Documentales

Cuando los monasterios eran campos de concentración

Un fotograma del documental 'El lugar que ya no está'.

Hace 77 años, desde el 18 de julio de 1936, Burgos se erigió en uno de los primeros protagonistas de aquella infame guerra cuyos ecos siguen resonando a día de hoy en todo el país. Adheridas pronto y ampliamente al golpe nacional, la ciudad y la provincia castellana se convirtieron en cruento escenario de la venganza, el horror y la muerte. Tres cuartos de siglo después, muchas de las víctimas de la represión franquista – a diferencia de los muertos nacionales- continúan en las cunetas.

Pacientemente, a través de los años, sus familiares han ido recuperando sus restos y su recuerdo. En un paralelo ejercicio de memoria histórica, Álvaro Alonso y Marta Báscones han dado a luz a El lugar que ya no está, un documental coral sobre la represión franquista en Burgos que se proyectará en el Teatro Clunia de la capital castellana el domingo 1 de diciembre. La película es una de las muchas actividades que se organizan bajo el paraguas de Espacio Tangente, un centro de creación contemporánea burgalés, y también puede adquirirse en DVD.

“La peculiaridad de Burgos es que no hubo guerra en la mayoría de la provincia, ya que fue de las primeras zonas en adherirse al golpe de Estado”, explica Alonso, que añade que el filme ha sido traducido al inglés y que se intentará distribuir, además de por diferentes puntos de España, también en el extranjero. “Lo que más llama la atención fue la represión brutal que se produjo en estos lugares, que ha dado pie a la teoría de que Franco y la Iglesia tenían diseñado un plan de exterminio de una forma de pensar”.

Pueblo a pueblo, fosa a fosa, los artífices del documental han invertido más de tres años y medio en buscar y localizar a los allegados de muchos de aquellos que fueron asesinados, “la mayoría inocentes, gente que no tenía nada que ver”, como puntualiza Alonso. “Es algo que los protagonistas comentan en la película: que se mató a las mejores personas de los pueblos, personas que tenían valores sociales y humanos que las distinguían”.

Sin afán de venganza, sino de “justicia, de recuperar la memoria de los seres queridos”, los descendientes de los represaliados burgaleses tienen hoy una difícil labor por delante: con cero euros de subvenciones por segundo año consecutivo, la Ley de la Memoria Histórica de 2007 deja a las asociaciones que se han venido encargando de las tareas de exhumación y reconocimiento en un punto muerto. 

Eso con 130.000 cuerpos que siguen sin identificar en todo el territorio del Estado, una circunstancia que ha otorgado a España el dudoso honor de colocarse segundo a la cabeza (después de Camboya) en el ranking de países con más desaparecidos. “Estas labores requieren de mucho dinero, y es algo de lo que debería hacerse cargo el Estado, ya que el Estado lo provocó”, reclama Alonso. “Aunque dado como están las cosas, va a ser muy difícil que se produzca”.

Además de los pueblos, la película recuerda tres de los epicentros de la represión en Burgos: el penal de la capital, la cárcel de Valdenoceda (al norte, cerca de la provincia de Álava) y el Monasterio de San Pedro de Cardeña (a diez kilómetros de Burgos). Mientras que el primero se vio reconvertido en centro nacional de reclusión de comunistas y anarquistas, el segundo recibía a presos de toda España que fueron duramente castigados y en muchos casos matados de hambre, frío o enfermedades.

El centro religioso, por su parte, se transformó en centro de exterminio, llegando a albergar en cuatro años (de 1936 a 1940) a más de 10.000 prisioneros, entre ellos unos mil brigadistas de 40 nacionalidades documentadas, personas venidas a España para luchar contra el totalitarismo. De los que sobrevivieron a los fusilamientos y las torturas, muchos terminaron siendo entregados a la Gestapo o deportados a otros campos de concentración nacionales o europeos.

“Lo que nos hemos encontrado es mucho miedo y mucho odio en algunos pueblos”, rememora Alonso, que junto con sus compañeros de Espacio Tangente sigue trabajando por mantener viva la memoria histórica participando en nuevas exhumaciones de fosas y con la creación de un archivo fílmico sobre la represión franquista en Burgos, para el que ya acumulan 90 horas de grabaciones. “Las heridas siguen ahí, y seguirá habiendo un miedo atávico en esta tierra hasta que no se haga justicia”.

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