CINE
De ‘Camera Café’ a ‘Aída’: por qué la vieja sitcom le está dando al cine español sus mejores comedias
Si parte del Gobierno de Aznar enmarcó dentro de la televisión española la exitosa emisión de Médico de familia en Telecinco, durante las dos legislaturas de Pedro Sánchez nos ha tocado sufrir en cines la saga Padre no hay más que uno. Las películas dirigidas y protagonizadas por Santiago Segura son tan horrendas, fundamentalmente, a causa de una digestión poco afortunada de lo que había querido ser en su día la producción de Emilio Aragón: un espacio de esparcimiento perfectamente aséptico para un público generalista, en su expresión más homogénea y calculada. A través de una familia numerosa, un chalé, product placement a porrillo y risas enlatadas.
Solo que las películas de Segura no tenían esto último. Y puede ser lo más irritante de las mismas. Las cinco películas de Padre no hay más que uno han intentado abrazar el formato de la sitcom a nivel de escritura y realización, sin rendir del todo en ningún apartado y condenando a los actores a hacer pausas incómodas entre su batería de chistes esperando, tensos, una risa que solo puede llegar desde salas lejanas. Aprovechando los nuevos vientos reaccionarios Segura se ha atrevido a apartarse de esta saga para volver a otro tipo de escenario familiar —al parecer Torrente presidente se estrena en marzo—, pero el que Padre no hay más que uno se haya convertido ahora en una serie de Atresmedia vuelve a ilustrar el fortísimo arraigo de la sitcom en la comedia española.
Y es un arraigo que, contra todo pronóstico, tiene su dignidad estética. Nadie podría pensarlo tras cinco películas de Padre no hay más que uno y cien de Leo Harlem, pero hay una escena muy bella en Aída y vuelta donde Carmen Machi así lo defiende.
Ante las dificultades de su sustituta por que le entren las líneas, Machi (interpretándose a sí misma) explica que la clave de una sitcom está en el ritmo. Es como un baile. Hay que darle musicalidad a los chistes, dejar que las carcajadas del público guíen el recital. La tranquila sabiduría de Machi evidencia tradición teatral y pasión por el género, valores que la última comedia española suele despreciar pero que se pueden reconocer en Aída y vuelta. Por mucho que sea un artefacto meta que recrea el rodaje de un capítulo de una sitcom que concluyó hace más de 10 años.
Una pausa para el café
Paco León se la ha jugado, hasta cierto punto, con la película de Aída. Quien interpretara al Luisma durante la integridad de la sitcom española más longeva de la historia ya había empezado a juguetear como cineasta con las reglas de la realidad y la ficción en pleno desarrollo de la serie, cuando pudo alternarlo para hacer Carmina o revienta. Así que la idea de regresar a Aída con un ejercicio de cine dentro del cine (o tele dentro del cine) se ajusta a sus intereses, pero está por ver si a los del público. Aída fue un éxito de audiencia de principio a fin. Tiene una base de fans muy nutrida, que quizá se espera algo más continuista con una película basada en la serie.
La gracia del punto de partida de Aída y vuelta es que imagina que la serie original nunca terminó su emisión en Telecinco. Es una ucronía donde ni siquiera Carmen Machi llegó a abandonar la serie a la que daba nombre su personaje —esto sucedió en 2009, teniendo que reemplazarla en importancia su hija en la ficción, Soraya (Miren Ibarguren)—, sino que se mantuvo al frente del reparto, con unas ganas crecientes por largarse que en la película han estallado del todo. Aída y vuelta se ambienta en 2018, centrándose en el rodaje del episodio que Machi espera que sea el último que protagonice, entrelazándose su exasperación con todo tipo de subtramas y conflictos.
Todos los intérpretes de Aída y vuelta (los intérpretes de la serie original) se interpretan a sí mismos, de forma que hablamos de un regreso al ficticio barrio de Esperanza Sur entre bambalinas, no especialmente nostálgico. El humor típico de Aída —el humor de sitcom consistente en réplicas mordaces y varios chistes verbales por minuto— se limita a lo que hacen los actores en el set, así que no le queda otra que distinguirse de la mayor parte de eventos seriéfilos que ha acumulado el audiovisual español en los últimos años. No tiene mucho que ver con los regresos de El internado, Física o química o Los hombres de Paco, aunque sí se parece bastante al de Camera Café.
