Literatura

Premio Nacional... ¿de consolación?

Premio Nacional... ¿de consolación?

Carme Riera lleva años moviéndose, creando, en el bilingüismo. Miembro Real Academia Española (RAE), donde ocupa el sillón n minúscula, y presidenta del Centro Español de Derechos Reprográficos (CEDRO), emplea el catalán para las novelas y el castellano para los ensayos, y ya en 1995 recibió uno de los premios nacionales concedidos desde el Ministerio de Cultura: el de Narrativa, gracias a Dins el darrer blau (En el último azul). Ahora acaba de ganar el Nacional de las Letras y, entre sus primeras declaraciones, éstas:

"El premio es un reconocimiento a la escritura bilingüe, un reconocimiento de que el Estado tiene diversas lenguas y algunas con una tradición cultural muy fuerte."

El galardón, que fue creado en 1984 y lo otorga el Ministerio de Cultura, premia no un libro sino el conjunto de la obra literaria de un escritor español y fue concebido como un complemento del Premio Cervantes de literatura en castellano, para poder incluir a autores de otras lenguas. "Ésta es una primera iniciativa del Gobierno por tender una vía de entendimiento y cooperación de las autonomías del Estado Español", llegó a decir el entonces ministro de Cultura, Javier Solana.

De hecho, el primero en la nómina de ganadores es Josep Vicenç Foix (J.V. Foix), el único de los siete candidatos cuya obra había sido escrita en una lengua distinta del castellano.

Después lo obtuvieron autores en catalán o bilingües como Joan Coromines (1989), Pere Gimferrer (1998), Martín de Riquer, Miquel Batllori (2001), Joan Perucho (2002), Josep Maria Castellet (2010) y, por fin, Riera.

Llamativo: en la lista no hay ningún autor en gallego o en euskera, que sin embargo sí aparecen entre los galardonados con el Nacional de Narrativa, que premia una única novela y que en su tercera etapa (ha sido víctima de los vaivenes sociales y políticos), iniciada en 1977, ha recaído en Alfredo Conde por Xa vai o griffón no vento (El Griffón, escrita originalmente en gallego, 1986); Bernardo Atxaga por Obabakoak (euskera, 1989); la citada Carme Riera (1995); Manuel Rivas por ¿Que me queres, amor? (¿Qué me quieres, amor?, gallego, 1996); Unai Elorriaga por SPrako tranbia (Un tranvía en SP, euskera, 2002); Suso de Toro por Trece badaladas (Trece campanadas, gallego, 2003); y Kirmen Uribe por Bilbao-New York-Bilbao (euskera, 2009).

Nacional a la par que polémico

Aunque para gustos, colores, la categoría de los galardonados con el Nacional de las Letras ha dado pábulo a pocas polémicas… literarias. Pero las ha habido políticas.

A raíz de la concesión del premio a J.V. Foix, un grupo de intelectuales, entre ellos el escritor Manuel de Pedrolo, manifestó su desacuerdo con que lo aceptase por llamarse "nacional" y ser de ámbito español.

No obstante, quienes lo han recibido lo han hecho gustosos, y conscientes en algún caso de su papel de puente. Joan Perucho proclamó que se sentia “cómodamente bilingüe”. "Mi padre era catalán y mi madre nació en Medina del Campo –dijo–. Me he educado leyendo tanto a Ramon Llull y Ausiàs March como a Quevedo y Cervantes".

Un espíritu similar al que animaba a Josep Maria Castellet. "Sospecho que me han dado el galardón por toda una serie de actividades que he desarrollado en mi vida y por el interés enorme por hacer contactos entre las lenguas", declaró quien en sus últimos libros de memorias hablaba de una "voluntad de concordia" entre las lenguas españolas y las culturas.

Pero han pasado los años, y Riera ha creído oportuno recalcar que "el premio es un reconocimiento a la escritura bilingüe, un reconocimiento de que el Estado tiene diversas lenguas y algunas con una tradición cultural muy fuerte". Afirmación que nos ha llevado a preguntarnos si las instituciones culturales del Estado reconocen la diversidad lingüística. Y si la literatura en catalán, euskera y gallego se traduce lo suficiente al castellano (o a las otras lenguas del estado).

