Cine

Venganza y perdón tras el genocidio armenio

Syrus Shahidi en 'Una historia de locos', de Robert Guédiguian.

"Yo era un periodista que hacía mis reportajes, escribía mis libros y fuera, a casa". José Antonio Gurriarán (O Barco de Valdeorras, Ourense, 1939) apenas tiene voz al final del día, y se le ve pequeño y cansado, arrebujado en su silla de ruedas. En diciembre de 1980 dejó de ser un tipo aproximadamente despreocupado, aproximadamente encerrado en su propia vida. Pasaba por Gran Vía cuando presenció una gran explosión. Se lanzó hacia una cabina de teléfono para llamar al diario Pueblo, donde trabajaba, de lo ocurrido. Apenas había pronunciado dos palabras cuando estalló otra bomba que le alcanzó las piernas. Más tarde se conocería que los responsables del atentado era el comando Octubre 3, del grupo terrorista armenio ASALA. Cuando salió del hospital, el reportero decidió, para sorpresa de todos, informarse sobre el genocidio armenio y conocer a sus verdugos. Esta improbable historia ha servido de base al cineasta francés de origen armenio Robert Guédiguian para construir Una historia de locos, desde el viernes en los cines españoles. 

El director, cronista de las clases obreras de su Marsella natal, ha hecho una adaptación muy libre de la historia, convirtiendo a Gurriarán en un joven francés que tiene la mala suerte de pasar cerca del embajador turco cuando los terroristas armenios atentan contra su vida. "Pensaba en hacer una película sobre el genocidio, cuando me encontré con el libro de Gurriarán", dice el cineasta sobre La bomba, donde el reportero contaba su experiencia, "entonces pensé: 'Esta historia ya es una película". En el filme, el ficticio Gilles acaba entrecruzando su vida con la familia del terrorista que le hiere, cosa que no ocurrió realmente. Pero el increíble viaje que el francés emprende a Líbano para encontrar al combatiente, mucho más inverosímil, sí que ocurrió. En 1982, el periodista tuvo una charla con un comando de ASALA y acabó entregándoles un libro de Martin Luther King. Su acercamiento a la causa armenia no acabó al saldar cuentas con sus verdugos, sino que se convirtió en uno de los mayores defensores de este pueblo en España. 

¿Cómo es posible que Gurriarán haya dedicado su vida a defender la causa por la que perdió la movilidad y casi pierde la vida? "Me lo preguntan mucho, por qué no tengo odio", dice con un hilo de voz, "por qué me llevo bien con ellos. No lo sé. La verdad está en todos sitios. No solo en la Turquía todopoderosa y militarista". La Turquía que ordenó la deportación y exterminio de más de un millón y medio de personas y que todavía no ha reconocido la existencia del genocidio. El periodista ha documentado el recorrido histórico de la causa armenia en libros como Armenia, el genocidio olvidado. Pese a su simpatía por la causa, jamás creyó en su defensa mediante la violencia. El subtítulo de la primera edición de La bomba lo deja claro: "Un no rotundo a la destrucción y a la muerte y un viva a la vida". 

Una historia de locos no es tan rotunda. "Quería que, sobre el tema de la violencia, hubiera varias voces y estrategias que se afirman y se entrecruzan en pantalla. Es verdad que ese movimiento se disuelve en una guerra fratricida por posiciones encontradas no entre la violencia y la no violencia, sino sobre la manera de ejercer la violencia", cuenta el director. ASALA sufrirá una escisión, en 1983: una parte insistía en atacar solamente a oficiales turcos, otra consideraba que las víctimas civiles eran un afecto secundario inevitable del triunfo de sus reivindicaciones, que iban desde el reconocimiento de Turquía del daño causado a la devolución de las tierras ocupadas a sus propietarios originales.

Guédiguian explica el surgimiento de la lucha armada como una "coincidencia de parámetros". Las generaciones que no habían vivido el genocidio y cuyos padres lo sufrieron siendo muy pequeños no entendían el manto de silencio que había caído sobre el tema. Este sentimiento de impotencia, unido a la confraternización de los gobiernos occidentales con Turquía y la represión de las manifestaciones de protesta —como en el caso de Francia— creó una tensión que fue espoleada por la existencia de distintas luchas armadas revolucionarias. "Ya no hay esa necesidad de venganza", dice el cineasta, "pero sí de reconocimiento. El genocidio forma ya parte de la historia armenia como la Shoah es parte de la historia de los judíos".

Para realizar un acercamiento histórico al desarrollo de la violencia dentro de la causa armenia, el cineasta francés se retrotrae a 1921, cuando Soghomon Tehlirian, un armenio cuya familia había sido asesinada durante las deportaciones masivas, mató de un tiro a Talat Pashá, una de las tres cabezas que gobernaron el Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial y responsable directo del genocidio. Tehlirian fue juzgado en Alemania, donde ocurrieron los hechos, y el jurado le consideró inocente, alegando que no estaba en posesión de sus facultades debido al trauma sufrido por el genocidio. "No me considero culpable porque mi conciencia está tranquila. He matado a un hombre, pero no soy un asesino", declaró. El juicio supuso, además, el primer reconocimiento internacional de la existencia misma del exterminio, y Tehlirian es considerado un héroe nacional. 

Con este antecedente, la utilidad de la violencia era una cuestión que Guédiguian no tenía más remedio que tratar. El Gilles ficticio, como Gurriarán, se opone claramente a ella; los padres del joven terrorista se debaten entre la vergüenza y el orgullo; y el mismo combatiente trata de encontrar su límite en una posible escala de grises en el acto de matar. El filme no pretende ser unívoco. La propia historia de Gurriarán no lo es. Cuando viajó al Líbano para encontrarse con el comando de ASALA, trataba de convencerles de que la violencia no era útil. "Ellos me respondieron: 'Tan eficaz es que usted está aquí para hacer un libro sobre Armenia'. Bueno, si a eso lo llamas eficacia... Eficacia es convencer", argumenta, tres décadas después. El periodista regresó a una Armenia independiente en 2005. El mismo entorno que le había recibido entonces encapuchado, en mitad de un combate interno, le recibió en sus casas entre fiestas y música. ¿Moraleja? "Ninguna", dice Guédiguian con una sonrisa. 

 

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