Estos eventos han consistido por lo general en nuevas tandas de episodios y ya desde ahí se desmarcan tanto Aída y vuelta como Camera Café, porque en ambos casos hablamos de largometrajes destinados a cines. Camera Café: La película se estrenó en 2022. Y, al igual que Aída y vuelta, también se distanciaba de la ficción original desde el mismo estilo humorístico y el hecho de que sus impulsores no fueran exactamente los mismos que los de la serie previa. Aunque no había una distancia tan drástica como parecía. Pepón Montero y Juan Maidagán —que hoy triunfan con Poquita fe— ya habían probado a hacer un spin-off de la serie donde ambos habían debutado como guionistas, alrededor de aquel personaje interpretado por Arturo Valls.
Los del túnel (2017) es una comedia clave de nuestro cine por muchas razones. Nos interesa en especial la forma en que tomó a un personaje de sitcom que había escalado a icono sociocultural —Valls como el cuñao prototípico— para hacerle protagonizar una historia que pusiera en tensión todos sus resortes ideológicos y emocionales. Montero y Maidagán no se involucraron en la posterior película de Camera Café —en favor de los chanantes Joaquín Reyes, Ernesto Sevilla y Miguel Esteban—, pero esta estrategia fue replicada al recuperar al Quesada de Arturo Valls. De forma que Camera Café quiso distanciarse de la serie a nivel psicológico, jugueteando con otras gramáticas de humor, y no quedándole otra que alejarse de su público objetivo.
La película de Camera Café fue, en líneas generales, una felicísima gamberrada. Aída y vuelta tiene un talante parecido por cómo ansía despegarse de los imperativos de la nostalgia, aunque a cambio alardea de una preocupación por repensar el formato sitcom con el que logra igualmente ser satisfactoria. Y desde terrenos más reconocibles de lo que pudiera parecer.
Una carta de amor a la sitcom
Sucede, para empezar, que el capítulo que ruedan en Aída y vuelta es… ¿bastante gracioso? Es el capítulo que León ha dejado disponible en Internet para después de ver la película y que está dialogado con una soltura fenomenal, capaz por sí sola de mover la añoranza por ese formato que justamente aterrizó en España con 7 vidas, la “serie madre” de Aída. Claro está, si en la película resuena tanto este capítulo ficticio es porque nos estamos sumergiendo totalmente en su desarrollo. Atendiendo a la lectura de guion, los ensayos, los cambios, las grabaciones accidentadas mientras llegan noticias alarmantes de lo que la cadena piensa hacer con Aída…
Aída y vuelta no busca ser tanto un artefacto posmoderno que reflexione sobre el fenómeno Aída —algo de eso hay, sobre todo en los encuentros del reparto con transeúntes en las inmediaciones del set—, como una cariñosa remembranza de lo que era trabajar en Aída. Por eso, vista la película, da tanta pena que Ana Polvorosa (la Lore) no quisiera volver, o que haya intérpretes sin demasiado que hacer (Pepe Viyuela como Chema) en el argumento coral que han orquestado León y Fer Pérez. Este último, uno de los guionistas originales de Aída, cuya presencia refrenda la escrupulosa continuidad que hay entre un proyecto y otro (a diferencia de Camera Café).
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Es esta inmersión en el trabajo y esta dignificación del día a día —con las charlas en la cafetería, los rifirrafes con el equipo de guionistas o los miembros del equipo técnico con quienes se labra una inevitable amistad—, desde las cuales se entiende en su totalidad la propuesta cómica de Aída y vuelta, incluso cuando León quiere probar a tratar temas más controvertidos. Encaramándose a 2018, con el inicio de la legislatura de Pedro Sánchez y los aparentes albores de un nuevo país —queda un año para la primera Padre no hay más que uno—, la película aprovecha para ironizar sobre la actualidad política (de entonces) en una subtrama con el Ministerio de Cultura involucrado y otra que alude al acoso sexual, enfangado con sus proyecciones mediáticas.
Aída y vuelta bien puede derrapar en este asunto por lo habitual en este tipo de ficciones —la necesidad de muñecos de paja, estilo la cancelación o la corrección política, para que fluya la burla—, al mismo tiempo que acierta al cobijar este conflicto dentro de un escenario laboral.
Porque aquí lo que percibimos sobre todo es gente que dialoga y duda, a la que ha marcado una concienciación progresiva que pasa por nuevo sentido común. Lo que nos lleva, de vuelta, al linaje de sitcoms masivas. De Médico de familia a Santiago Segura. Ficciones populistas, sin duda, a las que también pertenecía la Aída original, y ficciones que perseguían el éxito probando a diagnosticar el sentido común de la sociedad española. Frente a todo esto, lo mejor que se puede decir de Aída y vuelta es que ha tenido el sentido común de simplemente hacer una buena comedia.