Redescubriendo el amor
Esta es la frase a la que asomarme en el último especial de verano de TintaLibre, Amores tormentosos. El número reúne a 20 autoras y artistas para hablar del deseo, los celos, la dependencia, la violencia, el humor y la memoria. Su punto de partida es claro: una relación puede ser intensa o contradictoria, pero, sin consentimiento y libertad, deja de ser amor.
La pregunta no es si existe un amor femenino y otro masculino. El sentimiento puede ser universal, pero la forma de vivirlo se aprende. Durante siglos, al hombre se le asignaron la iniciativa y la autoridad; a la mujer, la espera, el cuidado y la renuncia. Ese reparto todavía aparece en los celos presentados como cariño, la insistencia convertida en conquista o el sufrimiento utilizado como prueba de autenticidad.
Las leyes han ampliado la capacidad de elegir mediante el divorcio, los anticonceptivos, la independencia económica y el matrimonio igualitario. La educación sentimental avanza más despacio. El consentimiento no es una formalidad ni una autorización permanente: debe ser libre, concreto y reversible. Un sí de ayer no obliga hoy, y el silencio no sustituye a la voluntad. Según la Organización Mundial de la Salud, cerca de una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual de pareja o violencia sexual fuera de la pareja a lo largo de su vida. El dato impide tratar el control, el acoso o la agresión como simples excesos románticos.
La absolución del genio
La tolerancia se vuelve especialmente visible cuando el hombre es famoso. Los casos no tienen la misma gravedad y no deben confundirse, pero comparten un mecanismo: el prestigio reduce el coste público de la conducta y desplaza la atención hacia la obra, el cargo o el talento.
Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí ofrecen el ejemplo menos extremo, pero muy revelador, de la desigualdad intelectual dentro de una pareja. El Instituto Cervantes resume que, desde su matrimonio, la vida intelectual de Zenobia se centró en su marido y que trabajó como secretaria, agente y traductora. También tradujo 22 volúmenes de Rabindranath Tagore y colaboró en la candidatura de Juan Ramón al Nobel. Él quedó como el poeta; ella, durante décadas, como la mujer que hizo posible su obra. Laia Arcusa revisa esa relación en El incordio de Juan Ramón Jiménez, dentro de este número de TintaLibre.
Pablo Picasso conservó intacta su condición de gran artista mientras las mujeres de su entorno quedaban reducidas a musas. Cuando Françoise Gilot lo abandonó, Picasso presionó a galerías y salones para perjudicar su carrera e intentó impedir la publicación de sus memorias. El Museo Picasso de París no dedicó una sala propia a la obra de Gilot hasta 2024. El caso no obliga a negar el cubismo; obliga a dejar de presentar como una nota privada el uso del poder artístico contra otra creadora.
Pablo Neruda narró en sus memorias un episodio en Ceilán en el que forzó sexualmente a una trabajadora doméstica que no respondía a sus avances. La confesión convivió durante décadas con la imagen pública del poeta del amor y premio Nobel. Cuando se propuso dar su nombre al aeropuerto de Santiago de Chile, colectivos feministas recordaron aquel relato. No era una acusación tardía: estaba escrita por el propio Neruda.
Norman Mailer apuñaló a su esposa, la artista Adele Morales, en 1960 y se declaró culpable de agresión en tercer grado. The New Yorker ha documentado que buena parte de su entorno literario culpó a Morales o interpretó el ataque mediante el mito del artista atormentado; el episodio incluso aumentó su notoriedad. Mailer obtuvo después dos premios Pulitzer. La víctima quedó asociada al apuñalamiento; él siguió siendo una figura central de la literatura estadounidense.
La admiración no debería funcionar como indulto
Roman Polanski se declaró culpable de mantener relaciones sexuales ilícitas con una menor de 13 años y huyó de Estados Unidos antes de la sentencia. Aun así, ganó el Oscar a la mejor dirección en 2003 y el César en 2020; este último premio provocó la salida de varias mujeres de la ceremonia. La industria no desconocía el caso. Decidió que el valor de la película pesaba más.
Donald Trump aporta el ejemplo político. En una grabación de 2005 presumía de imponerse sexualmente a las mujeres. En 2023, un jurado civil lo declaró responsable de abuso sexual y difamación contra E. Jean Carroll. Trump negó los hechos, pero la sentencia fue confirmada y, en 2024, volvió a ganar la Presidencia con 312 votos electorales. El respaldo político no borró lo ocurrido; demostró que para millones de votantes no era motivo suficiente para retirárselo.
Estos seis casos van desde la subordinación y el borrado de una autora hasta la violencia sexual y la responsabilidad penal o civil. No son equivalentes. Lo común es la excepción concedida al hombre importante. Las consignas son conocidas: hay que separar la obra del autor, eran otros tiempos, el genio es complicado o los votantes ya lo sabían. Pueden servir para contextualizar; usadas como absolución, convierten a las mujeres en un detalle de la biografía masculina. No se trata de borrar obras, sino de no borrar hechos ni víctimas. La admiración no debería funcionar como indulto.
Las autoras toman la palabra
El especial de TintaLibre responde a esa tradición cambiando el punto de vista. Andrea Genovart satiriza determinadas masculinidades en Un fuerte aplauso para ellos; Flavita Banana llama Malratadores a su relato gráfico; Lara Moreno sitúa el consentimiento en el centro; Najat El Hachmi escribe sobre el cuerpo y las cicatrices; Marina Perezagua lleva el deseo a un escenario de guerra y cuerpos amputados; Luna Miguel revisa el modelo de Madame Bovary; Candela Sierra, Cristina Morales y las demás autoras utilizan la ironía, la ficción o la memoria sin reducir a las mujeres a musas o víctimas.
El número también evita una simplificación importante. La libertad no exige mujeres invulnerables ni relaciones sin conflicto. Permite querer pareja o no quererla, cuidar y ser cuidada, equivocarse y marcharse. Tampoco propone una masculinidad derrotada. Pide hombres capaces de aceptar un no, compartir los cuidados, renunciar al privilegio y responder por sus actos.
El amor ha evolucionado en la medida en que han cambiado las condiciones que lo rodean. Hoy hay más herramientas para elegir, poner límites y salir de una relación, aunque la violencia siga presente. Amores tormentosos recuerda que el deseo puede producir desconcierto, pérdida o contradicción. Otra cosa es el tormento impuesto mediante el miedo, la humillación o el control. Confundirlos beneficia al agresor, y cuando el agresor es un genio o un prohombre, la confusión suele recibir además aplausos. La obra puede permanecer. La impunidad del relato, no.
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Carlos Brage es socio de infoLibre.