El insulto en política

De memerres, culiparlantes, jetas y coletudos

De memerres, culiparlantes, jetas y coletudos

Este texto empieza a partir de un libro y una búsqueda de Google. El libro se titula Manual de insultos para políticos (Alderaban) y la búsqueda fue un juego: puse "insulto", puse "político"… Y la respuesta me abrumó.

Por citar sólo casos, y no todos, de 2015: "Dimite un coordinador de Ciudadanos por sus tuits con graves insultos hacia los catalanes y latinoamericanos"; "El PPdeG exige la dimisión del alcalde de Oleiros por insultar a la candidata popular"; "Los insultos también entran en campaña electoral"; "El alcalde del PP que llamó "puta barata" a una portavoz del PSOE dice que no dimite"

¿No hay límites?

Los hay, pero están donde digan los tribunales, "más exactamente donde diga el Tribunal Constitucional y, por encima de él, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos", me dice Agustín Ruiz Robledo, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Granada, quien inmediatamente se da cuenta de que su respuesta es poco precisa. "Me temo que puede parecer una boutade, pues al fin y al cabo todas las leyes dependen de la interpretación que hagan los tribunales, pero aquí es más difícil que en otros derechos fundamentales construir una teoría general y hay que analizar caso por caso."

Es más, explica, no faltan los ejemplos de división tanto en el Tribunal Supremo como en el propio Constitucional al realizar un "juicio de ponderación" entre la libertad de crítica y el derecho al honor para determinar si una determinada expresión vejatoria era insulto o no.

"Recuerdo, por ejemplo, la sentencia 79/2014, en la que el Constitucional estimó por mayoría que los calificativos que el periodista Jiménez Losantos usó contra Carod-Rovira y su partido ("Roviretxe","ERC es un partido siempre violento, siempre golpista", etc.) estaban amparados por la libertad de expresión. O una sentencia del Tribunal Supremo —a mi juicio poco afortunada— en la que tampoco se considera que un concejal hubiera insultado a su alcaldesa llamándola 'corrupta, subnormal y mentirosa' en un pleno del ayuntamiento."

Un manual de campaña

Vuelvo ahora al libro mencionado cuyo autor es Pancracio Celdrán, responsable de otras obras sobre improperios, entre ellas El gran libro de los insultos (La Esfera de los Libros). 

Es, nos dice Celdrán, "un libro ambivalente: sirve al votante para calibrar la catadura del político que le ha tocado en desgracia, y también sirve de guía al político para que califique a sus colegas. Su función más útil estriba en no pasarse: a quien es solamente gilipollas no es justo cargarle con la responsabilidad de ser también un cabrón. A cada uno lo suyo".

En su opinión, el insulto que el ciudadano dedica al político funciona como un tubo de escape que canaliza la irritación y evita "que la emprendamos a patadas con aquel cuya insensatez o ruindad ponen cerco a nuestra paciencia y hace que nos subamos por las paredes. En ese sentido cumple una función catártica; mejor llamar a un concejal gilipollas o analfabestia, que darle una patada en salva sea la parte, con lo que se le hace un favor en última instancia".

Sea. Pero no olvidemos, el catedrático de Derecho Constitucional no nos dejará hacerlo, que "los políticos por el hecho de ser personajes públicos no pierden el derecho al honor, que tienen todas las personas, tanto las físicas como las jurídicas. Lo que sí existe es el derecho a la crítica, que es una manifestación de la libertad de expresión, y no siempre es fácil fijar el límite entre lo que es una crítica acerba, perfectamente lícita y hasta necesaria en una sociedad democrática, y lo que es pura y simplemente un insulto, superfluo para la formación de una opinión pública libre y vejatorio para el destinatario".

Que a veces, responde…

Ruiz Robledo también marca el terreno cuando se trata de políticos que se intercambian agravios. "Tanto la Constitución como los Estatutos de Autonomía establecen la inviolabilidad de los parlamentarios por las opiniones y votos emitidos en el ejercicio de sus funciones, que traducido al román paladino, quiere decir que un político no puede demandar a otro diputado si éste comete algún 'exceso verbal' contra él en una intervención en el Congreso (o en un Parlamento autonómico), mas allá de una llamada al orden del presidente del Congreso, lo que puede transmitir la idea de que los políticos se insultan libremente".

Ejemplo práctico: recientemente, el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, mandó a un diputado de CDC "al psiquiatra" y el presidente del Congreso, Jesús Posada, le obligó a retractarse.

