‘Thor: Love and Thunder’: un divertimento veraniego y ochentero al estilo Marvel, es decir, sin sustancia

Fotograma de la película 'Thor: Love and Thunder'.

El Universo Cinematográfico Marvel debe de ser a estas alturas la saga más longeva de la historia del cine. Llega ahora la 29ª entrega y no hay señales de agotamiento en el público ni intención alguna de parar por parte de Disney. ¿El secreto de su éxito? Son películas tan insípidas, tan acomodadas en sus propuestas, tan formulaicas y repetitivas, que no molestan a nadie. Es el triunfo de la narrativa seriada, precisamente en la era de las series, que ha convertido a cada nueva película de Marvel en una cita supuestamente ineludible, como quien acude a la comida familiar de los domingos. Algunos lo hacen con gusto, otros por inercia.

No hay nada escandalosamente negativo que decir de Thor: Love and Thunder. Tampoco nada extremadamente positivo. Es lo que es, sin más y, desde luego, sin menos: una película de aventuras con humor familiar y muchos colorinchis. Está llena de caras conocidas, muchas de ellas gracias a Marvel, que ha logrado crear una cantera de estrellas como Chris Hemsworth: caen muy bien en redes sociales pero jamás venderán entradas de una película fuera del mundo de los superhéroes.

Taika Waititi, director de Hunt for the Wilderpeople y JoJo Rabbit, tiene el honor de ser uno de los pocos cineastas que realmente están haciendo películas personales dentro de Marvel. Él y James Gunn han sabido imprimir sus personalidades con tanta fuerza en sus “sub-sagas” (Thor y Guardianes de la Galaxia, respectivamente) que han acabado teniendo mucho peso sobre el resto de la franquicia. Casualmente son dos estilos bastante parecidos, marcados por un sentido del humor gamberrete pero con buen fondo, cierto regusto progresista y un gran cariño por sus personajes. Con su perspectiva Waititi logró salvar de la quema al personaje de Hemsworth, que antes tuvo dos películas muy distintas, una de ellas, Thor: El mundo oscuro, realmente infumable.

La sinopsis es la de siempre: Thor tiene que enfrentarse a un enemigo que tiene muy malas ideas y está interpretado por una gran estrella (de las de verdad) muy retocada con animación digital (en Thor: Ragnarok era Cate Blanchett, aquí es Christian Bale). Para poder hacerle frente tendrá que recurrir a un par de aliados con los que se lleva bien pero tiene algún tipo de tensión y viajará por algunos escenarios vistosos, todos ellos diseñados por ordenador (es mejor ver las películas de Marvel directamente como si fueran de animación, a menudo los actores ni siquiera han grabado sus escenas juntos). Al final, Thor derrotará a su enemigo y descubrirá algo de sí mismo.

El villano de Bale es un hombre que se propone eliminar a todos los dioses cuando descubre que el que venera no es más que un comilón holgazán que le desprecia como a una rata. Es un punto de partida jugoso planteado en un prólogo bastante interesante, pero no lleva a ningún lugar significativo. Su misión está ahí solo para enfrentarlo a Thor, que no reflexiona en ningún momento sobre las ramificaciones morales de lo que su antagonista persigue. Eso conllevaría provocar en el público algún tipo de dilema o conflicto, algo que no interesa a Marvel.

Lo más disfrutable de la película es Natalie Portman, que vuelve a interpretar a Jane Foster nueve años después de El mundo oscuro tras haber desaparecido de la saga sin mucha explicación, esta vez con más protagonismo. Foster tiene cáncer y no parece que vaya a poder curarse, al menos con la ciencia terrícola. Su solución puede que esté en los poderes del hombre que una vez amó. Waititi, que también firma el guion, añade un segmento en el que se nos cuenta mediante un flashback qué ocurrió entre Thor y Jane; es probablemente la trama romántica de mayor peso en casi 15 años de películas, o a la que más tiempo se dedica en pantalla (eso sí, sin que se vea o intuya una dimensión sexual, porque como bien dijo Almodóvar, en Marvel no hay sexo a pesar del uso del explosivo desnudo de Hemsworth, expuesto con una mirada infantiloide y jocosa). También está aquí la que con toda seguridad sea la conversación más larga entre dos mujeres de toda la saga, entre Jane y la Valquiria de Tessa Thompson.

Si todas las películas de Marvel tienen que tener un signo distintivo, el de Thor: Love and Thunder es su espíritu ochentero. Desde la música, con Sweet Child O’ Mine de Guns N’ Roses como máximo exponente, hasta el diseño de algunos de los monstruos, parecidos a los Fraggel Rock, o a las sombras malignas que acompañan al villano, todo está diseñado para apelar a la nostalgia de los años 80, algo que los títulos de crédito finales terminan subrayando.

El humor de Waititi, impulsor de series como Lo que hacemos en las sombras (basada en su película del mismo nombre), Nuestra bandera significa muerte o Reservation Dogs, es un arma de doble filo. Es imaginativo e impredecible, y sus gags absurdos pueden acabar convirtiéndose en tramas o parte de la mitología (como esas cabras gritonas), pero su dimensión paródica puede acabar agotando y expulsando del relato, sobre todo por el abuso que hace de él.

Pero Thor: Love and Thunder compensa todo eso, y una gran falta de sustancia, con un enorme cariño por sus personajes y un emotivo final. No es más que un divertimento veraniego, y puede que no tengamos por qué exigirle más.

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