Pol Guasch, escritor: "El suicidio no tiene por qué explicar toda la vida de un suicida"

El escritor Pol Guasch relata el suicidio de su padre en 'Reliquia'

El padre de Pol Guasch (Tarragona, 1997) se suicidó cuando él apenas era un adolescente de quince años. Una década después, el escritor empezó a escribir su historia en un impulso, sin saber qué estaba realmente escribiendo, y ahora, trece años después, llega a las librerías Reliquia (Anagrama, 2026, con traducción al castellano de Unai Velasco). El relato de un suicidio, pero mucho más que eso, pues es también la búsqueda para entender cómo se forjan los vínculos familiares, a qué condena el silencio, dónde se esconde la verdad de la intimidad. Un texto sobre la muerte y la ausencia que conduce a los momentos más deslumbrantes de la amistad y el amor. La escritura también como herramienta para comprender, apoyándose además en las biografías de escritores que se suicidaron y sus últimas notas de despedida para reconstruir un adiós posible, tentativo. Porque a él su padre no le dejó escrito un adiós, y eso es precisamente lo que inicia la búsqueda. "Hubiera agradecido una nota", confiesa el autor nada más empezar.

¿Qué es Reliquia?

Es el intento de reconstrucción de la vida de mi padre. También el intento de comunicar esta historia personal con la historia de tantas familias, de tantas paternidades, de tantos hijos. Diez años después del suicidio de mi padre, empecé a intentar reconstruir unos hechos que viví casi sin relato, por la proximidad, porque cuando uno está tan cerca de los hechos es difícil articularlos o vivirlos. Diría que intento hacer de la escritura una forma de vivir, por primera vez, de manera completa unos hechos que tratan del desvanecimiento de mi padre. No tanto del suicidio, de la desaparición, del trauma de ese momento final. Más que eso, trata de hacer de la literatura la metodología que se haga cargo del desvanecimiento, de esa desaparición lenta e inexplicable de mi padre, que es en realidad la desaparición inexplicable de mucha gente y de muchas despedidas. 

¿La escritura sustituye a la memoria y llena el espacio que deja la marcha?

Esta historia, que parte de una anécdota personal pero que no quiere ser una confesión personal, quiere ser una pregunta también sobre cómo la literatura, o la escritura, nos permite reconstruir nuestro pasado para entender nuestro presente. Cuando me pongo a escribir esta historia me doy cuenta que hay demasiados vacíos, que ahí está la memoria inexacta de un niño, de un adolescente, pocos recuerdos, pocos documentos. Porque al final, la gente normal y anodina como la de mi familia, tampoco tenemos muchos archivos, muchos testigos, no podemos ir a investigar como lo hacen Emmanuel Carrera o Lea Ypi en sus libros, pues ellos tienen archivos y archivos en los que indagar sobre su familia. En la mayoría de familias eso no existe. Cuando uno se hace cargo de la memoria familiar, descubre que hay más relato que archivo y que ese relato construido sobre la familia y sobre quién éramos y quién somos muchas veces también es falso. Y uno, cuando se pone a escribir, tiene como que escribir su propia falsedad, tiene que escribir su propio relato, tiene que articularlo, declinarlo de una forma que será igual de falsa que las demás, pero al menos será propia.

¿Es la literatura la herramienta idónea para rellenar esos espacios? También habla de los silencios que hay en todas las familias. ¿La literatura nos puede dar más respuestas de lo que pensamos?

Sí, por eso desde el primer momento invoco a todos estos autores que me han acompañado durante muchos años. Son los autores que me han acompañado desde los 15, cuando se murió mi padre, a los 25 cuando escribo este libro. Esos son años para mí de literatura, de descubrir el mundo a través de la lectura, de la escritura. Y a esos autores los invoco en el libro, a sus historias, sus poemas, sus notas finales de suicidio, para comprender mi historia propia. Hay algo también de una declaración de intenciones o una explicación de qué significa para mí la literatura, que es contarnos a través de los demás o intentar hacer del texto una forma de llegar a los demás. Para mí aquí está el elemento comunitario y empático de la escritura, que es algo tan solitario cuando lo hacemos y tan solitario cuando la leemos, pero en realidad no, pues tiene una gran capacidad de comunicar con los demás en el proceso de escritura y en el de lectura.

