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Teatro

Lavado de cara para Maquiavelo

Fernando Cayo en 'El príncipe de Maquiavelo', dirigido por Juan Carlos Rubio en los Teatros del Canal.

"Un enemigo bien elegido conviene a un buen gobernante". "Más te vale conservar la amistad de los poderosos, amigo mío". "¡Cuánta confianza se logra mediante la religión bien empleada!". "A los hombres les importa menos ofender al que se hace amar que al que se hace temer". "Es menester que el que toma un Estado ejerza los actos de crueldad inmediatamente, a fin de no estar obligado a volver a ellos todos los días". Por sentencias como estas, Nicolás Maquiavelo (1469-1527) no ha gozado de gran popularidad... o lo ha hecho como un calculador, frío y, ejem, maquiavélico asesor político.

Para resituarle en la memoria colectiva como un pensador en busca de la virtú, pero también para aprovechar sus enseñanzas en época de terremotos políticos, el director y dramaturgo Juan Carlos Rubio y el actor Fernando Cayo han decidido llevar al florentino a escena en la obra de título autoexplicativo El príncipe de Maquiavelo (hasta el 8 de noviembre en los Teatros del Canal de Madrid). No lo componen solo fragmentos de la obra más conocida del autor: el monólogo interpretado por Cayo durante 70 minutos incluye fragmentos de Discursos sobre la primera década de Tito Livio, El arte de la guerra, La Mandrágora y su correspondencia personal. 

"Es completamente premeditado que el espectáculo se estrenara en este año electoral y pasar por Madrid antes del 20 de diciembre", explica Rubio (Las heridas del viento, Humo, Arizona). Han previsto, incluso, convertir el teatro en hemiciclo cada viernes celebrando encuentros con el público e invitando a un político español cada semana. El primero que ha comentado las enseñanzas de este poderoso consejero venido a menos ha sido el exdiputado de UPyD (y actor) Toní Cantó.

"No es una crítica contra ningún partido político", se apresura a aclarar el director cuando se le pregunta si no habrá levantado alguna ampolla su apuesta por este texto, que evidencia las oscuras costumbres de ciertos gobernantes. "El Príncipe ha sido el libro de cabecera del Che, pero también de Napoleón, de las dictaduras fascistas y de los liberales modernos", puntualiza Cayo. Y si tantos han acudido a sus enseñanzas, ¿a qué esa mala fama? El actor reflexiona: "Es verdad que los que más se han ufanado de utilizar las ideas de Maquiavelo han sido políticos... maléficos. Pero también monarcas de los considerados buenos le han tenido en la mesilla".

En cualquier caso, la pareja artística culpa del encasillamiento de Maquiavelo como maestro de gobernantes perversos a su honestidad. "Se ha entendido que lo que él exponía eran sus propuestas personales, cuando él estaba analizando lo que hacen los hombres en política a lo largo de la historia", dice el actor. Y lo repite su Maquiavelo, caracterizado como un intelectual de los sesenta y rodeado de libros en su confortable estudio: "Los seres humanos hemos tenido siempre las mismas pasiones y nos hemos comportado siempre de la misma manera... Quien quiera ver lo que será, considere lo que ha sido, porque todos los asuntos del presente tienen su correspondencia en los tiempos pasados".

¿Se ha condenado a Maquiavelo solo por señalar las estratagemas ajenas? "Pero qué son si no las declaraciones de los políticos, los escándalos que sacan, lo que hacen por aferrarse al poder, que parecen garrapatas", estalla Rubio. Hay un lazo que une, por tanto, a Moisés, Ciro, Teseo, Fray Girolamo Savonarola, Esperanza Aguirre, Pedro Sánchez o Pablo Iglesias. Para empezar, todos tienen clara la máxima del florentino: "Al que asciende con el favor popular todos están prestos a obedecerle".

Pero hay otras similitudes. Dice Maquiavelo: "Es de vital importancia para un príncipe la buena elección de sus ministros, los cuales son buenos o malos según la prudencia que él usó en esa elección. El primer juicio que hacemos sobre un príncipe lleva siempre por fundamento la reputación de los hombres que le rodean". A la dirigente madrileña, que se desliga de Alberto López Viejo o Francisco Granados, estrellas de la Gürtel y la Púnica, cuando ella misma los nombró consejeros, quizás le duela ese golpe. 

Pero también deberían sentirse aludidos los que persiguen el centro (Albert Rivera y Pablo Iglesias no cejan en su seducción), cuando el politólogo del XVI dice que "los príncipes irresolutos que abrazan la neutralidad caminan hacia su ruina". Los utópicos sin remedio, que no descansen: "El que abandona el estudio de lo que se hace para estudiar lo que sería más conveniente hacer, camina sin remedio al caos". Ni, por supuesto, los corruptos: "Un pueblo donde por todas partes haya penetrado esa corrupción no puede vivir libre, no ya un breve espacio de tiempo, sino un minuto siquiera. No creo que exista una cosa peor que crear una ley y no cumplirla, sobre todo si el que no la cumpla es quien la ha creado".

Otra cosa es que sus enseñanzas resulten útiles para los mencionados, o para los votantes. Ni siquiera Maquiavelo sacó gran provecho, finalmente, de sus propios consejos sobre los mecanismos del poder. El Príncipe, de hecho, fue escrito en el exilio, expulsado por los Medici de la ciudad de Florencia por creer que confabulaba contra ellos. El pensador escribe su obra maestra en un destierro de la corte y las intrigas palaciegas, su verdadera vocación, y es ahí donde le sitúa la obra. "Juan Carlos ha querido mostrar al personaje enfrentado a su propia obra, en duda. Él mismo baraja distintas hipótesis, y eso provoca el debate en el espectador", opina Fernando Cayo.

El propio dramaturgo y director es más duro con su personaje, condenado a trabajar el campo y talar un bosque de su propiedad para sobrevivir, y aprovechando la oscuridad para continuar con sus proyectos intelectuales. Aunque los Medici le permitan regresar poco después, nunca ocupará de nuevo el papel de consejero y embajador de los dirigentes. Morirá olvidado por sus contemporáneos. "Maquiavelo es un perdedor, por mucho que la posteridad cargue de valor, incluso económico, a los creadores", suelta. Maquiavelo seguramente no quería la posteridad. Maquiavelo quería el poder

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