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Yo 'ayuso'

Juan Antonio Almendros

En mi diccionario personal, "ayusar" es prestar cooperación para señalar a alguien atribuyéndole la culpa de una falta, de un delito o de un hecho reprobable. Yo ayuso, tú ayusas, ella ayusa. Todos ayusamos. Pero sobre todo ella, cuando se habla de Madrid. Porque parece ser que Madrid es el motor de España y ella debe de ser el motor de Madrid. No quiero pensar quién es el motor de ella.

También, en castellano académico el adverbio «ayuso» significa "abajo". Qué delicia semántica. Es imposible condensar mejor una cruda realidad, un grito colectivo y un augurio. Lo triste es que tal adverbio está en desuso, como algunos cerebros y vergüenzas.

Y ¿cómo resistirse a emplear "ayuso" como sustantivo?

En el palabrizal que yo manejo, cometer «un ayuso» es usar excesiva, injusta o indebidamente algo con la excusa de auxiliar. Cuando lo hace una mujer el adjetivo es "ayusona". Cuando lo hace ella el adjetivo es tan comedido como inexcusable.

La presidenta de la Comunidad de Madrid ayusa cuando con verbos, sustantivos y adjetivos que instilan anticomunismo de Celia Gámez intenta deslegitimar al Gobierno de España. Ayusa cuando coopera con fascistas para calumniar, atropellar y segregar a los ciudadanos que hacen trasbordos mientras salvaguarda los privilegios del nacionalcacerolismo nacionalcacerolismoy prima entre los derechos humanos el pincho de merluza en José Luis. La presidenta comete un ayuso cuando procura tapar con banderas las cifras de la pandemia y escatima rastreadores y sanitarios para tachar al ministro de arbitrario y erigirse en campeona de la libertad. La libertad de morirse, tan cara a la derecha. Tan cara para el pueblo.

Me pregunto qué inane parte de ese coche imaginario que es España en la mente de la ayusona puede ser la Comunidad Valenciana, de la que soy ciudadano. Tal vez, con suerte, la arena de playa que queda en el maletero después de comerse una paella.

En realidad, su patria, más que un coche, es una carroza: aquella con la que Fernando VII entró en Valencia a su regreso de Francia, a la que había vendido España por un castillo y una pensión anual de cuatro millones de reales. En Valencia se rebeló el felón contra la Constitución de Cádiz. Y en Madrid aún hubo pueblo que desenganchó los caballos para tirar a mano de la carroza al grito de "¡Vivan las caenas!".

Afortunadamente, en Madrid, como en Cádiz y Valencia, siempre hay, hubo y habrá leales a la patria entendida como pueblo soberano y prensa dispuesta defender la Pepa cuando arrecian las paparruchas.

Ya que para algunos Madrid acaba en zeta, animo a todos a seguir defendiendo la verdad, la justicia y el decoro hasta el fin de los ayusos conjugando el verbo "zolar". Repitan conmigo: yo zolo, tú zolas, él zola. Como Emilio.

Juan Antonio Almendros es socio de infoLibre

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