Hay muchos otros autores que recorren este libro, que se suicidaron y dejaron notas de despedida. En su caso, confiesa que hubiera "agradecido una nota", porque no hubo adiós de su padre. ¿Por eso Reliquia está escrito en segunda persona dirigida a él?

Yo no lo escribo con la idea de estar escribiendo una carta, sí con la idea de estar trazando o dejando rastro de un diálogo. Para mí, era muy importante que el libro dejara rastro del yo que escribía y el tú al que se dirigía. Y después también hay otra cuestión, que es que en un momento del libro evoco algo que escribió David Foster Wallace en uno de sus cuentos, que decía que hay cosas que se dicen en las notas de suicidio que serían muy extrañas si se dijeran de otro modo o en otro lugar. Como que la carta de despedida te permite decir cosas que serían muy raras si se dijeran de otra forma. Pues creo que en este libro también ocurre algo similar, es el espacio donde yo puedo articular ciertas cosas que serían muy extrañas si se dijeran de otro modo, en otra forma, en otro espacio.

El titular sobre la salud mental es el único que nos permitimos como sociedad a la hora de hablar del suicidio, la locura, la melancolía y las ganas terribles que tiene tantísima gente de no vivir

¿Qué tienen las notas de suicidio que nos atraen tanto? ¿Son casi un género literario en sí mismo? Para un escritor es el epílogo de una vida y una obra, por eso las miramos con lupa.

Hay libros de Simon Critchley o Marc Etkin que hacen de la recopilación de las notas de suicidio una divagación sobre esa nota final. Yo creo que lo que ocurre es que hay una mitificación de esas palabras finales, que les damos muchísimo peso, no solo en los suicidios, sino en las despedidas y en las muertes. La gente recuerda lo último que le dijo su padre, la última vez que vio a su padre... Hay esa obsesión por el final, también porque necesitamos cerrar y entender. Lo que ocurre es que esa obsesión por las palabras finales y los eventos finales es una falsa ilusión, porque intentamos comprender toda una vida compleja, o intentamos llegar a una conclusión de una vida compleja, errática, muchas veces contradictoria, a través de unas últimas palabras y a través de unos últimos eventos. Y es muy difícil que esas últimas palabras o esos últimos eventos puedan contar la complejidad de toda una vida y de tantos sentimientos y experiencias. Ocurre que con la nota de suicidio de repente vemos ahí fijadas unas frases que nos sirven a modo de conclusión y que leemos a modo de conclusión. Pero también mi libro es una forma de quitarle importancia a esas últimas palabras, precisamente porque en mi caso no existieron, y esas palabras que no existieron las reconstruyo con decenas de notas. Y al final lo que hago es reconstruir una nota tentativa que no existió y decir que a lo mejor también está bien que no existiera, porque ese espacio, ese vacío, ese silencio se llenó con la literatura años más tarde.

No nos estamos haciendo cargo socialmente de esta dimensión que pasa por intentar comprender por qué hay gente que no quiere seguir viviendo

¿La literatura es un medio en el que sí podemos hablar abiertamente del suicidio? Es uno de los grandes tabúes de nuestra sociedad, pero al mismo tiempo el tema de Reliquia está despertando el interés de mucha gente.

Tengo la sensación, y es la primera vez que lo digo en voz alta y a lo mejor me equivoco, de que este libro, por el hecho de ser un libro, a pesar de que sea un libro de no ficción y que no sea una novela, hace que se pueda hablar de ello. Tengo la sensación de que sí, de que precisamente porque me estáis entrevistando periodistas culturales estoy pudiendo articular un discurso sobre el suicidio y teniendo una presencia pública que probablemente si no hubiera escrito un libro no podría tener hablando de este tema. En este caso la literatura, el formato libro, el periodismo cultural, me permite hablar de un tema del que socialmente no hablamos y que probablemente nunca ocuparía un titular si se tratara de un hecho. Es decir, han tenido que pasar diez años y se ha tenido que escribir un libro para poder crear o poder escribir un titular sobre el suicidio. Y esto me fascina. 

