Todos los nombres bajan hasta el fuego

Juan Manuel Romero

Incendio mineral

María Ángeles Pérez López

Vaso Roto (Madrid, 2021)

La poesía de María Ángeles Pérez López (Valladolid, 1967) supone un hermoso e iluminador redescubrimiento de la naturaleza y la materia en todas sus formas. A la vez sensibles e inquisitivos, elegantes y libres, sus poemas nos sientan en una mesa de negociaciones donde se exponen las razones para abrir los ojos a la multiplicidad prodigiosa de lo real sin jerarquías y así, desde la fe en que todavía haya alguna posibilidad de comunicación y diálogo, llegar a un encuentro verdadero, a un acuerdo honesto, empático, tal vez más inocente, de la conciencia y el mundo, como vía de acceso a una existencia plena.

Acertadamente señala Julieta Valero en el epílogo a Incendio mineral que los quince poemas en prosa que componen el volumen surgen de una necesidad de "la voz de hacerse transitiva", en lo que denomina "una poética de la conjugación": un deseo de acercarse y unirse a lo otro, de contar con lo que le rodea, sea orgánico o inorgánico, por más ajeno e insignificante que parezca, para entenderse a sí misma y buscar la sintonía de la totalidad: "En ti, partículas lejanísimas de estrellas y otros parientes, piedras, peces, patronímicos, banderas deslucidas y otros trapos del dolor. Incluso meteoros en el festejo de la luz. Todos ellos te bendicen y completan".

La mecha que enciende este Incendio mineral es el eterno enigma de la identidad: "¿Quién crees que eres yo?", se pregunta el sujeto poético en referencia a la obra de María Ángeles Maeso, para responder, trasladando el dilema al terreno de lo lingüístico, que "Sólo soy una herida en el lenguaje". Las palabras, con su energía fundadora de universos, y a la vez lastradas por su decir incompleto y por la fragilidad de su poder referencial, definen lo que somos: animales que se relacionan entre sí a través de un idioma y cuya sustancia básica son los actos de habla. Para Pérez López, las palabras son nuestro alimento, un "líquido indómito que brotó de la madre", un fluido que nos arrastra.

Siguiendo a maestros de la desaparición como Pessoa y Dickinson, el yo se busca y se desintegra en el lenguaje ("Mi cuerpo choca contra los pronombres") en pos de una meta mayor, ya libre de las señas de identidad impuestas ("¿Y si eres nadie?"), como recoge la hermosa cita de David Eloy Rodríguez al inicio del libro: "Ahora no tienes nombre ni apellidos / ni más razón que cada paso". La disolución ocurre igualmente en los instantes de intimidad con el cuerpo amado ("Cuando entro en ti, todo se borra") o incluso en el "ser sólo tiempo" de la piedra, a la que "nada le preocupa desaparecer". La reveladora lectura etimológica de los apellidos ("López, hijo de Lope, hijo de lobo" y "Pérez, hijo de Pedro, hijo de piedra") remite asimismo a la naturaleza como liberación, como enlace ancestral, como manera analógica de llegar al "incendio de aquello que fuiste" o que serás, porque "antes o después, todos los nombres bajan hasta el fuego". En este sentido, la observación y el estudio del comportamiento de diferentes animales (abejas, aves, hormigas, peces o lombrices), tan centrales en el libro, se convierten en una manera de mirar a todas las criaturas haciéndolas parte fundamental de la propia familia, en una "zoología del amor que alza la luz".

De este modo, Incendio mineral explora, desde el asombro y la perplejidad, con versos de calado reflexivo y fuerte vuelo de la imaginación –en una línea muy personal que hace converger a Huidobro con Claudio Rodríguez, o a Machado con Francis Ponge–, las realidades animales, vegetales y minerales para entender lo que de ellas hay en nosotros y viceversa. Sin soslayar, además, la realidad social que nos rodea (unas mendigas rumanas en el supermercado, las "pateras agobiadas por su peso inhumano", esas "madres de otra plaza circular", y la sangre derramada "en Magenta o Nagasaki, en El Cairo y Alepo, en Srebenica"), y que le sirve a la autora para apelar a nuestra conciencia (ese es su objetivo claro) desde otro frente. Los poemas de Pérez López, apasionados por lo natural, no se olvidan sin embargo del conflicto político, impregnados como están de una mirada profundamente ética, en una actitud que nada tiene de pose, ya que "todo lo recubre piel humana".

Entre la indagación en el daño y la celebración de la existencia, María Ángeles Pérez López ha dibujado un retrato lúcido, complejo y nada tranquilizador de lo que somos ("¿un alfabeto roto?"), con imágenes muchas veces impactantes: "Soy a la vez la araña y soy su mosca". Una humilde ilusión por aprender lecciones de vida hasta del ser más pequeño y en principio desagradable late en sus poemas; al observar a una lombriz, por ejemplo, se plantea "¿Cómo haré para entrar en su abandono, en la respiración concéntrica de lo que no se sabe?". Poemas con hambre mística de unión "del todo con el todo", ya lejos de las "horas insulsas", de los "platos de comida precocinada" y de "teléfonos que suenan" interminablemente. Necesitamos poemas que no olviden de dónde venimos, pero que indiquen un camino para salir de ahí, aunque sea un instante. Vitalistas, emotivos, desgarradores en ocasiones, los poemas de Incendio mineral nos invitan a escapar del solipsismo hacia un territorio más allá del yo, en el que creer de nuevo en la vida.  

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* Juan Manuel Romero es poeta. Su último libro, 'Contra el rey' (Hiperión, 2020).

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