90 años del golpe de Estado rebelde
La II República española sufrió, el 18 de julio de 1936, el golpe de los conspiradores al mando de un grupo de generales que se sublevaron en armas, traicionado a España, su patria, y al Estado que juraron o prometieron proteger y defender. Lo traicionaron sin contemplaciones ni reparos. Los antidemócratas españoles, sin conciencia patriótica ni moral, se levantaron ilegalmente contra la II República.
Sembraron la mentira, el odio y el rencor contra la democracia republicana desde aquel 14 de abril de 1931, simplemente porque el pueblo español proclamó pacíficamente la II República. Continuaron conspirando durante los trabajos para la aprobación de la Constitución republicana, progresista, humanista y laica, así como contra la reforma agrícola, tan necesaria y urgente para el campo español.
La intolerancia, el fascismo de las derechas y la jerarquía eclesiástica, doctrinaria e inhumana, no querían perder sus privilegios económicos particulares ni, mucho menos, el control y el poder del crucifijo clavado en las paredes de las escuelas públicas como guardián de las esencias de la intolerancia irracional católica. Se erigían dueños de los pecados, desde el cinismo y la hipocresía de un discurso político que imponían bajo la intolerancia del catecismo, que ni ellos se creían. No aceptaron la democracia ni la respetaron y no dejaron de conspirar desde los púlpitos contra los diferentes gobiernos de la República para ir minando la democracia y explotarla de forma controlada, como hicieron los cabecillas del alzamiento con armas y sin respeto por la división de poderes del Estado, para imponer su sinrazón y el temor a quienes no obedecieran a aquellos hombres de negro con sotana, que infundían miedo con su presencia y su comportamiento marcial y castrense.
Los antipatriotas, cómplices, compinches y oportunistas no dejaron de sembrar el odio, mintiendo contra el progreso y contra la mejor España. Durante cinco años de democracia, las mejores reglas plurales, diversas y democráticas fueron ninguneadas y mancilladas para imponer la dictadura caudillista y el nacionalcatolicismo. Buscaron el dominio y el sometimiento desde la mala educación para hacerle frente, con el catecismo y la mentira eterna, a la buena educación pública de la II República, que, desde La Institución Libre de Enseñanza, aplicó una experiencia y programa pedagógico avanzado y apostó por la educación razonada en la escuela pública. Su labor se desarrolló por toda España durante más de medio siglo, entre 1876 y 1939. Ahí terminó.
Durante cinco años de democracia, las mejores reglas plurales, diversas y democráticas fueron ninguneadas y mancilladas para imponer la dictadura caudillista y el nacionalcatolicismo
La II República fue un sueño breve, pero intenso, repleto de pluralidad, diversidad y modernidad para salir del pozo de la dictadura de Primo de Ribera. Quienes negaban a las españolas y españoles la democracia se unieron en la conspiración del fascismo y nacismo contra la II República española: la banca, la nobleza terrateniente, los grandes propietarios, el capitalismo salvaje y la jerarquía católica —los obispos, cardenales y arzobispos—, que bendijeron y apoyaron el horror de la Guerra Civil que iniciaron los rebeldes golpistas. Fue bautizada por el cardenal Isidro Gomá y Tomás como una cruzada para matar y asesinar en nombre del dios católico, con los bombardeos de los aviones de la Italia fascista de Mussolini y de la Alemania nazi, que Francisco Franco autorizó y aplaudió mientras asesinaban con bombas a inocentes e indefensos españoles y españolas en Guernica y Durango.
El 1 de abril de 1939 proclamaron el inicio del exterminio y de una limpieza programada por el vengativo caudillo, mediocre e inculto, que, bajo palio de la Iglesia católica, difundió su política fascista desde todos los templos. Así dio comienzo el terrorismo franquista, eliminando a quienes no pensaban como ellas y ellos. Esa fue la solución inhumana que trajo el régimen fascista español de Francisco Franco y sus acólitos, que machacaron a diario a las españolas y los españoles, matándolos y robándoles su identidad, su personalidad, sus bienes muebles e inmuebles, su libertad y su democracia. Impusieron por la fuerza de las armas la obediencia debida y el silencio, dejando mudos, sordos y ciegos a todo un pueblo, el español, bajo la amenaza permanente de las armas y del crucifijo de los hombres de mala fe y de las mujeres con hábito, casadas con el dios católico. Se impusieron la delación, el odio, la venganza y el rencor. Toda esta "mala fe" fue garantizada por los jueces al servicio de Franco, de su dictadura y del régimen militar que sometió a España sin piedad, sin humanidad y de forma salvaje.
_____________________
Victorio Martínez Armero es socio de infoLibre.