Estamos muy habituados a los titulares sobre la salud mental, pero para nada sobre el suicidio, del que deliberadamente no se habla, se oculta. Hay una barrera ahí.

Es que el titular sobre la salud mental es el único que nos permitimos como sociedad a la hora de hablar del suicidio, la locura, la melancolía y las ganas terribles que tiene tantísima gente de no vivir. Porque la única forma en la que nos permitimos hablar de cuestiones como el suicidio, o la locura, es si las declinamos desde un punto de vista sociológico, analítico, científico, con datos, con encuestas, con números. Pero no nos estamos haciendo cargo socialmente de esta dimensión que pasa por intentar comprender por qué hay gente que no quiere seguir viviendo. Más allá de las condiciones sociales, más allá de si el capitalismo nos mata o no nos mata, más allá de si la vida es cada vez más complicada y cada vez estamos más solos y cada vez hay menos solidaridad, etc. Más allá de todo esto, creo que solo somos capaces de conjugar estas cuestiones si hay un estudio sociológico o un estudio científico que nos da datos. Pero no hablamos de por qué hay gente que no quiere vivir, que es la pregunta que yo creo que tenemos que mirar de cara cuando hablamos del suicidio. Y solo se hace cargo de eso la literatura, de hecho. Pienso en Ramón Andrés, en su libro Semper dolens: Historia del suicidio en occidente, que se hace esta pregunta, que es la que yo intentaba hacerme cuando escribía este libro.

El primer suicidio es único porque solo se puede articular una sola vez, pero eso no significa que detrás no haya una gran pregunta sobre el por qué vivir y el por qué morir

Igual es un poco cliché hablar de terapia cuando uno escribe un libro como este, pero escribe cosas como: "Me pregunto si escribir puede ser una forma de llorarte".

Hay que distinguir entre qué te lleva a escribir el libro, cuál es el motor de la creación, y cuál es el resultado. Cuando me pongo con este libro, el estímulo que me activa la escritura es el deseo de creación. Son las ganas de escribir, de articular una historia, de crear un sentido, y ese es el mismo deseo que había tenido con mis novelas anteriores. Lo que pasa es que esta vez el material con el que trabajo es mi vida. Esto lo dice muy bien Vivian Gornick cuando dice 'yo no escribo sobre mi vida, yo escribo para utilizar mi vida'. Pues hice lo mismo. Lo que pasa es que después, cuando uno se pone a escribir, lo que ocurre en ese proceso depende de cómo te dispongas en la escritura. Para mí la escritura es algo que no calculo, no planifico. Entonces ocurren cosas maravillosas y a mí han ocurrido con todos los libros que he escrito. Llegar a comprender cosas que no pensaba que comprendería, llegar a estar escribiendo sobre cosas que pensaba que nunca miraría de cara. De repente, cuando te relacionas con la escritura de esta manera no calculada ocurren cosas. Y con este libro llegué a momentos fulgurantes de comprensión. Llegué a rodear una figura que había sido siempre una suerte de misterio, que había tenido un halo fantasmagórico, llegué a poner palabras a un relato que no lo tenía. Ahí hay un proceso de comprensión, de entendimiento.

Hay muchas reflexiones muy potentes en Reliquia. Escojo dos: "La herencia del suicidio es una sombra que se esparce" y "Matarse debe ser la mejor forma de asegurarse de que los vivos no te olviden fácilmente"

La escritura me ha servido para preguntarme sobre la herencia. Porque muchas veces estamos ahí como repitiendo patrones, haciendo cosas sin saber exactamente por qué las estamos haciendo, y de repente si nos paramos a pensar descubrimos que estamos repitiendo lo que nos dijeron que teníamos que repetir. Por eso, la escritura puede servir para preguntarse por esa herencia, para parar un momento y enunciar tu deseo, es decir, con qué parte de esa herencia te quieres quedar, qué parte de esa herencia te gustaría quedarte de tu historia familiar y de la experiencia vivida. La escritura me ha servido también para entender que lo que ha ocurrido en mi familia no tiene que ser exactamente mi historia, que esa es una parte de mi historia pero no es toda mi historia.

