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Vidas de invierno

Mayte Mejía

"A perro flaco todo se le vuelven pulgas", oímos a menudo. Desde que el 28 de diciembre de 1895 comenzara en París −primera exhibición comercial de pago− el maravilloso espectáculo del cine, gracias a que los hermanos Lumière inventaran el cinematógrafo, la gran pantalla, además de hacernos vivir hermosas pasiones de amor, imágenes animadas cargadas de fantasía y de ternura, crudas historias de luchas políticas, viajes al desierto sin movernos de la butaca, nos ha ido mostrando también, desde su nacimiento hasta nuestros días, la brecha que separa Norte y Sur, ricos y pobres, señoritos y jornaleros. Según hemos crecido y perfeccionado el proyecto de la humanidad con materiales cada vez más sólidos: andar a dos piernas, comunicarnos a través del lenguaje −hablado, escrito, de signos−, reproducirnos mejorando la especie, trabajar para ganarnos las habichuelas, dormir bajo techado y cubrirnos el cuerpo con algo más que un taparrabos, la división demográfica parcelada injustamente "en oportunidades que ofrece la vida para prosperar y si no te jodes" ha sacado de su paisaje happy a todos aquellos que, por diversas circunstancias, son molestos y afean la foto de grupo donde los que están salen estupendos, engominados o sodomizados, que, de estos últimos, haberlos haylos.

Sin embargo, una vez consumidas alrededor de las dos horas que permanecemos en la sala de proyección, las cosas no han cambiado significativamente. Cerrado por falta de recursos se ve con mayor frecuencia en los escaparates de la sociedad −también en el de los pequeños negocios− y nadie con posibilidades parece estar dispuesto a evitarlo. Son muchas las piezas que están dejando de funcionar: comedores infantiles, albergues, centros geriátricos. Y otras tantas que se están perdiendo, como determinadas medicinas que permanecen almacenadas en los muelles de las multinacionales, porque al haberlas sacado del catálogo de la sanidad pública los pobres no se las pueden pagar. ¿Quién de nosotros no conoce a alguien desahuciado, cuyo hogar, con sus raíces, calamidades para levantarlo e íntimos recuerdos, ha quedado sepultado entre la broza? ¿Cuántos no sabemos de niños, mujeres y hombres que encuentran la muerte defendiendo causas que entienden que son justas…?

La sortie des ouvriers des usines Lumière à Lyon Monplaisir −Salida de los obreros de la fábrica Lumière en Lyon Monplaisir− es la primera película comercial para el público que, como señalaba al principio, filmaron los hermanos Lumière. La de ahora, en pleno siglo XXI, son calles anchas o estrechas, pintadas de gris, sin flores en los balcones, sin luces de neón, y con miles y miles de figurantes que, vencidos y famélicos, deambulan sin destino como a perro flaco que todo se le vuelven pulgas.

Mayte Mejía es socia de infoLibre

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