'La brigada de la cocina', el film que no le gustará a Vox: un grupo de 'menas' enseña que la diversidad es riqueza

Los menores atienden con interés a la chef

La cocina es memoria en el tiempo y la distancia. Un buen plato cocinado como siempre es un cable a tierra que no se sabe dónde empieza, pero sí donde termina. Porque puede cocinarse en cualquier lugar de la galaxia, eso da igual, pero siempre tiene un destino final: aquella primera vez, en aquel preciso lugar, en ese momento pasajero que dejó de ser cuando el plato quedó vacío. 

Sobre esa premisa se levanta La brigada de la cocina, película francesa que llega a los cines españoles el 17 de junio con dirección de Louis-Julien Petit y protagonizada por Audrey Lamy con François Cluzet. Una comedia social que apuesta por la integración a través de la chef más improbable, con el equipo menos experimentado sobre la faz del planeta Tierra: los internos de un centro para menores no acompañados.

Y, como suele ocurrir, todo es resultado de una carambola que nadie imaginó antes de golpear la bola blanca. Porque ahí está como catalizador Cathy Marie, una estricta chef que, cuando está a punto de cumplir su sueño de abrir su propio restaurante gourmet, sufre un revés que hace que nada salga como había planeado. 

Con serias dificultades económicas a sus espaldas, acepta con reticencia un trabajo en la cafetería de un centro para menores inmigrantes. No parecía que fuera a ser así pero, poco a poco, habilidades de Cathy y su pasión por la cocina comienzan a cambiar la vida de los chicos, que también tienen mucho que enseñarle a ella.

"Cuando hablo de cocina no se trata de excelencia, sino del saber familiar", señala a infoLibre Louis-Julien Petit, quien defiende que es la variedad de etnias y culturas la que aporta la "riqueza". "Todos estos jóvenes son desarraigados, perdieron sus raíces, como la propia Cathie. Pero es que todos somos iguales ante un plato de comida. Todos somos iguales ante esta vida llena de violencias sociales", añade.

Es todo un proceso de aprendizaje para la cocinera, huérfana que vivió en un centro de acogida hasta los 16 años. Desde su desconcertante presente recuerda el pasado sobre el que pretendía levantar un futuro que ahora ya no sabe si podrá ser. Pasa así del "individualismo más exacerbado al altruismo total", pues se convierte finalmente en una "gran chef gracias a su brigada".

Un equipo entregado porque no tiene nada que perder y que está representado en la gran pantalla por auténticos inmigrantes que necesitan encontrar un trabajo o una titulación antes de los 18 años para no ser repatriados. "No pensaba que fuera tan difícil vivir aquí", dice en una escena del film uno de los muchachos después de someterse a una prueba ósea para determinar su edad (no es menor y es, por tanto, expulsado).

"Este problema toca a cientos de menores. Espero que veamos a estos jóvenes de forma más positiva y las cosas mejoren social y humanamente", lanza el cineasta, quien en esta cinta muestra una cara de estos chicos al dejar que hablen y cuenten su realidad sin maquillar. "Ellos ponen su verdad al servicio de la historia", añade.

El objetivo último de La brigada de la cocina es, según su director, "mostrar que la diferencia es la riqueza". "Estos jóvenes llegan con un saber diferente al nuestro y pueden aportar muchísimo", afirma, asegurando de paso que la gastronomía tiene "valores universales" que nos unen y están relacionados con la familia y esa transmisión del saber en una "sociedad cada vez más dura".

También vemos durante esta historia el germinar de una "esperanza" que nace en el momento en el que la protagonista abandona el individualismo imperante y se entrega al grupo. "La esperanza nace del grupo", asegura Petit, quien se refiere a los migrantes como "combatientes modernos que te hacen preguntarte por la desobediencia civil". 

Y prosigue: "Creo sinceramente en la sociedad civil y en la acción civil. Al final de la película aparece un número de teléfono real que yo compré dos años antes de rodar la película y se lo di a una asociación que hace de puente entre gente que enseña y menores no acompañados que quieren aprender. Cuando se estrenó en Francia esta película hubo más de 5.000 llamadas".

No es de extrañar, por tanto, que Petit opine que el cine "puede actuar y hacer algo" por un mundo mejor. "Puede cambiar la mirada", remarca, al tiempo que recuerda que cuando hizo Los invisibles (2019) de pronto se abrieron centros "para proteger a las mujeres sin techo". "Ahí hay acción civil y no soy el único. A veces es mejor una buena película que una mala ley", subraya.

"Nos cuesta comprender la imagen de El Dorado europeo, somos franceses y españoles, estamos seguros", apunta el cineasta antes de rematar: ""Pero estos jóvenes que no tienen ninguna seguridad, que no han tenido acceso a la educación, vieron en la televisión la riqueza a la que estamos acostumbrados. Somos El Dorado pero la puerta está cerrada. La famosa Francia como tierra de acogida ya no existe. Y Francia fue un país de acogida. Y lo es, pero también es un país cada vez más nacionalista, como se ha visto en las últimas elecciones".

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