Teatro

Homero rejuvenece

Ensayos de 'Proyecto Homero', de La Joven Compañía.

En esta nave industrial de Carabanchel, en Madrid, no se venden y reparan aparatos de aire acondicionado industrial, por mucho que lo prometa la placa oxidada de la entrada. Aquí, si acaso, se descongela a Homero. Es la sede de La Joven Compañía, que desde 2012 se dedica a hacer teatro hecho para adolescentes y por creadores de entre 18 y 25 años. Y ahora se han propuesto hacer de la Odisea y la Ilíada Odisea Ilíada relatos vivos que entusiasmen a los más de 7.000 espectadores noveles que han reservado ya su entrada. Lo hacen con Proyecto Homero (en el Teatro Conde Duque del 5 al 30 de abril), que conjuga las versiones que los dramaturgos Alberto Conejero (La piedra oscura, Cliff) y Guillem Clua (Cenizas, La piel en llamas) han hecho de los textos griegos en su espectáculo más ambicioso hasta la fecha. 

Pasear por la cueva de la compañía da una idea del bullicio creativo en el que se encuentran. Aquí han tenido que improvisar un almacén de vestuario, allí se perfila la escenografía —una plataforma giratoria y una bancada móvil que superan en complejidad a todo lo que han ideado anteriormente— a la vez que dos actrices entrenan la voz, y en el salón más amplio, que con su aire clandestino y descuidado bien podría ser el set de El club de la lucha, la hechicera odiséica Circe se arranca a cantar Feeling good.  Hay espacio para los 52 jóvenes creadores que, desde el vestuario a la actuación, están detrás de las cinco obras que han estrenado hasta ahora (Fuenteovejuna, Invasión, Punk Rock, El señor de las moscas y Hey Boy Hey Girl) y para el equipo de profesionales consagrados que les orientan, desde el director, José Luis Arellano, al iluminador Juanjo Llorens o el diseñador de videoescena Álvaro Luna

El Proyecto Homero supone un más difícil todavía. Son dos textos independientes, dos obras representadas por los mismos 14 actores que, juntas, superan las tres horas de duración. Por si fuera poco, dos de sus piezas, Hey Boy Hey Girl (versión de Romeo y Julieta firmada por Jordi Casanovas) y Fuenteovejuna (versión de Juan Mayorga) continúan de gira. La nueva producción es, además, la primera que adapta un texto no teatral a la escena (con El señor de las moscas tomaron la versión de Nigel Williams). Y no hace falta decir que no todo el mundo se atrevería con los 27.000 versos que suman los dos poemas homéricos. "No estamos bien de la cabeza", dice entre risas Arellano, en un descanso del ensayo que les tendrá durante ocho horas metidos en la nave. La elección de las obras viene de un doble desafío. Primero, acercar estas "historias fascinantes" a unos jóvenes que "cuando escuchen Homero van a resoplar". Segundo, convencer a esos adolescentes que hablan de Europa "con mucha decepción" de que el continente "tiene muchas luces, aunque a ellos solo les hayan llegado las sombras"

Parece que la osadía les funciona. Estuvieron nominados en la última edición de los premios Max de artes escénicas, y se hicieron con el galardón El Ojo Crítico de teatro de RNE. El miércoles, en medio del estrés de tener que montar "a toda leche", hay un momento de jolgorio. La compañía recibe la noticia de que el Ayuntamiento de Madrid baraja seriamente firmar un acuerdo con ellos para adoptar el proyecto, convertirlo en un centro de formación y producción permanente que acogería a "80.000 jóvenes al año", y darles como sede el Centro Daoiz y Velarde, hoy vacío. Esto permitiría que ampliaran el número de jóvenes contratados, ahora que han logrado emplear a gran parte de ellos durante todo el año: "Que no se tengan que ir fuera, que esto les dé más opciones. Puede sonar mercantilista, pero es una satisfacción darles trabajo", apunta el director. Por ahora, seguirán en su nave de Carabanchel, y representando en el inmenso espacio (prácticamente vacío) de Conde Duque. 

