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La maquinaria del Planeta

Es una carrera de relevos. Daniel Sánchez Arévalo y Alicia Giménez Bartlett se pasan el teléfono y el entrevistador de mano en mano. El primero habla con el móvil —hay un afanado redactor del otro lado— mientras la periodista interroga a su compañera, y luego se cambian los papeles. No hay tiempo que perder —luego hay que ir a la radio y grabar dos programas de una tacada— y todo está orquestado por una diligente responsable de prensa. El director de cine, el mismo que ha vivido el estreno de varios taquillazos y otras tantas galas de los Goya, utiliza la misma palabra en dos ocasiones para definir la maratón : "Maquinaria". El premio Planeta como un enorme mecanismo metálico.

Tras cada página de prensa se escuchan rugir los engranajes del grupo editorial, uno de los más poderosos de la literatura en castellano, comandado por el patriarca José Manuel Lara hasta su muerte el pasado 31 de enero. La entrega del galardón convoca a cerca de mil personas, incluido un centenar largo de periodistas, en una lujosa cena en Barcelona. El premio, creado en 1952 con "el propósito de coadyuvar al auge de la producción novelística española" según sus propias bases, está dotado con 601.00 euros y 150.250 euros para el ganador y finalista, respectivamente. Cuando los autores atienden a este periódico, han pasado ya por diarios, radios, informativos y hasta suplementos culturales. La receta funciona: desde su fundación a la actualidad, Planeta ha colocado 41 millones de ejemplares tocados por esa cinta del rey Midas en portada: "Premio Planeta".

"Si me presento, es porque no quiero ser un grito en el desierto. Quiero que mi novela llegue. Y te aseguro que con el Planeta, y la maquinaria que eso conlleva, es la primera vez que todos mis vecinos me felicitan". Habla Sánchez Arévalo (Madrid, 1970), finalista en esta edición por La isla de Alice, usando palabras similares a las que ha pronunciado en entrevistas anteriores. La rueda sigue y el discurso se resiste a cambiar de forma o estirarse, aprisionado entre entrevista y entrevista. Más le vale que los vecinos del director de AzulOscuroCasiNegro o La gran familia española compren el libro: la editorial espera vender entre 125.000 y 425.000 ejemplares, que sirven para "amortizar", según las bases, "la dotación del Premio". Hasta ese momento, los autores cobran cero euros por derechos de autor. 

Pero el cineasta niega que eso condicione la escritura: "Ni como escritor, ni como guionista, ni como director piensas cuánto tienes que vender. Que se venda más o menos depende de tantos miles de factores que están fuera de tu control, que enredarse en eso es la muerte". Sí admite que "el Planeta te coloca en el mapa" y que eso tiene que ver con su principal motivación para presentarse al premio: "La ambición. No quería ser un cineasta metido a escritor. Quería estar a la altura, es un compromiso muy serio al que dedico más de dos años". 

Giménez Bartlett (Almansa, Albacete, 1951) —experimentada escritora con títulos como Donde nadie te encuentre o Secreta Penélope, familiarizada con las grandes ventas por su serie protagonizada por la inspectora Petra Delicado— no dedica un minuto a negar la vocación comercial de todo el ruido que la envuelve. A la ganadora del Planeta por Hombres desnudos la animó a presentarse su agente, de la agencia de Carmen Balcells, quien le propuso optar al premio "por la temática" de la obra que escribía por entonjces, una historia sobre unos hombres a los que la crisis obliga a prostituirse. "Total, te presentas con pseudónimo, si no se lo dan, nadie se entera", dice la autora. Ella se fue animando.

Sabe que la encargada de seleccionar los diez finalistas es la Comisión Lectora designada por la editorial, que criba el medio millar de manuscritos recibidos y emite informes para el jurado. Las bases no recogen que este, formado por siete personalidades de la cultura (Alberto Blecua Perdices, Fernando Delgado, Juan Eslava Galán, Pere Gimferrer, Carmen Posadas, Rosa Regàs y Emili Rosales en esta edición), reciba los textos ni nada más allá de los mencionados informes. Por eso no entiende que la hayan premiado: "Es una novela un poco rompedora, no es para regalar a tu abuelita y puede chocar a más de uno. Aún me estoy preguntando por qué ha ganado el Planeta. A lo mejor no es tan rompedora como yo creo".

En los últimos años, algunos de los autores coronados o finalistas han sido Jorge Zepeda Patterson (Milena o el fémur más bello del mundo), Pilar Eyre (Mi color favorito es verte), Ángeles González-Sinde (El buen hijo), Lorenzo Silva (La marca del meridiano), Mara Torres (La vida imaginaria)... Una nómina que alterna escritores reconocidos con caras familiares más allá del papel. Giménez Bartlett no duda en decir que la suya es una "novela social" y que quizás la han elegido porque "la gente también está un poco harta de frivolidades". El enfrentamiento entre clases (hombres de clase media a baja acompañando a mujeres de clase alta) estaba en la génesis de su novela, comenzada tres años atrás. "Como tengo 64 años, empiezo a pensar que puedo hacer lo que quiera", suelta. 

En la ceremonia de entrega, desde luego, lo hizo. Los presentes en la cena que reúne al star-system de la literatura en español narran que las mil personas convocadas contuvieron el aliento y los sorbos al verla aparecer. En vez de un traje de chaqueta, o un vestido, y en contraste con su más joven y arreglado compañero, Giménez Bartlett hizo su entrada luciendo una sudadera plateada sobre la que se leía un claro "Merde". "Parecía una Juana de Arco", bromea casi un mes más tarde. ¿Qué era aquello? ¿Una protesta soterrada? ¿Un desafío al sistema? ¿Un sutil grito de desacuerdo? Los periodistas culturales del país se frotaban las manos. 

Nada de eso: "Era una pequeña gamberrada. A mí la solemnidad me jode". Pero, ¿y la crítica? "Sería una crítica un poco boba. Si tuviera que criticar lo haría en un libro". Y aún así, en esa sala abarrotada de corbatas y vestidos de noche, su Merde fue un soplo de aire fresco. Una guindilla. El tema de los corrillos periodísticos y literarios. ¿Por qué? "En los tiempos de escolar —la que ha sido profesora de instituto hasta hace poco afila la lengua y la memoria—, hay veces que te aburres. El profesor dando la paliza a las cuatro de la tarde… Entonces entraba un moscardón y se daba contra un cristal. Y todo el mundo hacía: 'Ooooh'. ¿Por qué? Porque te estabas aburriendo hasta lo más íntimo. Todo el mundo está hasta las narices". 

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