Literatura

El letricidio remediado

El poeta estadounidense Walt Whitman, en torno a la cincuentena.

"Y así como de su cuerpo sólo quedó una cruz desnuda y olvidada en un cementerio militar, de su última obra sólo quedó el misterio de un título, la incógnita de unas frases que deslizó a sus íntimos, la curiosidad que despierta en sus admiradores, y la oportunidad que brinda imaginarla. Ese es el destino de las novelas perdidas".

De este modo escribe Álvaro Abós (en El cuarteto de Buenos Aires, publicada por Colihue) de la obra traspapelada de Paul Nizan.

Y una no puede sino imaginar que hay un cementerio de las novelas omitidas al que van a parar, irremisiblemente, las obras de las que nunca más se supo, una necrópolis donde reposan ya obras concebidas casi al principio de los tiempos literarios. Como esa prosa que Carlos García Gual evoca cuando vuelve al parnaso griego, las cinco novelas griegas que "Caritón escribía en el siglo I (o comienzos del II); Jenofonte de Éfeso, Longo de Lesbos y Aquiles Tacio, en el siglo II; y Heliodoro en el siglo III muy avanzado ya. El siglo II aparece como el momento de auge de la novela griega. Hoy sabemos por los fragmentos descubiertos en papiros que el género tuvo una notable difusión: hay fragmentos de más de una docena de novelas perdidas…"

En busca del tesoro

Sin embargo, en ocasiones, esas obras descarriadas deciden o son forzadas a regresar.

Hace unos días tuvimos noticia del hasta ahora último caso de aparición: la Walt Whitman Quarterly Review publicó The Life and Adventures of Jack Engle, un folletín extraviado de aquel a quien tenemos principalmente por poeta.

Fue Zachary Turpin, estudiante de la Universidad de Houston, el que descubrió el texto en las páginas conservadas en la Biblioteca Nacional del diario de Manhattan The Sunday Dispach, donde el texto de Whitman fue publicado por entregas en 1852, al tiempo que trabajaba en su hito épico Hojas de hierba, que vio la luz tres años más tarde. Simplemente, desde entonces y hasta la irrupción de Turpin nadie se había vuelto a acordar de él...

No es el único poeta fundacional estadounidense cuya bibliografía ha tenido que ser reelaborada.

Carlos Mayoral, escritor y articulista conocido en Twitter como @LaVozdeLarra y autor de Etílico (Libros.com), trae a colación a Emily Dickinson. "Cuentan —me cuenta— que los últimos años de su vida los pasó recluida en una casa alejada del mundo. Los vecinos sólo veían pasear una figura blanca por el jardín, destruida y sola. Al morir, alguien descubrió que bajo el suelo de la casa ella había escondido innumerables poemas…"

Lo cual nos lleva a precisar que, si bien hemos venido usando alegremente el sintagma "novelas desaparecidas", hay casos, como éste, en el que quizá es más conveniente hablar de "abandonadas".

De hecho, como me apunta José Luis Ibáñez Ridao (Premio Fomento de la Lectura 2011), "el concepto 'novela perdida' se presta a equívocos. Siendo literales, en este apartado sólo podrían caber novelas realmente extraviadas –en un cajón o archivo– y reencontradas años o décadas después. Son pocas. Si los autores no quisieron publicarlas en su día, tendrían sus razones de peso…"

Razones que a algunos les valieron de bien poco.

Mayoral evoca el caso bien conocido del maestro Kafka. "El orejudo le pidió a su amigo Max Brod que su obra se destruyese sin piedad (se conserva por ahí la carta). Por suerte, el egoísmo de Brod nos legó El proceso, El castillo y demás apariciones".

Hablando de apariciones, no puede evitar referirse al "maravilloso Gustavo Adolfo Bécquer", de quien se confiesa rendido admirador. "Denostado últimamente (algunas voces lo acusan de pedantería y cursilería), lo cierto es que su prosa es finísima, sus Leyendas son dignas de Poe y su poesía es tan simple que será comprendida durante siglos (esto es tan difícil...). Pues bien, el propio Bécquer fue un desconocido de obra mediocre hasta su muerte. Incluso poco antes había quemado parte de la misma. Ya bajo tierra debió de regocijarse con su éxito, que le ha llevado al Olimpo de la literatura".

Puesto que Mayoral nos ha traído hasta España, quedémonos aquí, donde las novelas perdidas, asegura Ibáñez Ridao, "en realidad, fueron novelas no publicadas o no traducidas por cuestiones que van desde las modas, que tapan cualquier disidencia estilística, a la censura pura y dura durante los años del franquismo. Para nosotros son, desde luego, novelas perdidas y reencontradas".

La radiografía de ese periodo está en Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo (Trea), donde Fernando Larraz analiza la incidencia que la censura ejerció sobre la novelística española y, más turbador, denuncia que hay novelas que seguimos leyendo mutiladas, las de autores como Benet, Aldecoa o Marsé que han sido y son reeditados con supresiones, las tachaduras.

Dice Larraz que esa consagración de la amputación por razones políticas es a veces culpa de quienes, por no admitir que antaño se sometieron al criterio del censor, renunciaron luego a restaurar sus obras; y a veces, responsabilidad de editores vagos o ignorantes que no han querido recuperar los fragmentos cercenados.

Hallazgos extraordinarios 

Tan poco confesables son las razones por las que algunos no quieren recuperar los fragmentos perdidos como aquellas por las que otros se empeñan en dar a la imprenta trabajos justamente preteridos.

¿Un ejemplo? Ibáñez Ridao menciona Ve y pon un centinela, precuela de la celebradísima Matar a un ruiseñor. La obra "esfumada" de Harper Lee (quien, digámoslo ya mismo, tuvo poco que ver en el manejo) fue publicada a finales de 2015 con gran fanfarria mediática. "¿Realmente aportó algo su publicación, más allá del dinero?", se pregunta. Y al hacerlo, provoca otro interrogante: ¿alguno de estos hallazgos ha cambiado la historia de la literatura universal?

"No creo que ninguna lo haya hecho, aunque algunas hayan influido mucho", afirma, antes de volver sobre el concepto mismo de "ovela desaparecida". "Por ejemplo, ¿en qué apartado colocamos a La conjura de los necios, de John Kennedy Toole? ¿Se trata de una novela perdida porque se publicó once años después de la muerte de su autor? Si la consideramos así, desde luego fue una de las más influyentes de los años 80. En dirección opuesta apunta otra novela inconclusa encontrada por los herederos de Raymond Chandler y acabada por Robert B. Parker: ¿alguien se acuerda de La historia de Poodle Springs?"

Otras veces, sin embargo, el rescate de textos que creíamos inexistentes o perdidos tiene al personal con el alma en vilo.

"Yo soy muy fan de Roberto Bolaño —confiesa Mayoral—, sus Detectives salvajes me parecen una obra maestra. Muerto en los primeros dosmiles y con la familia y los editores a la gresca, nunca imaginé que pudiera llegar nada más allá de 2666. Pues bien, no ha mucho tiempo que Alfaguara anunció un nuevo título inédito. Creo que salía a finales de 2016, y he aquí la cuestión: todavía no lo he leído. Eso sí, lo espero con ansia".

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