Premios Goya 2015

Entre la abundancia de talento y la escasez de dinero

Antonio Banderas, que este año recibe el Goya de honor, junto a Pedro Almodóvar y Penélope Cruz, tres españoles reconocidos por el cine internacional.

Cuatro películas premiadas con el Oscar a la mejor película en lengua no inglesa (Volver a empezar, de José Luis Garci; Belle epoque, de Fernando Trueba; Todo sobre mi madre; de Pedro Almodóvar; y Mar adentro, de Alejandro Amenábar); un actor (Javier Bardem) y una actriz (Penélope Cruz) que han logrado la estatuilla en Hollywood; un galardón como mejor guionista para Pedro Almodóvar; y un tercer puesto en el ránking de países que han optado alguna vez a la categoría de mejor filme extranjero; no parecen una mala cosecha histórica para una cinematografía que desprecian algunos críticos eruditos o bastantes espectadores.

En su siglo largo de historia, desde El hotel eléctrico, de Segundo de Chomón (1908) por citar un título significativo, el cine español ha sido premiado también en multitud de ocasiones en los festivales de Cannes, Berlín o Venecia por jurados procedentes de muchos países. Pocos directores míticos de la cinematografía nacional han envejecido o llegado al cementerio sin haber recibido el respaldo de los mejores críticos del mundo o de sus colegas más prestigiosos de otros países. En ocasiones no han sido del todo profetas en su tierra, pero nombres como Luis Buñuel, Juan Antonio Bardem, Luis García Berlanga, Carlos Saura, Pedro Almodóvar, Fernando Trueba, José Luis Garci, Alejandro Amenábar, Montxo Armendáriz, Juan Antonio Bayona o Javier Fesser han visto sus creaciones aclamadas por la crítica especializada y sancionadas por el público en las taquillas. Todo ello sin mencionar el prestigio internacional de responsables de fotografía, como Néstor Almendros; o de directores artísticos, como Gil Parrondo. Un breve paseo por la historia permite, por tanto, comprobar que el talento de los creadores e intérpretes españoles no ha faltado a lo largo de las décadas. Tal vez hayan fallado una industria con muchas limitaciones, un tacaño apoyo de las instituciones públicas y una interesada política de las televisiones. Y este diagnóstico servía tiempo atrás y sigue siendo válido en este año 2014 que ha registrado una cuota de pantalla récord (25%).

Enrique González Macho, presidente de la Academia de Cine, ha declarado esta semana en unas jornadas culturales en la Universidad de Valencia que “la gente del cine de 2014 es la misma de los años anteriores y la misma, salvo algunas incorporaciones, que seguirá haciendo cine en los próximos años”. “El talento de directores como Daniel Monzón, Alberto Rodríguez o Emilio Martínez Lázaro”, ha señalado González Macho, “ha estado ahí. La única diferencia radica en que, en el pasado ejercicio, se han dado una serie de circunstancias de azar que han propiciado un año récord. Hay que recordar siempre que el cine responde a unos factores imprevisibles que lo convierten en un arte y una industria apasionantes. El exitazo de una película como Ocho apellidos vascos, dirigida por un veterano como Martínez Lázaro, ha tirado de la taquilla y se ha visto acompañado de títulos como La isla mínima, El Niño, Torrente o Relatos salvajes”. Las reivindicaciones que, una vez más, planteará el sector en la gala de los Goya el próximo sábado, ante millones de espectadores, se referirán al escaso apoyo de las televisiones, a un IVA intolerable del 21% o bien apuntarán a la dictadura de precios que imponen las majors norteamericanas y que impiden un abaratamiento de las entradas en taquilla.

A estas alturas ya está fuera de toda duda el papel de hegemonía cultural que representa el cine a la hora de marcar tendencias, imponer modas o plasmar estilos de vida. Una evidencia que han tenido y tienen muy presente en un país como Francia que practica una política de excepción cultural que protege su cine, más allá del Gobierno que se siente en El Elíseo. Este empeño francés por defender su cine, una voluntad que respalda una sociedad entera, explica la pujanza de la cinematografía de nuestros vecinos, que son capaces de organizar una semana de cine francés en la mismísima Corea del Norte, como ha ocurrido recientemente, con tal de mostrar sus películas. Nada más lejos de la política cultural de nuestro Gobierno que se llena la boca con la Marca España mientras subleva a todo un sectorMarca España que no sólo se dedica a una creación artística clave, sino que mantiene miles de puestos de trabajo en la industria. Algunos de los cineastas más relevantes de nuestro país se desgañitan estos días al proclamar, como Daniel Monzón en las páginas de tintaLibre, que “el cine hecho en España ha sido tan variado, arriesgado e interesante como lo es ahora”. “La lista de directores y títulos gloriosos es muy larga”, señala el realizador de El Niño y de Celda 211, “al igual que la disparidad de géneros, intenciones y sensibilidades. El cine hecho en España es de una riqueza de propuestas casi obscena, no se puede reducir a un tópico, es del todo inclasificable”.

La lista de nominados a los Goya 2015 certifica estas afirmaciones de Monzón e incluye, entre otros, filmes policiacos con trasfondo social (La isla mínima, El Niño), tragedias de humor negro (Relatos salvajes), comedias costumbristas (Ocho apellidos vascos), películas de animación (Mortadelo y Filemón), una obra original y vanguardista (Magical girl) o una producción vasca rodada en euskera (Loreak). Todas estas películas y, en realidad, la mayoría de nominadas para los Goya se hallan muy lejos del estereotipo de españolada, acuñado en pleno franquismo para definir aquellas comedias casposas y reaccionarias, y que ha pervivido en un cierto imaginario colectivo a pesar de una multitud de filmes nacionales que, contra viento y marea, con mucha ilusión y bajos presupuestos, año tras año, logran entrar en los codiciados olimpos de los grandes festivales o de Hollywood. Como la hispano-argentina Relatos salvajes, sin ir más lejos, que opta a finales del mes de febrero al Oscar a la mejor película en lengua no inglesa.

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