torneo con un monólogo de casi una hora: “Hoy me siento qatarí, me siento árabe, me siento africano, me siento gay, me siento discapacitado, me siento trabajador migrante”, aseguró, antes de reprochar a los europeos que dieran "lecciones morales”. Más adelante en su discurso, por si había dudas, Infantino admitió ser consciente de no pertenecer a ninguno de los colectivos nombrados, pero afirmó entender perfectamente sus luchas puesto que de niño “sufrió acoso escolar por ser pelirrojo”. Ante las preguntas de los reporteros, añadió que también se sentía mujer, ya que tiene tres hijas. 

Los datos contrastan con la retórica y los sentimientos de pertenencia a diversas minorías que Infantino experimentaba el día de su rueda de prensa. Una investigación de The Guardian reveló en 2021 que más de 6.500 trabajadores migrantes de India, Pakistán, Nepal, Bangladés y Sri Lanka habían muerto en Qatar entre 2011 —cuando le fue concedido el Mundial— y 2020. La cifra deja fuera a países como Filipinas y Kenia, desde donde también acudieron miles de trabajadores, aunque para los países incluidos contempla todas las causas de muerte y sectores laborales, no solo los relativos a las obras de los estadios. Sin embargo, los expertos consideraron “probable” que una “gran mayoría” de los fallecimientos estuviera directamente relacionada con las obras del Mundial

¿Quién necesita democracia teniendo un Mundial de fútbol (y muchos señores)?

Qatar rebatió drásticamente la cifra: el comité organizador del torneo habló de tres muertes directamente vinculadas a la construcción de estadios y 37 por otras causas, aunque más tarde, su secretario general, Hassan al Thawadi, llegó a estimar entre 400 y 500 los trabajadores fallecidos en proyectos conectados con el torneo.

El patrón de blanqueamiento a los regímenes del Golfo se cerró con el premio mayor. En diciembre de 2024, la FIFA adjudicó el Mundial de 2034 a Arabia Saudí, única candidatura presentada. Un comunicado conjunto de 21 organizaciones, entre ellas Amnistía Internacional, lo calificó de “momento de gran peligro” para los derechos humanos, y la Sport & Rights Alliance advirtió de que la FIFA había descartado sus propias políticas de derechos humanos a sabiendas del riesgo para los trabajadores y visitantes del torneo. 

Desde 2018 y hasta el Mundial de 2034, las cinco ediciones del torneo se habrán celebrado en cuatro países donde la homosexualidad —Qatar, Marruecos, Arabia Saudí— o su expresión pública —Rusia— se castiga con penas de cárcel, según datos del índice Equaldex.

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