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A golpe de caos y escándalos

Enrique Errando Mariscal

El PP ha perdido, pese a ser el partido más votado, casi dos millones y medio de votos y, lo que es peor, pactos del PSOE con partidos de izquierda le han arrebatado cada una de las principales ciudades. Los amos del cortijo siempre han tolerado mal que algunos jornaleros se vengan arriba y pretendan decidir por su cuenta.

Antes de las elecciones, su campaña se basó en denigrar a Podemos a base de hacerlo aparecer como satélite del chavismo o nido de furibundos comunistas que iban a incautar propiedades de la buena gente, prohibir las Fallas y las procesiones de Semana Santa, amén de montar sóviets en los barrios de Madrid (desconocemos si también en provincias). Algún reputado periodista, desde la pequeña pantalla y de forma desinteresada, alertó de que sus dirigentes eran corruptos.

La campaña incluía una severa reprimenda al PSOE por hacerse radical, en vez de batallar codo con codo con ellos para asegurar la estabilidad, o sea, el bipartidismo. En contraste con tan atolondrada frivolidad, el PP era ese partido serio que había sacado a España de la espantosa herencia recibida, el responsable de la milagrosa recuperación económica. Lástima que los jornaleros hemos espabilado mucho. Los despidos, el hambre, el no llegar a fin de mes, espabilan una barbaridad y lo de la recuperación económica no hubo forma de que colase. Consumado el descalabro electoral, había que cambiar de táctica.

Ahora el PP nos advierte del caos económico y político que los nuevos gobernantes radical-soviéticos van a desencadenar con sus medidas utópicas, descabelladas, demagógicas. Al ser “gente de la ínfima”, como decía una señora muy señora en un cuento de Bryce Echenique, carecen de los conocimientos, experiencia y sensatez necesarias para darse cuenta de que la única política económica posible se resume en un solo mandamiento: “al trabajador, ni agua” y la única democracia posible en el lema: “el ciudadano, callado y en su casa”. Si los nuevos van a impedir los desahucios, dar dinero gratis a los pobres, convocar consultas populares, reestructurar las deudas públicas y otras ocurrencias por el estilo, los inversores huirán en masa y el país se arruinará en dos días. Estaremos peor que en Grecia.

Además, el PP avisa de que los gobiernos de varios partidos siempre acaban mal. Donde esté una buena mayoría absoluta, que se quiten los pactos. El que gobierna necesita libertad de movimientos. Fíjense, por ejemplo, en la ingente labor que realizó Franco, él solo. Los socialistas pagarán caro su contubernio con los radical-soviéticos porque éstos les comerán el terreno. “Aún estás a tiempo”, le decía Aguirre a Antonio Carmona minutos antes de que éste votase a Manuela Carmena como alcaldesa de Madrid. ¡Ay, estúpidos socialistas! Lo vais a lamentar.

La lucha ideológica funciona, pero el PP siempre ha confiado mucho en la guerra sucia. Es sencillo. Se trata de contratar a unos cuantos pringados para que hurguen y descubran cualquier cosa que se pueda utilizar en contra de cualquier radical-soviético con cargo. Y entonces ocurre un curioso fenómeno. Los principales diarios y cadenas de televisión se lanzan en tromba al acoso y derribo del personaje. Consiguen que una presunta irregularidad fiscal, descartada como delito por la misma Agencia Tributaria, se convierta en uno de los más sonados casos de corrupción. Consiguen que unos chistes ofensivos y de muy mal gusto en un tuit se conviertan en escándalo nacional. Hasta aquí todo normal, porque para eso están los principales diarios y cadenas de televisión. Lo curioso es que algunos periodistas, algunos medios y bastantes personas que se consideran a sí mismas progresistas, se apliquen con más severidad a juzgar a esos personajes que a presionar con fuerza para lograr la dimisión de un gobierno acusado por los jueces de delincuente. O a exigir la dimisión inmediata de Rafael Hernando por sus ofensas a las víctimas del franquismo. O a poner en primera página el caso de un alcalde del PP al que acaban de investir cuando está inhabilitado por siete años.

El sentido común me dice que eso no es imparcialidad, es interiorizar un complejo de inferioridad frente al amo. Es intentar demostrar al amo que eres más imparcial que nadie y por éso castigas con mayor severidad a tus iguales. Si esos progresistas considerasen al gobierno como lo que realmente es, una confederación de redes mafiosas, y si realmente creyesen que todos somos iguales, no aplicarían dos raseros diferentes para juzgar a unos y a otros.

Enrique Errando Mariscal es socio de infoLibre

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