El secuestro de Maduro y la persistencia imperial
El recurrente discurso de la intervención en Venezuela por parte de la administración Trump se ha transformado este sábado en el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro. Este hecho no puede analizarse únicamente en clave coyuntural y remite a estructuras históricas de poder profundamente arraigadas: la doctrina Monroe, la lógica expansiva comparable al Lebensraum y las tensiones permanentes con el derecho internacional contemporáneo. En conjunto, estos marcos permiten comprender por qué América Latina sigue siendo concebida como un espacio de intervención legítima por parte de Washington.
Formulada en 1823, la doctrina Monroe estableció el principio de «América para los americanos», que pronto se tradujo en «América para los estadounidenses». Aunque presentada como una defensa frente al colonialismo europeo, su aplicación histórica convirtió al hemisferio occidental en una zona de influencia exclusiva. A lo largo del siglo XX, este principio justificó intervenciones militares, golpes de Estado, bloqueos económicos y operaciones encubiertas, siempre bajo la premisa de preservar el orden y la estabilidad regional. En este sentido, Venezuela no constituye una excepción, sino una continuidad histórica: un espacio considerado estratégicamente propio, cuyo desalineamiento político activa mecanismos de corrección.
Un secuestro presidencial –o su captura extraterritorial– encaja en esta tradición como forma extrema de intervencionismo imperialista. La expresión última de una soberanía jerárquica, en la que algunos Estados pueden ser intervenidos cuando se desvían del marco aceptable según la potencia colonial. Esta asimetría es central para entender la persistencia del monroísmo, incluso cuando ya no se invoca explícitamente.
La comparación con el Lebensraum –concepto asociado al expansionismo alemán del siglo XX–, que tiene un origen en el darwinismo social y las teorías malthusianas con un desarrollo etnogénico antes de llegar al Mein Kampf de Hitler, resulta pertinente, abordado desde una perspectiva estructural. El Lebensraum no fue únicamente una política de conquista territorial, sino una visión del mundo basada en la organización jerárquica del espacio, donde ciertos pueblos y territorios estaban destinados a servir a los intereses de una potencia superior. En su versión contemporánea, esta lógica se expresa sin anexiones formales: control económico, dependencia tecnológica, sanciones financieras y coerción política sustituyen a la ocupación directa.
Venezuela, rica en recursos energéticos y situada en una posición estratégica del Caribe, adquiere así un valor que trasciende su régimen político. Como en el Lebensraum, el problema no es solo quién gobierna, sino quién decide el uso del espacio y de sus recursos. Desde esta óptica, el secuestro de un jefe de Estado no sería sino una herramienta más dentro de una racionalidad expansiva que no reconoce igualdad soberana entre Estados.
Es aquí donde el derecho internacional entra en tensión abierta con la práctica geopolítica. La Carta de las Naciones Unidas prohíbe explícitamente el uso de la fuerza, la injerencia en asuntos internos y la violación de la soberanía estatal. El secuestro de un presidente en ejercicio constituye una violación flagrante de estos principios y un acto de agresión según el derecho internacional consuetudinario. Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que el cumplimiento de estas normas depende, en gran medida, de la correlación de fuerzas.
Desde una perspectiva histórica de largo plazo, el secuestro de Maduro revela la pervivencia de una mentalidad imperial
Estados Unidos ha recurrido con frecuencia a doctrinas de excepcionalidad –seguridad nacional, lucha contra el narcotráfico, defensa de la democracia– para eludir o reinterpretar el marco jurídico internacional. Estas justificaciones funcionan como lenguajes legitimadores, equivalentes funcionales a los discursos civilizatorios del pasado. En el caso venezolano, el señalamiento del gobierno como ilegítimo o criminal abre la puerta a medidas que, de otro modo, serían inaceptables.
Desde una perspectiva histórica de largo plazo, el secuestro de Maduro revela la pervivencia de una mentalidad imperial. La doctrina Monroe proporciona el fundamento regional; el Lebensraum, la lógica espacial de dominación; y el derecho internacional, el campo de batalla normativo donde estas prácticas se disputan su legitimidad. La tensión entre estos tres elementos define buena parte de la política de esta intervención.
En conclusión, el debate en torno al secuestro de Maduro no debe leerse únicamente como propaganda o provocación política. Es, ante todo, un síntoma de la continuidad histórica del poder estadounidense en América Latina y de la fragilidad del orden jurídico internacional cuando se enfrenta a intereses estratégicos de gran potencia. Mientras la soberanía siga siendo jerárquica y el espacio latinoamericano continúe concebido como un «patio trasero», la doctrina Monroe –aunque nunca se nombre– seguirá operando como principio activo de la geopolítica regional.
Estos hechos, además, aceleran el descrédito internacional de los premios Nobel, de los organismos e instituciones que se definen en defensa de la paz y la democracia y, por consiguiente, de la Unión Europea, a no ser que anuncie –algo más que improbable– sanciones a Estados Unidos al igual que hizo con Rusia por su intervención en Ucrania.
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José Ramón García Gandía es socio de infoLibre.