Pero hay que volver al ensayo. Quieren lograr que estos cuentos escritos hace 2.800 años resuenen en las cabezas de adolescentes de entre 12 y 18 años como si fueran suyos. Porque todos piensan en ellos: los alumnos de instituto que llenan las sesiones matinales de la compañía conducidos por un grupo cada vez más numeroso de profesores de literatura encandilados por el proyecto. "Tendemos a pensar en los adolescentes como si fueran tontos. Pero salen de las funciones diciendo 'Pues a ver si veo esa, la de Fuenteovejuna", apunta Arellano. Hay, además, sesiones de tarde para el público que pasa de los 18, y los sábados hacen un redoble de tambores y representan las dos obras seguidas para los más valientes. Entre jóvenes y adultos, la compañía ha sumado más de 28.000 espectadores en la pasada temporada, y un centenar de funciones. 

La Joven Compañía tira del sello que ha fidelizado a su público: un trabajo físico, eléctrico, especialmente preocupado por mantener el ritmo y por usar de manera espectacular elementos esencialmente teatrales. Ahora ensayan la escena en la que Circe transforma a los marineros de Ulises en cerdos, en la que la hechicera seduce al héroe mientras este trata de engañarla. El montaje une jazz, danza, risas y forcejeos convirtiendo el poema en algo sorprendentemente fresco. Pero el equipo se ha propuesto profundizar también en el uso de la palabra, en los niveles del texto, que pasa de lo narrado a lo actuado, de la ficción al comentario sobre la ficción. "Ellos", dice el director refiriéndose a sus actores, "necesitan cada vez más elementos, expanden su capacidad artística". Algunos de ellos participan en el proyecto desde su inicio y están ya en la barrera de tener que abandonarlo. Otros acaban de entrar en él, pero todos se hacen "mayores" creativamente. 

Clua y Conejero han querido honrar la inteligencia de actores y público manteniento el "registro poético" de Homero, aunque no hayan conservado el verso. "Hemos trabajado un lenguaje contemporáneo, accesible, pero también lírico", dice el primero, responsable de la Ilíada y de Invasión, una de las primeras obras representadas por la compañía. "Los jóvenes están preparados para el lenguaje rico de Homero, para ese aluvión de imágenes", completa el segundo, a cargo de la Odisea. Pero, además de ese respeto al espíritu del texto original, ambos han tenido que afilar sus herramientas para abordar dos obras "con las que se ha hecho de todo y desde todos los ángulos", en palabras de Clua. 

El catalán tenía una misión: "Los chavales tienen que entrar en esta historia, fascinarse con ella y salir de ahí flipando, como si hubieran visto el gran blockbuster". Para ello, comienza prescindiendo de los dioses que intervienen en la guerra de Troya —ya lo hizo Baricco, por ejemplo, en su adaptación—, para "no alejar al espectador de esta historia de grandes pasiones humanas". Y añade: "Era más interesante pensar qué está dispuesto a hacer un hombre que cree en un dios, que cuando un dios se lo ordena". Además de este acercamiento lejano a los conflictos que asolan Oriente Medio, su Ilíada se centra en aquello que la épica de Homero transparenta solo en ocasiones: las consecuencias de la guerra. "Cambian las armas, pero no los verdugos ni las víctimas", señala el dramaturgo. 

Tanto él como Conejero se han puesto de acuerdo, además, para dar otra capa de profundidad a los intérpretes. Los 14 jóvenes interpretan a personajes, pero también se convierten en narradores... y en sí mismos, comentaristas de la propia obra, interrumpiéndola o juzgando la actitud de Ulises, Aquiles o Helena. "Funcionan como coro", explica Clua. "Los actores no desaparecen, son ellos los que hablan, desde su propio lugar", completa Conejero. 

Él ha optado por dar peso en su Odisea a un personaje del que se suele prescindir y que el propio Homero olvida a lo largo de su relato. Es Telémaco, hijo de Ulises, que sigue las huellas de su padre con una edad cercana a la de los actores y espectadores de La Joven. Por eso, en medio de la sucesión de aventuras que es el poema, Conejero se interesa especialmente por el viaje de crecimiento de Telémaco. Si Ulises hace un recorrido físico de regreso al hogar, su hijo hace uno "más metafórico", el de la búsqueda de "su lugar en el relato". El mismo que realizan los intérpretes que dan vida al héroe, a Polifemo, a las sirenas: todos ellos tratan de "encontrarse a sí mismos" como profesionales (y, seguramente, como personas). Por eso, el dramaturgo ha osado hacer un añadido a la Odisea: al final, Telémaco también emprende su viaje. Y toma a Constantino Cavafis para recordarlo: "Cuando emprendas tu viaje a Ítaca/ pide que tu camino sea largo,/ lleno de aventuras, lleno de experiencias".

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