El reconocimiento

Víctor F. Freixanes, director de Editorial Galaxia, admite que “formalmente sí”, reacción que anticipa un “pero”. “Pero, en la práctica sigue siendo una asignatura pendiente. Para el conjunto de los españoles, la producción literaria en euskera, catalán o gallego, salvo muy contadas excepciones, son grandes desconocidos. Y eso explica muchas actitudes y prejuicios, porque no se puede amar lo que no se conoce. Fomentar cauces de conocimiento entre esas realidades culturales me parece fundamental, diría que un principio básico (y urgente) para construir cualquier futuro posible. Desde el discurso dominante de las instituciones, la diversidad cultural y lingüística de España tiende a verse como un problema, cuando es una riqueza patrimonial de la que todos deberíamos sentirnos orgullosos”.

Maria Bohigas, directora de Club Editor, señala que “plantear la pregunta en términos de reconocimiento señala la raíz del problema”. Y a partir de ahí, se explica. “Las instituciones culturales del Estado no deberían limitarse a reconocer la diversidad lingüística, cosa que muy a menudo no hacen (el Instituto Cervantes colecciona los atropellos): tendrían que promoverla como bien común. En primer lugar, a través de la escuela. No se puede enseñar la historia y la literatura españolas sin poner en el centro la diversidad cultural, que incluye la lingüística y la religiosa. El libro que Cervantes salva de la hoguera en el Quijote es Tirant lo Blanch de Joanot Martorell. En cambio el modelo escolar parido por la democracia excluye la diversidad lingüística (y la religiosa) del patrimonio común y la regionaliza –a cada cual los suyos–. Y así Mercè Rodoreda, a quien García Márquez consideraba una de las escritoras más grandes de la península y del siglo XX europeo, en vez de ser leída y estudiada en español como valor literario que nos concierne a todos, queda sepultada en la común ignorancia.”

Blanca Llum Vidal, una joven autora catalana nacida en 1986, incide en la base política del problema. “Las instituciones culturales (y políticas) del Estado español, ancladas en la legislación del 78, asumen que 'la riqueza de las distintas modalidades [la cursiva es mía] lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección”. Y nos pide que entendamos su extrañeza: “Lejos de reconocer la pluralidad lingüística, llamar modalidad a una cosa es considerarla como una variante de otra; por tanto, es negar su especificidad, su identidad propia, y, en último término, su diferencia en la igualdad. La dinámica centralista del Estado Español es de sobras conocida, sí. Pero lo que sorprende del artículo es lo que revela: España considera que hay que proteger a las demás lenguas (nosotros les llamamos lenguas) del Estado. ¿Qué implica proteger si no constatar que existe una vulnerabilidad o una precariedad? ¿Qué es proteger si no evidenciar que hay algo que necesita ser defendido? ¿Por qué habría que ayudar a algo que no sufre daño alguno?”.

Sentirlas como propias

La segunda pregunta era si la literatura en catalán, euskera y gallego se traduce lo suficiente al castellano (o a las otras lenguas del estado)…

Freixanes habla de su propio esfuerzo editorial, del trabajo que realizan para dar a conocer autores y autoras contemporáneas, de lo mucho que les cuesta… y de que “el desconocimiento alimenta prejuicios”.

Bohigas se asombra de la cantidad de autores, “clásicos de primera importancia o contemporáneos que están construyendo una obra consistente”, que jamás han sido traducidos. Pero más grave que la cantidad insuficiente de traducciones le parece “la predisposición a no asumir que la literatura peninsular se produce en distintos idiomas. Y es simplemente así: la cultura española tiene que leerse en sus distintas voces para comprenderse. De otra forma lo que hay es una cultura castellana, o sea no precisamente nacional”. Y propone, como prueba del algodón para medir la dimensión del problema, “por qué en España hay un conocimiento y una curiosidad tan escasos por los autores suramericanos. Todo indica que la herencia de los Reyes Católicos está viva”.

Vidal, por su parte, nos habla de un poeta mexicano afincado en Cataluña, Orlando Guillén, que “hace años que terminó su monumental obra de doce poetas catalanes (y un apéndice de varia intención) traducidos al español. Que se impida una y otra vez publicar esta obra única, esa obra que necesita del apoyo institucional para poder editarse, esas ganas de acercamiento, esa voluntad de hacer conocer, es algo que plantea muchas dudas sobre el supuesto interés que muestra España hacia la literatura catalana”.

Y tras constatar que este año les llueven los premios (Arnau Pons Roig se ha hecho con el Premio Nacional a la Mejor Traducción 2015 por su traducción de Cristall d'alè/Atemkristall, de Paul Celan), propone como medida de normalidad no que se premie a autores cuya obra no está escrita en castellano, sino el que sus obras se traduzcan, la crítica las reseñe y sean leídas en las escuelas. “Me gustaría pensar que sí, pero la historia (también la reciente) me impide imaginármelo así”.

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