Perito en agravios

Pregunto a Celdrán si ha habido algún padre de la patria que haya hecho del uso de los insultos una marca personal…

"En nuestra historia reciente se ha singularizado un político en este arte del insulto: me refiero a don Alfonso Guerra, criatura política a quien se echa de menos por lo creativo de sus logros lingüísticos insultivos, aunque a menudo errara en el destinatario de sus sofisticados sintagmas insultantes: llamarle a Calvo Sotelo 'marmolillo' fue un logro. Se pasó acaso de frenada cuando elaboro aquel sintagma insultante destinado a Adolfo Suárez: 'tahúr del Misisipi con su chaleco floreado'. La gracia andaluza y el ingenio brillaron en ambos casos".

Olvida, pero para eso estamos aquí, una cumbre del insultismo: "Soledad Becerril es Carlos II vestido de Mariquita Pérez", dijo un día refiriéndose a quien hoy es Defensora del Pueblo.

Ya puesta, y siempre dispuesta a aprender, le pregunto si hay algún insulto político clásico que merezca la pena conocer… y me sorprende con uno añejo pero de sorprendente actualidad.

"Recojo en mi Manual un insulto que hizo furor a finales del siglo XIX, y que por caprichos de la Historia podría ponerse también hoy de moda. Me refiero a 'coletudo', término que antaño se predicó del político cuya nefasta actuación política traería cola, es decir: tendría adversas consecuencias. Hoy se predica del seguidor de cierta facción populista cuyo líder presume de apéndice capilar ya trasnochado, y que por las características de su prédica no parece barruntar cosa buena. Asimismo ha resucitado un viejo insulto, me refiero a 'culiparlante'. Se llama así, desde las Cortes de Cádiz de 1812, al político cuya única participación parlamentaria se reduce a levantarse o quedarse sentado a la hora de votar las leyes".

Definitivamente interesada por la cuestión, le pregunto si en la actualidad estamos acuñando insultos políticos de los que se hablará en tiempos futuros. Saca la lista: bocachancla, sandalio, casta, corrupto, friqui, fanático, sectario, jeta, leño, menerre, piernas, poltrón, ultra, trincón… "Me ilusiona, por el gran futuro que tiene ante sí, el insulto 'jeta y trincón', combinación que se abre paso de manera alarmante entre las prietas filas de los que optan a un cargo político. No debe olvidarse, en mi opinión modestísima, que el político es alguien que trabaja en algo cuya rentabilidad social es casi siempre cuestionable".

Insultar sin soltar palabra

Si Celdrán es ducho en insultos verbalizados, Teresa Baró, experta en comunicación personal y colaboradora del programa A punto con la 2 de TVE, lo es en todo aquello que se dice sin decirse, y como tal firma la Guía ilustrada de insultos (Paidós), catálogo de gestos que denotan mala educación y agresividad.

"Se puede insultar con un gesto –afirma–. Se suele hacer a través de los 'emblemas', gestos que tienen un significado propio (como si fueran una palabra), que pueden funcionar independientemente de si hablamos o no y que pueden tener significados distintos en distintas culturas". Todos lo sabemos: podemos decir a alguien 'hijo de puta', 'loco' o 'ladrón' sin palabras, solo con un gesto.

Como éste que el Ministro de Economía de Portugal, Manuel Pinho, dedicó al portavoz del Partido Comunista, y que le costó el cargo.

Pero Baró cree que no es lo habitual entre políticos, "porque este comportamiento se considera vulgar, barriobajero y no entra dentro de las pautas de comportamiento no verbal formal y profesional".

En cambio, sí suelen hacerlo con otros gestos que no tienen un significado tan claro y que costaría más identificar. "Reírse de la afirmación de un rival, no contestar una pregunta o alusión para ignorarle, poner caras de asco, desconfianza o desprecio, negar con la cabeza para indicar que dice mentiras… Como la palabra insulto es muy concreta, mejor hablar de burlar, ofender, menospreciar…"

Los gestos que recupera para ilustrar su tesis son evidentes.

Por ejemplo, ponerse la mano en el bolsillo de la americana para indicar comisiones ilegales, corrupto; o hacer "el egipcio".

Por ejemplo, los gestos de cara dura (golpearse en la mejilla) o enchufado (dos dedos hacia la palma de la mano contraria).

Por ejemplo, llamar a otro bocazas haciendo bla, bla con la mano…

Queda todo claro. Y una semana de campaña.

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