Literatura

Revancha del corralito

El escritor argentino Eduardo Sacheri.

O'Connor es un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Un pueblo pequeño que se pierde en la gran masa de nada que rodea ese montón de edificios y humanos que es la capital argentina. O'Connor es un pueblo donde la gente —generalmente pobre, porque la que tiene dinero se va a La Plata, a Rosario— ceba mate, juega al fútbol y vive. O'Connor es un pueblo ficticio, imaginado por Eduardo Sacheri en La noche de la Usina, que llega a las estanterías en plena Feria del Libro de Madrid después de haber ganado el premio Alfaguara de novela.

Pero la historia que acoge se desencadena por un fenómeno muy real. Varios habitantes de O'Connor deciden juntarse en una cooperativa: los silos abandonados de la vieja avícola deben bastar para almacenar el grano de la comarca a un precio razonable, y para proveer sueldos también razonables para todos ellos. Cuando el cooperativista Perlassi ingresa en el banco los 242.000 euros recolectados, no sabe que ese año, 2001, pasará a la historia. El presidente Fernando de la Rúa decreta el corralito, atrapando los ahorros de varias vidas, mientras un avispado banquero usa una treta para sacar unos cuantos cientos de miles de dólares de la caja. En una mañana, los de O'Connor se quedan sin futuro. 

Sacheri también vio peligrar el suyo. El escritor, entonces únicamente profesor de Historia, sigue pareciendo el tipo normal, sin pinta de intelectual ni de autor de best-sellers, que no reconocería casi ningún lector español. En Argentina sí. No en vano es el autor de La pregunta de sus ojos, la novela que Juan José Campanella adaptó al cine bajo el título de El secreto de sus ojosEl secreto de sus ojos(2009), y que se llevó un Oscar y varios millones de espectadores y de euros. El autor ha vuelto a frecuentar el cine con Futbolín (2013), película de animación de Campanella en la que volvió a firmar el guion. Ahora celebra sin falsa modestia el reconocimiento del mundo literario: "Son legitimidades distintas, paralelas.El mundo del cine legitima en ciertos ámbitos, que tus libros se vendan legitima en otros, y no reniego de esa legitimación. Pero esta es otra rama que te confieso que me gusta tener".

Los senderos de La noche de la Usina ya son familiares para Sacheri. Un poco de thriller y otro poco de western para una historia de gente corriente a la que suceden cosas poco corrientes, y que se entrelaza de forma más o menos lejana con la historia. O'Connor y Perlassi aparecían ya en su título Aráoz y la verdad (Alfaguara, 2008). Y sin embargo es la tercera vez que el autor se presenta al galardón, cosa que confiesa con mucha más naturalidad que algunos de sus compañeros escritores. "Un premio es una cristalización de un mérito, pero no es la canonización de ese mérito", explica. El jurado, presidido por Carme Riera, dijo de su obra: "Pampa y política, tiempos muertos de vida cotidiana y diálogos muy vivos, con un trasfondo crítico lleno de suspense en el que la rabia fecunda es compatible con el humor más fresco".  

"Pampa y política". La visión que tiene Sacheri del segundo elemento del binomio es personal. "Si quisiera dejar un mensaje, escribiría ensayo", dice, "Porque para mí, si no, la ficción pierde su gracia". Y, cuando habla de política, habla de "micropolítica", esa que se evidencia en "el manejo del poder que llega hasta nuestros vínculos familiares". En la novela, Sacheri dibuja las vidas, a vista de hormiga, de unos personajes que están muy lejos de la huida en helicóptero de De la Rúa después del estallido de la crisis. A este lado de la ficción, el escritor tampoco cree que los Gobiernos operen cambios sustanciales en la vida de los gobernados. "En los últimos cinco o seis años del kirchnerismo, ha habido una cosa de decir 'Hemos generado un nuevo país', y desde el antikirchnerismo un 'Sí, pero es una porquería'. De un lado y otro consideran que la realidad es producto de una suma de actos políticos. Yo tiendo a descreer de eso".

No es casualidad que O'Connor tuviera en su fundación en Colonia Hemandad, fundada por un grupo de italianos anarquistas. "Quizás haya un eco en mi libro de que no se trata de cómo operaron los gobiernos sobre la crisis sino de, mientras la crisis ocurría, qué pasaba con estos habitantes de un pueblo mínimo", se explica. Los culpables de los males de Perlassi y compañía son solo en parte responsabilidad el gobierno, ese "ente indeterminado y amenazante" del que habla Sacheri. Los malos son personajes concretos, con sus propias angustias y motivaciones, parte del universo de hormigas.

Y, como se habla de responsabilidad individual frente a la crisis, se aparece en la novela el debate inevitable en torno a la letigimidad de la venganza —tema que tampoco es ajeno a su obra, como sabrán los lectores de La pregunta de sus ojos y los espectadores del filme de Campanella—. Claro que a Sacheri no le gusta mucho esa palabra. Prefiere "revancha", cree que guarda menos crueldad y más búsqueda de justicia. Cuando sus personajes comenzaron a debatir sobre el ojo por ojo, sobre el uso de la violencia, se alegró: "Y, me gustó que dudaran. Para la gente honrada, hacer daño te hace daño". Incluso si se trata de robar a un ladrón, con los años de perdón consiguientes.

La posible victoria de los ciudadanos de O'Connor, pero también de sus pares, que podrían encontrarse quizás en la PAH o en los afectador por las preferentes, es "muy pequeña". El escritor lo admite con resignación: "Así son nuestras victorias, apenas un torcer lo peor de nuestra suerte y sentirnos reparados. Pero que nuestras victorias sean pequeñas no quiere decir que no sean imprescindibles".

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