Otra afirmación más: "El primer suicidio es único".

Bueno, eso es así porque detrás de un suicidio hay muchos intentos de suicidio, y lo que parece muchas veces un acto irreflexivo, como si fuera un acto casi pueril o insensato, muchas veces, no siempre, tiene una gran reflexión y una gran pregunta sobre el dolor que te da la vida. Y si te fijas con estas notas de suicidio que evocan el texto, en estos autores el suicidio llegó después de mucho tiempo preguntándose por el dolor de la existencia. El primer suicidio es único porque solo se puede articular una sola vez, pero eso no significa que detrás no haya una gran pregunta sobre por qué vivir y por qué morir.

¿El hijo de un suicida debe ser el mejor aprendiendo a matarse? 

Esto tiene que ver con la herencia que comentábamos. Asistir al fallecimiento voluntario de un progenitor te da una mirada muy directa a la muerte y a la pregunta de por qué es importante vivir, o cómo se mata uno o por qué lo hace. Esa idea del aprendiz remite a esa proximidad de la muerte de alguien que debería ser el guía de la vida.

Menciona, entre otros muchos, el suicidio de Sylvia Plath. ¿El más tristemente célebre de la literatura?

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Esto lo cuenta muy bien Al Álvarez, que era amigo de Silvia Plath en el prólogo de Un dios salvaje, que es un libro que trata sobre el suicidio. Él divaga sobre esta mitificación del suicidio de su amiga y dice algo como que el suicidio es una respuesta fácil a la genialidad tan difícil de contar. Es decir, mitificamos a Plath y su suicidio muchas veces porque es más fácil hacerlo que ponernos a comprender su poesía y por qué hizo algo tan maravilloso con la literatura. Es decir, cuando alguien está haciendo cosas maravillosas con la creación, tacharlo de genio desarraigado de la realidad y con un problema de vibraciones con el mundo que acabará matándose es una respuesta muy fácil en vez de ir a preguntarnos por su literatura, por su escritura, por su mirada sobre el mundo. Ahí lo solucionamos de una manera muy rápida y muy fácil. Yo creo que es algo que ocurre con muchos autores suicidas. Y eso también lo digo en el libro: por qué ese acto final tiene que contar toda la vida. por qué el acto final de un suicida tiene que ser la pista de lectura con la que interpretemos toda su vida y todos sus hechos cuando en realidad probablemente muchos de esos hechos se hicieron sin pensar que algún día esa persona se mataría. El suicidio no tiene por qué explicar toda la vida de un suicida.

¿Cómo de importante es escribir en catalán para Pol Guasch?

Yo soy escritor en catalán. Yo pienso que uno no es escritor en todas las lenguas. Uno es un escritor distinto en cada lengua en la que escribe. Marina Tsvetáyeva decía que era una escritora distinta cuando escribía en francés, en ruso o en alemán. Yo celebro muchísimo que una novela escrita en catalán se lea también en Madrid, en Zaragoza, en otros sitios de España y que se reciba bien. Para mí es algo muy bonito. Yo estoy convencido de que mi escritura no sería como es, si no la escribiera con la lengua en la que la escribo. Después los traductores hacen un trabajo inmenso y maravilloso para que esta propuesta que yo puedo construir en mi lengua tenga un sentido en otras lenguas. En este sentido, Unai Velasco, que es el traductor, lo ha hecho súper bien porque me reconozco muchísimo en esta traducción. Es verdad que yo la estuve trabajando muchísimo con Marc, mi editor, y con Mónica, la correctora, estuvimos trabajando un montón con la traducción, que estaba maravillosa de entrada, pero afinando el tono para que yo me reconociera, para que yo descubriera que ese tono soy yo. 

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