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Tres posibles rumbos para Barcelona, ¿y si se celebrase una segunda vuelta electoral?

Martín Alonso Orgaz

El procedimiento para elegir alcalde tras las elecciones municipales es claro. Si un partido logra la mayoría absoluta en escaños (y no se dan casos de transfuguismo) su candidato a la alcaldía logrará el bastón de mando. Si ningún partido logra por sí solo mayoría absoluta en las urnas pero uno de ellos la logra gracias al apoyo de los concejales de otros partidos, su cabeza de lista logrará, de este modo, ser elegido alcalde. En cambio, si ninguna de las candidaturas lograra más del 50% de los apoyos, será elegido alcalde el candidato cuyo partido haya sido el más votado en las urnas.

Pongamos como ejemplo la ciudad de Barcelona. Allí, el Pleno del Ayuntamiento está conformado por 41 concejales, de manera que un candidato se habría convertido fácilmente en alcalde si su candidatura hubiera logrado, al menos, 21 escaños. Como vemos, en Barcelona no ha ocurrido así, sino que la fuerza más votada (ERC) ha obtenido 10 escaños. Ernest Maragall, su candidato, sería pues alcalde si ninguno de los otros candidatos logra que una cantidad suficiente de concejales de otros partidos les elija. Al parecer, esta otra posibilidad no es descabellada, dado que Manuel Valls (Barcelona pel Canvi-Cs) ha expresado su voluntad de votar a favor de Ada Colau (Barcelona en Comú).

Las estrategias poselectorales sitúan a los partidos decisivos en, principalmente, tres lugares:

 

  1. ERC está en que las fuerzas “soberanistas” (pro-referéndum) suman 25 escaños (con En Comú y Junts) y que ellos han sido los más votados.
  2. En Comú quiere hablar con las “fuerzas progresistas” trascendiendo la lógica del proceso, mediando entre el ERC del 1-O y el PSC “del 155”. Suman 28.
  3. El PSC y Manuel Valls (BpC-C's), tirando de pragmatismo, quieren evitar que haya un alcalde independentista. Suman 24 con En Comú (y sumarían 21 si los tres concejales de C's rompen con la estrategia de Valls).

Hecho el apunte, el objetivo del artículo no es desarrollar un comentario político, sino poner de manifiesto que las alternativas son exactamente tres. De hecho, si observamos el escrutinio, podemos ver que las tres fuerzas más votadas son, de algún modo, “la fuerza central” de cada uno de los tres lugares estratégicos señalados. La diferencia entre ellas es, además, muy pequeña (apenas 3 puntos porcentuales entre la 1ª fuerza, ERC, y la 3ª, PSC). ¿Sería factible preguntar a la ciudadanía cuál de los tres posibles rumbos para la ciudad prefieren?

En otros países se celebran elecciones a dos vueltas. Tales sistemas electorales devuelven la palabra a la ciudadanía para que expresen cuál de las dos candidaturas más votadas prefieren. Proceder de tal manera, en lugar de dejar en manos de los concejales elegidos para el poder legislativo municipal, contribuye a la separación de poderes al no depender la elección del poder ejecutivo municipal de pactos partidistas. Sin embargo, el hecho de que sean dos puede potenciar dinámicas maniqueístas, simplificadoras de una realidad política más compleja. Los votos de cada una de las dos candidaturas pueden crecer en segunda vuelta con un llamamiento “a que el otro no salga”, lo que posibilita e incluso puede motivar a los políticos a gobernar únicamente “para los tuyos y contra los otros".

Sin embargo, si fuera posible celebrar una segunda vuelta con tres candidaturas, se abriría espacio para un tercer discurso, haciendo un poquito más difícil que se potencie una política de frentes. Tenemos buenas noticias: es posible. Y especialmente sencillo para el votante.

Consistiría en aplicar un sistema electoral conocido como método Schulze (para tres candidaturas). Los electores únicamente tendrían que escribir en una papeleta los tres nombres que hayan pasado a segunda vuelta en el orden que ellos deseen. El escrutinio se realiza considerando que cada lista ordenada contiene, simultáneamente, tres votos preferenciales de unos candidatos sobre otros, es decir, tres segundas vueltas con dos candidatos, pero celebradas de manera simultánea. Pongamos un ejemplo. Supongamos que un elector ha introducido el siguiente voto en la urna:

1º Ernest Maragall (ERC)

2º Ada Colau (En Comú)

3º Jaume Collboni (PSC)

Prefiere a Ernest Maragall en lugar de a Ada Colau, prefiere a Ernest Maragall en lugar de a Jaume Collboni y prefiere a Ada Colau en lugar de a Jaume Collboni.

Ahora, que otro elector ha expresado lo siguiente:

1º Jaume Collboni (PSC)

2º Ada Colau (En Comú)

3º Ernest Maragall (ERC)

Prefiere a Jaume Collboni en lugar de a Ada Colau, prefiere a Jaume Collboni en lugar de a Ernest Maragall y prefiere a Ada Colau en lugar de a Ernest Maragall.

Finalmente, supongamos que otro elector prefiere a Ada Colau que a cualquiera de los otros dos (puede votar parcialmente en blanco):

1º Ada Colau (En Comú)

2º En blanco

Prefiere a Ada Colau en lugar de a Ernest Maragall y prefiere a Ada Colau en lugar de a Jaume Collboni.

Para realizar el escrutinio de este ejemplo, debemos contabilizar juntos los enfrentamientos entre cada par de candidatos. Así, Colau gana a Collboni (2 a 1), Colau gana a Maragall (2 a 1) y Maragall empata con Collboni (1 a 1). Observamos que, para este ejemplo, Colau gana a cada uno de sus otros dos competidores (esto significa que es ganadora de Condorcet). Podría darse la circunstancia de que se den resultados que podríamos considerar contradictorios (por ejemplo, donde cada candidato gane a uno de los otros tres), pero el método Schulze prevé un procedimiento para generar un único ganador también para tal caso (ignorando el escrutinio del enfrentamiento con menor diferencia entre los candidatos enfrentados).

Tal y como se constata en el ejemplo, un sistema electoral a doble vuelta en el que pasen tres candidatos a segunda vuelta es muy sencillo para los votantes. Si bien la generación del ganador es un poquito más técnica (cada voto forma parte de tres escrutinios diferentes), ni la comprensión del escrutinio ni el recuento manual de las papeletas son cuestiones más complicadas que, por ejemplo, el sistema d'Hondt con varias circunscripciones, vigente actualmente… lo que no implica una cantidad importante de votantes que sepan explicar cómo se asignan los escaños a los candidatos.

Aunque el ejemplo se ha querido poner sobre las elecciones municipales, bajo el pretexto de que el resultado de Barcelona y las estrategias poselectorales hacen de este un buen ejemplo para mostrar la potencialidad del sistema, puede ser muy buena idea ponerlo en marcha a nivel estatal, es decir, con la celebración de unas elecciones presidenciales (o a Jefe del Estado) separadas de las elecciones generales. Implementar un sistema de estas características contribuiría, como ya se ha dicho, a la separación de poderes, a evitar la política de frentes (una deriva natural de los sistemas partitocráticos) y, en definitiva, a dar un pasito más hacia la democracia con mayúsculas. Fácilmente implementable, solo hace falta voluntad política para ponerlo en marcha. __________________

Martín Alonso Orgaz es socio de infoLibre

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