Cuando FAES olvida a Aznar

Carlos Brage

Como persona progresista, no me preocupa que la FAES critique al Gobierno. En una democracia sana, todas las ideas tienen derecho a expresarse y a confrontarse. Lo que me resulta difícil de aceptar es que quienes llevan años presentándose como guardianes de la democracia, la honestidad y la buena gestión política parezcan haber olvidado una parte importante de su propia historia.

Escucho con frecuencia a José María Aznar y a su fundación alertar sobre el supuesto hundimiento institucional de España, sobre la degradación moral de la política y sobre los riesgos que, según ellos, amenazan nuestra democracia. Sin embargo, cuando miro hacia atrás, veo a un expresidente que apoyó una guerra profundamente injusta y rechazada por la inmensa mayoría de los españoles. La invasión de Irak de 2003 se justificó por la existencia de armas de destrucción masiva que nunca aparecieron. Millones de ciudadanos salimos a la calle para decir que aquella guerra era un error, pero el Gobierno prefirió escuchar a Washington antes que a su propio pueblo.

También recuerdo la conmoción de los atentados del 11 de marzo de 2004. Recuerdo la sensación de desconcierto y la creciente desconfianza cuando el Gobierno seguía insistiendo en la autoría de ETA mientras las investigaciones apuntaban cada vez con más fuerza hacia el terrorismo yihadista. Aquellos días dejaron una huella profunda en nuestra democracia y en la confianza que los ciudadanos depositamos en nuestras instituciones.

Tampoco puedo ignorar que muchos de los nombres más importantes del entorno político de Aznar terminaron vinculados a algunos de los mayores escándalos de corrupción de nuestra historia reciente. No hablo de casos aislados ni de errores individuales. Hablo de una sucesión de episodios que afectaron a dirigentes de primer nivel y que pusieron en cuestión la cultura política de toda una etapa.

La democracia necesita crítica, autocrítica y memoria. Las tres cosas.

Como progresista, tampoco comparto el modelo económico que FAES lleva décadas defendiendo. Creo en una sociedad donde la sanidad, la educación, las pensiones y la protección social no sean consideradas un gasto, sino una inversión colectiva. Creo que el mercado es una herramienta útil, pero no una religión. Cuando escucho hablar de privatizaciones, desregulación o reducción del Estado, pienso en las dificultades de miles de familias para acceder a una vivienda, en la precariedad de muchos trabajadores y en unos jóvenes que, a pesar de estar mejor formados que nunca, tienen más incertidumbres que las generaciones anteriores.

Por eso me llama la atención que desde determinados sectores se repartan constantemente certificados de patriotismo, honestidad o responsabilidad. El patriotismo que yo reivindico consiste en fortalecer los servicios públicos, proteger a los más vulnerables y construir una sociedad más justa. No en utilizar la memoria de forma selectiva para recordar únicamente los errores de los adversarios mientras se silencian los propios.

No creo que la izquierda sea infalible. Ha cometido errores y seguirá cometiéndolos. Pero tampoco acepto que quienes apoyaron Irak, gestionaron de forma tan controvertida el 11M y convivieron con algunos de los mayores escándalos de corrupción de nuestra democracia pretendan presentarse hoy como referentes morales indiscutibles.

La democracia necesita crítica, autocrítica y memoria. Las tres cosas. Porque cuando sólo se critica al adversario y nunca se examinan los propios errores, la defensa de los principios acaba pareciéndose demasiado a la defensa de unos intereses.

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Carlos Brage es socio de infoLibre.

Carlos Brage

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