Literatura

Los bolcheviques luchan en las librerías

Ilustración de Fernando Vicente para un calendario conmemorativo de la Revolución rusa.

El 7 de noviembre de hace ahora un siglo —en el calendario gregoriano— los bolcheviques se alzaban en armas con el apoyo de una parte sustancial de la población contra el moderado Gobierno provisional de Kérenski, inaugurando una nueva era en la política mundial cuyas consecuencias llegan hasta hoy. Con la celebración del centenario de la Revolución rusa, la toma del Palacio de Invierno se traslada a las librerías. Los títulos sobre la efeméride pueblan las mesas de novedades desde hace meses; son tantos, salen de la imprenta a tal velocidad, que han superado desde hace tiempo la capacidad de compra del lector más entregado. Pero, además de una batalla comercial, se libra una por el significado de 1917 en los medios, en la historiografía y en las mentes de quienes hojearán las miles de páginas editadas a lo largo de 2017. 

Constantino Bértolo, mito de la edición española, no esperaba gran cosa de este 2017 aun antes de que empezara: si acaso, "una avalancha de libros bolcheviques y anticomunistas, como ya se ha hecho". Era entonces juez y parte, porque el antiguo responsable de Debate y Caballo de Troya llevaba a las librerías Cartas desde la revolución bolchevique (Turner), del agente de inteligencia francés Jacques Sadoul. Un año después, se puede hacer recuento de novedades y reediciones, de artículos en prensa y grandes olvidados. Pero Bértolo, antiguo militante comunista y marxista siempre en activo, hacía ya de Casandra: "Todas aquellas interpretaciones que no acepten como juicio final el fracaso del experimento comunista que aquella revolución puso en marcha son cultural y políticamente, aparte de 'sospechosas', minoritarias".

 

Valeria Ciompi, directora editorial de Alianza (Grupo Anaya) aclara primero asuntos más pedestres: "Todos los editores estamos muy atentos a las conmemoraciones o los centenarios. Pero nunca sabes con qué resultado, porque hay algunos que pasan sin pena ni gloria y otros que tienen un apoyo informativo grande, tanto de los libreros como de los medios". Este pertenece, dice, a la segunda categoría, así que los casi dos años que llevan trabajando en él les ha acabado mereciendo la pena... al menos, económicamente. Tomás Rodríguez, de Akal, señala también ciertas cuestiones comerciales: "Si reeditas mucho, ahogas tus propias novedades; aunque también puede ser que consigas copar las mesas de las librerías... Cada uno sigue su propia estrategia". ¿Quién dijo aquello de que "la revolución es organización..."?

Tomar las estanterías

Aunque la responsable de Alianza asegura entre risas que "a la edición se le presupone una intencionalidad que a lo mejor no tiene". Es decir, que el catálogo es una mezcla de voluntad, azar y pragmatismo. En el suyo figuran desde La Revolución rusa, una obra de síntesis del profesor de la Universidad Complutense José M. Faraldo hasta Los dilemas de Lenin, diálogo del intelectual marxista Tariq Ali con su admirado revolucionario. Ambos, confiesa, le llegaron en bandeja: el primero, a propuesta del autor; el segundo, resultado del filme sobre Vladímir Ilich Uliánov que iba a realizar junto a Oliver Stone... y que nunca se puso en marcha. Rodríguez tiene otro relato sobre su gran apuesta del centenario: Octubre, incursión del escritor de fantasía China Miéville en la no ficción, fue muy peleado y ha llegado a las librerías apenas cuatro meses después de su edición en inglés. 

 

La oferta, por supuesto, no se queda ahí. Está la síntesis que realiza Julián Casanova en La venganza de los siervos (Crítica), que recoge los logros de la historiografía moderna y trata de alejarse del anticomunismo. Está El gran miedo, de James Harris, en la misma editorial, que regresa al terror de Stalin analizándolo como un efecto de las presiones externas y la obsesión por los quintacolumnistas. Entre dos octubres (Alianza) rastrea los vientos bolcheviques en su expansión por Europa. 1917. La Revolución rusa cien años después (Akal), un ensayo colectivo escrito mayoritariamente por autores españoles, analiza su influencia en la política actual. Y Debate apostaba con fuerza por La Revolución rusa, obra del polémico y conservador Richard Pipes publicada en 1990: "Era una apuesta obvia, ya que es clave en la historiografía del periodo, y nunca había sido publicado[en España]", dice explica Miguel Aguilar, responsable de Debate. Para todos los gustos. O casi. 

Gran parte de la labor de los editores españoles ha consistido en rebuscar en los clásicos. En ocasiones, son ejercicios de arqueología: las cartas de Sadoul no se habían publicado en castellano, y La Revolución rusa (Akal), de Rosa Luxemburgo, o Medianoche en el siglo (Alianza), ficción de Victor Serge, no estaban en las estanterías desde 1976. Otros, sin embargo, se repiten hasta el hastío: Diez días que estremecieron al mundo, la crónica de John Reed, se encuentra recién editado en Siglo XXI (sello hermano de Akal), en Nórdica y Capitán Swing (edición conjunta) y en Renacimiento. No es que faltara en las librerías: sellos como Akal o Txalaparta ya los tenían en catálogo.

