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'¿Cómo conversar con un fascista?'

Cómo conversar con un fascista, de Marcia Tiburi.

Marcia Tiburi

infoLibre publica un extracto del ensayo ¿Cómo conversar con un fascista?, de la filósofa brasileña Marcia Tiburi, editado por el sello Akal. Con el subtítulo de Reflexiones sobre el autoritarismo de la vida cotidiana, este libro publicado originalmente en 2015 está tristemente de actualidad. No sorprende tampoco que llegue desde un país gobernado ahora por un presidente de ultraderecha como Jair Bolsonaro. 

Frente a la duda razonable —¿es posible conversar con un fascista?—, Tiburi "reivindica el diálogo como una guerrilla metodológica", según explica el traductor, Jesús Sabariego. La filósofa reflexiona, a lo largo de 46 breves capítulos (el volumen tiene 169 páginas), sobre el poder de la conversación para construir "una subjetividad democrática". Aquí, analiza uno de los enemigos de este proceso, un autoritarismo discursivo que anula cualquier capacidad de reflexión y de encuentro con el otro. 

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  Coronelismo intelectual

 

Podemos llamar “coronelismo intelectual” a la práctica autoritaria en el campo del conocimiento. Un campo extenso, que comienza en la investigación científica universitaria y se extiende por la sociedad en su conjunto, desde los medios de comunicación hasta el básico botiquín en el que las ideas entran en juego. Coronelismo intelectual es la postura de repetir hasta el agotamiento ideas ajenas. La reflexión sólo dificulta, por eso se evita.

Encarnación de prepotente elocuencia, la paradoja del coronelismo es alimentar un orden colectivo de silencio en el que el debate no existe, el culto a la verdad acabada o a la ignorancia es la regla, así como la apología del gesto de hablar sin decir nada, que culmina en el discurso vacío y perverso de las habladurías, versión popular del eruditismo —ambos parten del consumismo de lenguaje en boga—. No hay mucha diferencia entre la barra del bar y la mesa redonda de los académicos, que parafrasean a cualquier filósofo clásico apenas por amor al fundamentalismo exegético.

Mientras se habla sin decir nada, ayudados por el periodista que repite lo que se entiende por la sacrosantificada “información”, mercancía de la contrarreflexión actual, los coroneles pueden comentar que los otros no saben nada y practicar el “discurso verdadero” en sus artículos, estilo “más de lo mismo”, moneda cadavérica con la que se llena el cofre de las harramientas de medición de productividad académica en nuestros días.

Lamentablemente, el coronelismo intelectual sigue siendo fuerte en la filosofía y las ciencias humanas, en la verdad de los especialistas tanto como en la de los ignorantes, apenas separados por una titulación o por la falta de ella. Profesores y estudiantes, sabios y legos, todos se sirven metodológicamente de los frutos de ese árbol podrido. La práctica del pensamiento libre que se autocritica y, consciente de su inconsciencia, busca su propio proceso de autocreación, tal vez sea la contraverdad capaz de cortarlo por la raíz.

He ahí la cultura del lacayo intelectual, del buen servidor siempre dispuesto a la reproducción de la misma. En ella, la buena oveja especializada en firmar las verdades del señor feudal, que un día las emitió en un ritual de sacralización, ya no es fácil de distinguir del lobo. La semejanza entre el pelota, el creyente y el líder paranoico que le guía, revela la verdad del mimetismo. Los seguidores de los líderes de rabo entre las piernas ladran para mostrar que aprendieron bien el refrán. Agitan las alas alrededor de la bombilla esperando que ésta también se quede donde está; de lo contrario, no sabrían lo que hacer.

Las consecuencias del coronelismo, en un país de antipolítica y antieducación generalizadas como Brasil, son aún más graves que el miedo a pensar. Es el hecho de que ya no se piensa más. La ausencia de debate no refleja el miedo a exponer ideas, sino la falta de éstas. La inacción es el corolario de la imposibilidad de cambiar, porque el campo de las ideas en el que surge la vida ya fue socavado. El coronel ríe a solas ante la imposibilidad de cambios, pues ama el monocultivo, la monocultura, mientras que odia el cultivo de ideas diferentes o de ideas ajenas. El autoritarismo intelectual no está hecho meramente de odio al otro, sino de la envidia de la exuberancia creativa en otro territorio, en otra experiencia de lenguaje. Conservadurismo es su nombre de pila.

El coronelismo no es simplemente la zona gris en la que no podemos distinguir al ignorante del culto, sino la política generalizada interiorizada por todos —salvo excepciones— debido a la letal desubjetivación académica de la que somos tanto víctimas como verdugos y que, en el campo del saber general, surge como robotización y plastificación de las personas entregadas como zombies a los mecanismos del sinsentido generalizado que, es preciso observar, debe ser aparentemente deseable por la pretendida libertad de cada uno.

Frente a la esclavitud intelectual, sólo un contradeseo puede generar emancipación. La práctica de la invención teórica, la libertad de la interpretación y de la expresión, nos obligan a ir contra los ordenamientos de la dictadura micrológica de lo cotidiano, donde la ley magna reza “prohibido pensar”. Como puede verse, la dirección parece que, en la actualidad, únicamente se encuentra en desviarse de los caminos dados.

"El Valle de los Caídos es un símbolo del desprecio a las víctimas labrado en piedra"

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