 

En estos casos, claro, cada uno defiende lo suyo. Empieza Daniel Moreno, de Capitán Swing, corresponsable de que Reed se vea acompañado de los dibujos de Fernando Vicente: "Tanto Diego como yo pensamos que al libro de Reed le venían muy bien las ilustraciones, ya que a través de ellas y del relato escrito podías seguir plásticamente el devenir histórico de unos acontecimientos complejos y llenos de múltiples personajes y tramas". Luego, Tomás Rodríguez, que defiende el trabajo de Siglo XXI: "No se trata de hacer una edición con dibujitos chulos. La historia de la traducción de este libro es compleja, y la versión original difiere de la que nos ha llegado. Hablo de ese tipo de trabajo". El resultado es que el lector tiene acceso a tres versiones solo en el último año: la de Ángel Pozo Sandoval (Siglo XXI y Txalaparta), la de Íñigo Jáuregui (Capitán Swing) y la de Ángel Pumarega (Renacimiento). Otra diferencia, el verbo: estremecer, sacudir, conmover... y pelearse por la atención del comprador.  

Desde las trincheras

La memoria de 1917 genera de todo excepto consenso. "La verdad", denuncia Daniel Moreno, "es que, exceptuando casos historiográficos puntuales (E. H. Carr o su discípula Sheila Fitzpatrick), en los relatos contemporáneos sobre la Revolución rusa, como pasa con otros episodios históricos relevantes, abundan las falsificaciones históricas deliberadas y mal intencionadas que terminan por deformar nuestra percepción". Editar aquel octubre supone un conflicto: ¿cómo evitar los discursos de parte? ¿Hay que buscar la objetividad en la edición? Las respuestas son, claro, de todos los colores. 

 

"Alianza desde sus comienzos siempre ha sido una editorial muy abierta en ese sentido", apunta Ciompi, antes de precisar: "Es una editorial fundada por editores progresistas [por Jesús Ortega Spottorno, también en los inicios de El País], por supuesto, pero no hay una dirección ideológica en lo que se publica". Akal queda bastante más a su izquierda y Rodríguez no teme mojarse: "Intentamos ser consecuentes con nuestra línea y buscar un análisis que trate la efeméride con justicia". Miéville, por ejemplo, se define como marxista y su Octubre está entregado a la revolución. Capitán Swing se lanza al claro relato de parte con Historia de la Revolución rusa, de León Trostki. Y la apuesta de la editorial Debate por Pipes es también una elección ideológica. 

¿Cómo justificar estas decisiones? Daniel Moreno las defiende: "[Ni Trotski ni Reed] fueron neutrales, se mofaban de la imparcialidad, pero supieron combinar como ningunos otros el partidarismo con el proceso que se estaba viviendo con la rigurosa objetividad. Había en ambos el anhelo del revolucionario de hacer historia y el impulso del escritor para describirlo y captar su significado". Aquí habría que sumar la narración de Rosa Luxembugo. ¿Sirven como visión global de aquel octubre? Seguramente no, pero el editor considera que los clásicos son los "mejores antídotos" frente a las mentiras históricas. Un momento: ¿cualquier clásico? Alianza publica dos títulos que se engloban dentro de los hechos de 1917 pero que son, en realidad, muy posteriores: Regreso de la U.R.S.S., el relato en primera persona de André Gide publicado en 1936, y Medianoche en el siglo, de Serge, ambientado en la Unión Soviética de los cuarenta. Ambos son historias de desengaño ante el terror de Stalin. ¿Deberían presentarse como inevitablemente unidos ambos relatos? "Una cosa es que el momento revolucionario aguante una narrativa histórica y otra cosa es que no se haga un análisis crítico de su evolución", apunta Rodríguez. 

 

Especialmente sonada fue la publicación de la obra del abiertamente anticomunista Pipes, en 2016. Una obra publicada cuando aún no se había asentado el polvo tras la caída del Muro de Berlín y con los documentos soviéticos todavía bajo secreto que llegaba a España por primera vez casi 30 años después. "Pipes es polémico como historiador y como personaje por su papel en la administración Reagan. Pero nadie niega la importancia de su obra. Fue una decisión sencilla", explica Miguel Aguilar. Aunque Rodríguez no se calla sus críticas: "Es un libro que hoy, fuera de España, está muy desprestigiado. Que Pipes tenga reseñas y buena acogida da una idea del mercado en el que se recibe". La elección de Sean McMeekin como complemento de Pipes en Taurus, de la que también se encarga Aguilar, es una apuesta actualizada pero del mismo signo: el autor de Nueva historia de la Revolución rusa tiene como mentor al nonagenario. 

¿Cómo queda este puzle, este trabajo colectivo involuntario? ¿Tienen los lectores españoles acceso a una variedad suficiente de títulos? El veredicto general es positivo, pero con todos los matices. Rodríguez es, de nuevo, el más crítico: "¿Se ha publicado en España todo lo que tenía que publicarse? No. Y se priman a menudo obras mediocres de autores conocidos, incluso de algunos que no son ni mucho menos especialistas, que obras punteras de desconocidos". Tanto Ciompi como Moreno se quejan de que la dedicación en prensa ha sido "superficial" y, defiende el responsable de Capitán Swing, "muy reaccionaria y conservadora en el tratamiento". Y la primera lanza una idea siempre aterradora: "El panorama editorial español tiene una variedad, una diversidad y una profundidad magnífica. Otra cosa es que tengamos lectores suficientes". Ahora, en cualquier caso, la revolución es suya. 

 

¡Que viva John Reed!

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